El diario plural del Zulia

Fernando Mires | Donald y Delcy

No se trata de Donald Duck y Daisy; tampoco de un musical norteamericano. Pero sí de un acercamiento bilateral que, hasta hace poco, habría sido una imposibilidad absoluta. Una que, si algún mago la hubiera pronosticado, habría sido razón suficiente para enviar a ese mago al manicomio.

Cuánta razón tenía Hannah Arendt cuando afirmaba que las causas no existen. Quería decir, no existen antes del aparecimiento de un fenómeno, de tal manera que casi siempre, sobre todo en el caso venezolano, no son las causas las que determinan al fenómeno, sino el fenómeno a sus causas. Porque definitivamente, la amable conversación que mantuvieron Donald y Daisy (perdón, Delcy) durante la asamblea de la ONU, marca un hito en la ya no breve historia de las relaciones mantenidas por los EE. UU. no solo con Venezuela sino con América Latina. Digamos entonces para seguir la moda: estamos frente a un punto de inflexión histórica.

Un punto sorpresivo. Aunque no lo es si atendemos a la breve historia que lo precede. En breve: ese encuentro puede ser también visto como un resultado de acontecimientos que han generado otros acontecimientos hasta a llegar cristalizar en lo que ha llegado a ser: un fenómeno. Para simplificar mencionaremos los que a nuestro juicio son los hechos que llevaron a la constitución de esa alianza no puntual, sino estratégica, entre los EE UU de Trump y la Venezuela de Delcy Rodríguez.

El punto de partida no puede ser otro sino el 28 de julio del 2024, día en el que el dictador Maduro ordenó cometer el más grande crimen electoral habido en América Latina (en el mundo, la ventaja la lleva lejos el dictador Putin, seguido por el dictador Lukashenko, en los que Maduro, evidentemente, “se inspiró”) Un fraude que, por las dimensiones conocidas, no vacilamos en calificar como golpe de estado electoral. Descubierto el fraude, gracias a la organización que respaldaba a la candidatura de Edmundo González en representación de María Corina Machado, Maduro perdió lo poco que tenía de legitimidad internacional, incluso entre los gobernantes de la izquierda latinoamericana.

Después del fraude, Maduro pasó a ser el gobernante con menos legitimidad del mundo occidental y, por lo mismo, una dictadura dura y pura, al estilo de las de Trujillo, Castro, Pinochet, y hoy, Ortega.

Las diferencias ideológicas entre esos dictadores no importan. Lo que sí importa mucho es que, en contraste con sus distinguidos colegas, Maduro gobernaba en el país con mayores reservas petroleras del mundo, un “detalle” que no pasaría desapercibido al presidente Trump quien de inmediato reinventó al Tren de Aragua, al Cartel de los Soles y a los piratas narcotraficantes del Caribe, revelando desde el principio sus intenciones no desinteresadas por “liberar” a Venezuela de su dictadura. Un hecho que, por lo demás, cabía perfectamente en el programa elaborado en la Carta sobre la Seguridad Nacional del 2025. Pero para que eso ocurriera, Trump necesitaba de un respaldo venezolano. Ese lo brindaron María Corina Machado y sus consejeros al levantar, después del fraude, una línea insurreccional que no vendría desde dentro sino desde fuera, porque “solos, no podemos” (Guaidó dixit).

Y aquí llegamos al segundo punto del fenómeno que llevaría a Trump a sustituir al chavismo por el delcismo. Fenómeno del que María Corina Machado, hay que decirlo de una vez, es co-autora. Pues si hay alguien a quien tiene que agradecer Rodríguez su ascenso al poder, es a Machado. Digamos el porqué.

