El diario plural del Zulia

Juan Carlos Rosillo-Villena | Pacto, la palabra proscrita en Venezuela

El drama de Venezuela es difícil de explicar. Opiniones sobre las causas hay por doquier; recetas milagrosas para la solución también. Quienes intentamos reflexionar sobre los fenómenos sociales y políticos encontramos en el caso venezolano un terreno movedizo y peligroso. Mucho más cuando hemos nacido en su territorio y compartimos, en mayor o menor medida, lo que convenimos en llamar la venezolanidad.

Confieso que durante años evité pronunciarme en público sobre el tema, quizás por sanidad mental, por cobardía o, simplemente, por comodidad. Al principio del régimen chavista, escribí diversos artículos en medios de comunicación nacionales y en medios digitales de fuera del país. Además de ciertas compensaciones para la autoestima de un eterno pichón intelectual, la mayoría de las veces me metí en problemas. Recibí mensajes amenazantes mientras se reducían progresivamente las posibilidades de expresar opiniones contrarias al gobierno. Hoy, creo que me hace falta una dosis de polarización para matizar mi habitual moderación personal y política. Así que ahí vamos.

Mientras decido qué y cómo escribir este texto, por razones de trabajo reviso un libro sobre Julio Anguita, el líder comunista español. Una idea ronda persistentemente por mi cabeza. ¿Cuándo dejamos de hablar los venezolanos? ¿Acaso los más de veinte años de monólogo gubernamental del chavismo nos dejaron solo con ganas de gritar? Mi interés por el discurso político proviene de la experiencia vivida en Venezuela. Siempre me ha intrigado, parafraseando a Vargas Llosa en su Conversación en La Catedral, ¿en qué momento se había jodido el diálogo en Venezuela?

Entiendo que para algunos sectores el diálogo y el consenso forman parte de una visión liberal de la democracia. Al respecto, resulta llamativo pensar que gobiernos como el de Hugo Chávez, mientras enarbolaban consignas en favor del pueblo y de la participación ciudadana, progresivamente deterioraban la calidad de la conversación entre pares. Acá conviene reconocer que la democracia venezolana, como cualquier construcción humana, distaba de la perfección.

La combinación de la crisis económica y la desconfianza hacia los políticos facilita el surgimiento de liderazgos mesiánicos. Si algo supo hacer Chávez fue capitalizar el descontento de amplios sectores de la población y volverlos a hacer sentir importantes en la agenda política. Porque, y esto es importante recordarlo, ese pueblo que reivindicó Chávez ya había sido seducido por otros líderes carismáticos años antes. De igual manera, muchas de las políticas sociales y las prácticas clientelares formaban parte de la tradición política del país. Lejos de ser “mal de mucho, consuelo de tontos”, solo pretendo señalar que el fenómeno tampoco era tan novedoso en la historia.

Seguramente mi convicción en la necesidad de dialogar y llegar a acuerdos, dicho de otra manera, a pactar, es consecuencia de tres elementos. El primero, crecí en el contexto de una democracia liberal imperfecta, así que la idea de consenso me resulta casi fundamental. El segundo, en mi familia materna, existe la impronta andina del respeto al otro.  El tercero, de carácter individual, mi personalidad tiende a la moderación y a evitar problemas innecesarios.

Por lo expuesto anteriormente, soy defensor del diálogo y creo que parte del drama de nuestro país se debe a que se ha perdido la capacidad de conversar. Y en esto la responsabilidad es compartida; menospreciar a quienes piensan distinto poco ayuda a la civilidad. Me pregunto cuántas veces contribuí al deterioro del diálogo político en mi país. Sin ánimos de apelar a nuestra moral judeocristiana tan amiga de culpabilizarnos, sería muy bueno que hiciéramos un ejercicio de reflexión.

Es necesario reconocer que la narrativa chavista pudo resultar atractiva para amplios sectores de la población históricamente relegados. Frente a las injusticias e inequidades, la idea de repartir la culpa, otra vez la moral judeocristiana, entre los más acomodados, siempre es una buena estrategia. Mientras tanto, los sectores medios, en su afán de supervivencia, disponen de poco tiempo para la solidaridad. De tal forma, el tejido social se vuelve más débil.

¿Qué tiene de malo la conversación entre quienes piensan distinto? ¿A quién conviene la polarización de las sociedades? El ejemplo venezolano me parece de suma utilidad para mostrar hacia dónde conducen la denostación e irrespeto hacia el otro. Es verdad, Chávez también fue blanco de burlas y menosprecio. Entiendo que me consideren ingenuo, pero nada bueno puede surgir en medio de un lenguaje guerrerista y destructivo.

