El diario plural del Zulia

Zoé Valdés | La cobardía de los funcionarios cubanos ante la verdad incómoda de Trump en Naciones Unidas

La verdadera Cuba no salió de la sala de la ONU. La verdadera Cuba está en las colas, en los apagones, en las cárceles, en el exilio, en las remesas, en los jóvenes que cruzan fronteras y en las madres que esperan noticias desde las cárceles o desde la lejanía del exilio

La escena fue breve, pero elocuente: mientras Donald Trump pronunciaba su discurso ante la Asamblea General de Naciones Unidas y calificaba a Cuba como un «Estado fallido», la delegación del régimen cubano se levantó y abandonó la sala. ¿Esta gente no fue domesticada bajo las consignas de «Aquí no se rinde nadie», y etcétera y demás? No respondieron con argumentos, no pidieron la palabra, no defendieron con serenidad la supuesta fortaleza de su sistema –del que no hay nada fuerte ni tampoco qué salvar–. Simplemente se marcharon. Con semejante gesto quedó retratada, una vez más, la cobardía política de quienes durante décadas han exigido ser escuchados, pero no soportan oír.

Cuba, o mejor dicho, el aparataje tiránico que gobierna Cuba, ha convertido los foros internacionales en escenarios de propaganda. Sus funcionarios acuden a Naciones Unidas con discursos memorizados sobre soberanía, bloqueo, dignidad y resistencia. Repiten consignas como si fueran verdades reveladas, mientras evitan cuidadosamente cualquier conversación seria sobre fusilamientos, asesinatos políticos, presos políticos, miseria cotidiana, apagones interminables, exilio masivo y represión interna. Pero cuando desde una tribuna global alguien les devuelve, con dureza, una imagen que no controlan, reaccionan como reaccionan los funcionarios de los sistemas cerrados, huyendo como lo que son: ratas.

La salida de la delegación cubana durante el discurso de Trump no fue un acto de coraje diplomático, ni siquiera de desprecio frente al orador, sino una retirada miserable. Un gobierno seguro de sí mismo habría permanecido en la sala, habría escuchado y luego habría respondido con datos, con razones, con una defensa política articulada. Un gobierno que presume de tener pueblo, historia y moral de su lado no necesitaría levantarse ofendido ante una frase. Pero el régimen cubano sabe que la palabra «fracaso» duele y molesta porque apunta a una realidad visible: un país empobrecido, una economía rota, una juventud que se marcha, hospitales sin recursos, familias separadas y ciudadanos castigados por opinar.

Donald Trump utilizó un tono frontal, incluso provocador, al afirmar que el régimen comunista cubano «va a caer» y que la libertad llegará a Cuba. Sus palabras pueden discutirse, matizarse o rechazarse. Ningún discurso político está por encima del debate. Pero justamente de eso se trataba: de debate. La ONU no es una sala de homenajes ni de autobombos, sino un espacio donde los Estados se enfrentan verbalmente, donde las acusaciones se oyen, se acatan o no, y se contestan. Al abandonar el recinto, los representantes cubanos rechazaron al presidente norteamericano Donald Trump; y también rechazaron la posibilidad misma de medirse con una crítica pública.

La cobardía de esos funcionarios no consiste únicamente en salir de una sala. Consiste en lo que representan: una burocracia de corte totalitario entrenada para obedecer, no para pensar; para repetir, no para dialogar; para denunciar al adversario externo, no para asumir responsabilidades internas. Es fácil levantar la voz contra Washington desde un micrófono protegido. Es fácil culpar de todos los males al embargo, a las sanciones o a la «agresión imperialista». Lo difícil es mirar a los cubanos a los ojos y explicarles por qué, después de tantos sacrificios impuestos, siguen sin derechos elementales, sin prosperidad y sin futuro.

El gesto en la ONU también revela el miedo del régimen a una palabra que no puede censurar fuera de sus fronteras

El gesto en la ONU también revela el miedo del régimen a una palabra que no puede censurar fuera de sus fronteras. Dentro de Cuba, el poder controla periódicos, televisión, tribunales, universidades y sindicatos oficiales. Decide qué se publica, quién habla y qué se castiga. En el exterior, sin embargo, no puede apagar todos los micrófonos ni encarcelar a todos los críticos. Por eso sus funcionarios reaccionan con teatralidad: se levantan, abandonan, denuncian, tuitean. Convierten la incomodidad en espectáculo para consumo interno, intentando presentar la retirada como dignidad cuando en realidad parece incapacidad de enfrentar el juicio ajeno.

También hay una ironía profunda en esta conducta. El régimen castrista exige respeto absoluto a su soberanía, pero no respeta la soberanía individual de sus ciudadanos. Reclama no ser interferido desde fuera, mientras interfiere en la vida íntima, económica y política de millones de cubanos. Denuncia las presiones externas, pero ha hecho de la presión interna un método de gobierno. Se indigna cuando un presidente extranjero anuncia que el comunismo caerá, pero no permite que quienes viven bajo ese comunismo puedan decidir libremente si desean conservarlo o sustituirlo.

La delegación castro-comunista pudo haber permanecido sentada y tomar nota. Pudo haber contestado después con firmeza. Pudo haber demostrado compostura. En cambio, eligió el portazo. Y el portazo habla. Habla de fragilidad, de soberbia herida, de reflejos autoritarios. Habla de un poder que se siente cómodo frente a aplausos organizados, pero se descompone ante una acusación inesperada. Habla de funcionarios que no poseen la libertad moral de disentir ni siquiera de su propio libreto, porque su papel no es representar a Cuba, sino representar al régimen.

La verdadera Cuba no salió de la sala de la ONU. La verdadera Cuba está en las colas, en los apagones, en las cárceles, en el exilio, en las remesas, en los jóvenes que cruzan fronteras y en las madres que esperan noticias desde las cárceles o desde la lejanía del exilio. Esa Cuba no tiene asiento cómodo en Nueva York ni traductor simultáneo ni vehículo diplomático. Esa Cuba oye desde la distancia cómo otros hablan en su nombre. Y quizá por eso resultó tan reveladora la imagen de los funcionarios marchándose: porque ellos sí pueden irse cuando algo les molesta; el pueblo cubano, en cambio, lleva décadas intentando irse de una realidad que esos mismos funcionarios ayudan a sostener.

Al final, la escena dejó menos preguntas sobre Trump que sobre La Habana. La fuerza de un gobierno se mide también por su capacidad de escuchar críticas sin desmoronarse. La delegación cubana no mostró fortaleza; mostró pánico ante el espejo. Y cuando un régimen necesita abandonar la sala para no oír que ha fracasado, quizá confirma, con sus pasos apresurados, aquello que pretendía negar.

Artículo originalmente escrito para El Debate

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