El “fraudazo” del 28-7, al ser dado a conocer, fue un tremendo éxito del machadismo. No solamente reveló la ilegitimidad radical de la dictadura. La victoria de González fue lograda gracias a un medio que el machadismo había repudiado en diversas ocasiones: la participación electoral activa. Gracias a ese cambio de ruta, Machado llegó a convertirse en la líder indiscutida de la masa opositora. Todo indicaba que la acertada estrategia electoral debía ser continuada pues Maduro estaba, políticamente, en las cuerdas. Sin embargo, no ocurrió así.

Machado y los suyos habían participado en el evento electoral utilizándolo como un medio para reforzar la línea que nunca habían abandonado: la de la insurrección popular en contra de la dictadura, con la participación hipotética de algunos militares que, por cierto, nunca aparecieron. Eso quedó claro en los días que siguieron al 28-J. Más claro quedó todavía cuando Machado se opuso con firmeza a la participación electoral de la oposición en las elecciones regionales y parlamentarias de mayo del 2025, llamando traidores a los dirigentes de los partidos que sí decidieron a participar. Denominación absurda y antidemocrática. Machado era una líder del pueblo venezolano, pero no la dirigente de los partidos políticos de la oposición. Con ese paso, rompió con la democracia interna de la oposición, dividiéndola entre una minoría pro-electoral y una mayoría insurgente.

La estrategia machadista quedó muy clara: apostar toda la caja a la intervención norteamericana. Podría haber sido incluso la de exigir nuevas elecciones, como lo está haciendo ahora; pero ese paso también lo rechazó rotundamente María Corina. Regalar la medalla Nobel de la Paz a Trump fue un acto de pleitesía indigno; pero lo hizo para reforzar su inquebrantable línea: si la insurrección no venía de adentro, debería venir desde fuera. Trump, como sabemos, no se hizo esperar. Pero en lugar de devolver el poder a González para transferirlo después a Machado, se lo entregó a la vicepresidenta Delcy Rodríguez, asegurando así la continuidad del chavismo pero bajo diferentes condiciones, a saber, las impuestas por el gobierno norteamericano.

¿Por qué Trump no entregó el poder a María Corina? Hoy lo sabemos. Porque Trump nunca va a mover un dedo si una acción no le genera ganancias contantes y sonantes. Sin embargo, queda la otra pregunta: ¿por qué no a Machado si ella desde el poder iba a llevar a cabo la misma política que hoy está haciendo Rodríguez? Ahí Trump debe haberse preguntado lo mismo que preguntó Stalin a Churchill cuando este sugirió la participación del papa en las conversaciones de posguerra: ¿cuántas divisiones tiene Machado? En ese punto Rodríguez gana a Machado por nocaut.

Hay un punto más a favor de Rodríguez: ella puede asegurar mejor que Machado la paz pública que necesita Trump para hacer sus grandes negocios petroleros. En efecto; el chavismo en oposición puede ser más peligroso que el movimiento de María Corina, la que no puede hacer mucho más de lo que por el momento hace: escuálidas demostraciones públicas. El machadismo puede ser mayoritario pero carece de ligamentos sociales como el PSUV.

Probablemente Rubio ha intentado convencer a María que es mejor que Delcy realice el trabajo sucio de la reconstrucción económica e institucional para que después, mediante elecciones, Machado se haga de todo el poder, como ella quiere. Como sea, el 3 de enero del 2026, el poder económico y político de Venezuela pasó a ser propiedad de Trump y Delcy Rodríguez es la presidenta oficial del país en representación del imperio norteamericano.

Como todos, quien aquí escribe ignora muchos hechos que servirían para explicar mejor el acceso de Rodríguez al poder. ¿Hubo conversaciones previas y secretas entre los hermanos Rodríguez y los comisionados trumpistas? ¿O simplemente los Rodríguez se rindieron ante Trump para salvar sus vidas? Son preguntas importantes, pero por ahora no demasiado significativas. El hecho, dicho con premeditada dureza, es que Delcy Rodríguez está en el poder. El otro hecho es que está ahí por obra y gracia de Trump. Un tercer hecho es que después del discurso pronunciado por Rodríguez en la ONU y de las conversaciones entre ella y Trump, la alianza entre la Venezuela delcista y los EEUU trumpistas, es objetivo e incontrarrestable; y lo es hasta el punto de que habrá que contar con la posibilidad de que la alianza entre ambos gobiernos sea de larga duración.