Coincido plenamente con Adriana Bolívar cuando sostiene que el cambio político guarda una estrecha relación con la calidad del diálogo democrático, por lo que es necesario estudiar en qué medida distintos tipos de diálogo contribuyen o no a fortalecer o debilitar las democracias[3]. En el caso de Venezuela, más allá de las legítimas preferencias políticas, creo que la realidad nos muestra de manera dramática los efectos y las consecuencias del deterioro de la calidad del diálogo político.

Gracias a Chávez y a buena parte de la oposición, durante los últimos veintisiete años los venezolanos hemos articulado nuestras relaciones sociales sobre la base de epítetos y lemas con poco fundamento y mucha emoción. La idea de dialogar, de pactar fue proscrita. De la euforia por el denominado “Pacto de Puntofijo”, base de nuestro modelo de democracia representativa tras la caída del dictador Marcos Pérez Jiménez en 1958, transitamos a su demonización. Lo malo de ambos extremos es que impiden un análisis serio que permita extraer lecciones de esta experiencia. Definitivamente, la altisonancia y la agresividad discursiva de Chávez y sus seguidores generaron un grave daño a nuestra democracia, y esto ocurrió bajo la anuencia u omisión de muchos de nosotros.

Llegado a este punto, quiero volver sobre Julio Anguita. ¿Por qué lo traigo a colación? Se trata de un personaje clave de la izquierda española, secretario general del Partido Comunista, alcalde de Córdoba, candidato presidencial y rara avis de la política de ese país. Es decir, entre sus pecados es difícil incluir que haya comulgado con la democracia liberal. Aun así, Anguita reconoce la necesidad de pactar en política, zanjando el debate al distinguir entre la necesidad de pactar y la importancia de entender las bases y la utilidad de un pacto. He de confesar que la lectura sobre este personaje me resulta muy estimulante a nivel intelectual, por encima de mis afinidades u objeciones respecto de su pensamiento político.

Para concluir, proscribir el pacto en la política, satanizar el diálogo y la discusión en nombre de verdades absolutas para favorecer proyectos personalistas y miradas sectarias de la sociedad me parece pernicioso, pues niega la diversidad de posturas legítimas que conviven en ella. Estoy consciente de que, en el caso venezolano, las heridas y traumas que todos llevamos gracias al chavismo complican cada vez más esta idea.

Puedo parecer ingenuo, seguramente, pero le pregunto: ¿sin un mínimo de acuerdo y diálogo respetuoso se podrá superar la tremenda crisis de Venezuela? Mientras los habitantes del país, la diáspora y los líderes políticos seguimos enfrascados en tener la razón sobre los acontecimientos, así como en demostrar qué estrategia es la más adecuada para superar el marasmo patrio, o si es mejor ser tutelados por los rusos o por los estadounidenses, el gobierno, póngale el adjetivo que más le guste, o quienes ejercen el poder llegan a acuerdos con quien corresponda para seguir al frente de nuestro país.

Desafortunadamente, el diálogo y el pacto, al igual que el bienestar y las libertades, han quedado proscritos para el común de los venezolanos, mas no para el régimen. Ese grupo, como siempre, hará lo indecible para seguir disfrutando de las mieles del poder.

*Doctor en Estudios Americanos, académico independiente. Forma parte del Columbia Global Emerging Scholars Fellowship Program (2025-2026), Columbia Global Center in Santiago, Columbia University. Sus líneas de investigación se centran en el discurso político, la calidad democrática en América Latina y la participación política de la mujer. Es autor del libro Make Our People Great Again: calidad democrática, discurso y progresismo en América Latina (2025).

Este pacto fue un acuerdo de gobernabilidad suscrito en 1958 entre tres partidos políticos venezolanos: Acción Democrática (AD), fundada en 1941, de tendencia socialdemócrata; el Comité de Organización Política Electoral Independiente (COPEI), fundado en 1946, de tendencia socialcristiana; y la Unión Republicana Democrática (URD), fundada en 1945, de centroizquierda, con el propósito de sostener el sistema democrático representativo. Puntofijo era el nombre de la residencia en Caracas del líder socialcristiano Rafael Caldera, presidente de la República en dos oportunidades (1969-74 y 1994-99).

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