El discurso de Delcy Rodríguez fue el modelo de un presidente de derecha liberal, como si Maduro nunca hubiera existido. Habló de la necesidad de pasar de la confrontación a la cooperación y del establecimiento de alianzas económicas con los nuevos socios internacionales. Luego mantuvo una reunión secreta y a puerta cerrada con Trump. Lo que acordaron ambos presidentes no lo sabe nadie. Finalmente, y aprovechando su estancia en Nueva York, Rodríguez amplió su agenda participando en reuniones de alto nivel con instituciones financieras como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo. María Corina Machado no podría haberlo hecho mejor.

El cambio de forma, tono y contenido de Delcy Rodríguez, es abismante. Su discurso es una ruptura definitiva con los dos chavismos que la precedieron: el militar populista de Chávez, y el puramente represivo de Maduro. Haciendo una analogía con la caída de la URSS, Delcy podría pasar a la historia como la “Gorbachova venezolana”. Al fin y al cabo Gorbachov venía del partido que destruyó sin desearlo. Para los puristas, y quizás para algunos chavistas, la de Delcy fue una traición. Pero para quienes analizamos situaciones y no a personas (para eso están los psiquiatras) estamos frente a una situación objetiva con la que hay que confrontarse; entre otras cosas porque no hay otra. Más allá de los actores del drama venezolano, esa situación objetiva indica que Delcy no solo es una “empleada” de Trump, sino una política consumada que, como tal, también sabe jugar sus cartas, aunque estas sean pocas.

Delcy Rodrígez tiene un proyecto interno que rima con el de Donald Trump pero puede que no sea el mismo. Por de pronto ella busca lo que todo político busca: el poder, y si lo tiene, mantenerlo. Ese poder solo lo puede alcanzar mediante un buen gobierno y para lograrlo está obligada a reparar por lo menos una parte de los enormes daños que dejaron los chavismos precedentes.

La tarea que se ha propuesto Rodríguez, en consonancia con Rubio, es la de crear condiciones económicas e institucionales favorables a la mayoría de los venezolanos, de modo que estas le permitan enfrentar al machadismo en condiciones ventajosas. Visto desde esa perspectiva, es inútil que la oposición machadista exija “elecciones ya” a un gobierno como el de Delcy que tiene detrás de sí a todo el apoyo de EE. UU. Por otra parte hay que considerar que la lucha contra la inflación, contra la desocupación, contra la corrupción, interesa a los ciudadanos, como ocurre en todas partes, más que los intereses específicos de los políticos. Tarde o temprano habrá elecciones, pero para EE. UU. es mejor hacerlas en condiciones políticas y económicas más estables de lo que podría hacerlo en estos mismos momentos con la oposición.

Que el poder de Rodríguez no sea legítimo, suele no ser preocupación principal de masas hambrientas, como son las que imperan en Venezuela. No solo de pan vive el hombre, dicen los altruistas. Pero sin pan no vive ningún hombre, contestan los más realistas. Por lo demás, cualquier gobierno que hubiera seguido al de la extracción de Maduro habría tenido un origen ilegal o alegal. El derrocamiento de Maduro no fue el producto de una revolución sino de un golpe de estado externo, y por lo mismo, ilegal. Sobre esa base ilegal deberá ser construida la legitimidad de la futura Venezuela, con Trump o sin Trump. Entonces ¿no estamos frente a una transición? En parte sí; se está.

La gran transición comenzó por donde debía comenzar: por la transición del chavismo de un partido dictatorial a un partido no dictatorial. No es el PSUV, de eso estamos lejos, un partido democrático. Pero exageran quienes ven en el gobierno de Rodríguez solo la continuación de la dictadura de Maduro. La de Delcy no es una democracia, pero tampoco es, en el sentido político y no jurídico del término, una dictadura.

¿Ha pagado Rodríguez su estancia en el poder al aceptar la “tutela” norteamericana con la pérdida de la soberanía venezolana? Habría que preguntarse en este punto si la soberanía no había sido ya perdida con Chávez y Maduro, quienes intentaron ponerse bajo la tutela ideológica de Cuba y de la económica y política de Rusia e incluso de China.

Hay que tener en cuenta que Venezuela durante Chávez y Maduro llegó a ser el país más aislado de América Latina. El gobierno de Rodríguez en cambio, no tiene hoy enemigos políticos internacionales. Pues bien, eso no es pérdida de soberanía; más bien es lo contrario. El hecho de que el presidente chileno Kast y su homóloga venezolana buscaran un estrecho acercamiento en la ONU, habla por sí solo. A Delcy no interesa si en su despacho Kast tiene un retrato de Pinochet ni a Kast interesa que Delcy tenga en su oficina uno de Chávez o incluso uno de Maduro. Ambos, también Trump, están de acuerdo con la famosa frase de Xi Jimping: “no importa el color del gato, lo que importa es que cace ratones”.

Lo dicho no quiere decir por supuesto que los partidos políticos venezolanos deban irse de vacaciones en espera de que pasen estos furiosos tiempos trumpistas. Todo lo contrario, deben hacer oposición a Rodríguez e incluso a Trump. Pero para hacerlo necesitan, antes que nada, existir. Por el momento, después de tanta abstención, de tanto populismo guaidoiano y mariacorinista, han sido reducidos a siglas sin ideas ni programas. Agrupaciones que giran alrededor de un nombre y nada más. En su mayor parte, después de tanta represión y tanta abstención, ya no son partidos; solo remedos. La agrupación más poderosa es la de Machado, pero sus seguidores no son militantes políticos sino devotos más bien religiosos. Machado ha intentado articular su movimiento populista con los partidos trumpistas y ultraderechistas del continente. Pero ese objetivo ya lo logró el gobierno de Delcy Rodríguez sin regalar medallas, pero sí regalando petróleo. A Trump no interesa otra cosa. Las medallas puede meterlas ahí, si quiere. De todo esto se deduce que en medio de todas sus desgracias, bajo el gobierno de Delcy Rodríguez los partidos políticos pueden ser, incluso deben ser, nuevamente construidos.

Todos hablan de la ruina económica que dejó el chavismo de Maduro. Pero la ruina política no es más pequeña. Definir alineamientos sociales e internacionales, sobre todo en un periodo donde todo lo global es muy local, es imperioso. Si va a haber transición, hay que comenzarla en la propia casa, como ya comenzó a hacerla el chavismo.

No debemos olvidar que lo que está ocurriendo en Venezuela es parte de una transacción entre Putin y Trump. “No te creo problemas en tu hemisferio si tu no me los creas con Europa y con la OTAN”; así reza el gran negocio putitrumpista. Si lo pagan los ucranianos con sus miles de muertos civiles, no interesa a Trump. Al fin y al cabo, ya estamos viviendo en un mundo donde las leyes y las instituciones cuentan cada vez menos. Así lo dijo muy claro ese bufón de Trump llamado Milei al emprenderlas en los EE. UU. en contra de la propia ONU. Las instituciones no sirven, solo los intereses particulares de los estados, es la divisa del trumpismo. El mundo, en consecuencia, pertenece a los estados más fuertes y a sus aliados.

Delcy Eloína Rodríguez parece sentirse muy cómoda en ese, su nuevo mundo. Probablemente María Corina Machado, quien también quería ser tutelada, no se habría sentido peor. El problema para ella es que “la otra” llegó primero.

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