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Nacho Montes de Oca | La Nobel que nadie quiere dejar volver

¿Qué impide el regreso de la actual Premio Nobel de la Paz, María Corina Machado, a su propio país?
Entre la noche del 21 y la tarde del 22 de septiembre de 2026, en menos de veinticuatro horas, se le cerraron tres puertas: un barco que no zarpó, un vuelo a Aruba que no despegó y otro a Curazao que no pudo aterrizar. Con esos tres fracasos suma siete intentos malogrados desde que salió de Venezuela, en diciembre de 2025, rumbo a Oslo para recibir el Nobel.
La pregunta ya no es si ella quiere volver. Es de quién depende que no lo haga. La respuesta cabe en dos capitales: Caracas y Washington. El instrumento más limpio no es un decreto ni un arresto. Es un pasaporte que Caracas no entrega y que Washington no reclama.
El primer plan de esta semana era por mar. El lunes por la noche, con los documentos sellados por Migración de Panamá, Machado debía subir a una embarcación privada, cruzar el canal y navegar dos o tres días por el Caribe hasta una costa venezolana, lejos de Maiquetía. Horas antes de salir, la empresa canceló. Dijo que el motor tenía una falla en dos cilindros. No ofreció otro barco, aunque en el mismo muelle había alternativas. Devolvió el dinero y se retiró. Idania Chirinos, periodista de NTN24 que cubría la operación en Ciudad de Panamá, llamó a esa avería “extraña”. El periodista David Alandete, que viajaba con el equipo, lo dijo más claro: “Uno podría pensar que hubo algún tipo de presión”.
El martes por la mañana intentaron el segundo plan desde el aeropuerto Marcos A. Gelabert. Un avión privado alquilado rumbo a Aruba, a 25 kilómetros de la costa venezolana, para seguir luego por mar. Las autoridades de la isla preguntaron si el vuelo era particular o comercial, abrieron un laberinto de trámites imposible de resolver en horas y le quitaron el permiso de aterrizaje. El avión nunca despegó. Segunda frustración.
Por la tarde se probó con un tercer plan: Curazao, a unos 65 kilómetros de Venezuela, la misma isla que usó en diciembre para escapar. Una lista de pasajeros recabada por UHN Plus la sitúa en ese vuelo, junto a un asesor del canciller panameño. Tampoco hubo permiso para bajar. Bonaire, la otra opción, corrió la misma suerte. “Le impiden volar desde Panamá. Sigue allí, sin poder salir”, dijo su equipo a EFE. Vente Venezuela confirmó a AFP que el viaje “se frustró”. La Plataforma Unitaria Democrática exigió que se respete de inmediato su derecho a volver, permanecer y ejercer política en su país. Nadie se hizo cargo del reclamo.
El nudo es el documento. El gobierno de Caracas no le renueva el pasaporte venezolano. Sin ese papel vigente, Machado no llega a la frontera como ciudadana que vuelve a casa: llega con un documento de otro país. El gobierno de José Raúl Mulino le expidió un pasaporte diplomático especial por razones humanitarias, pensado solo para viajar.
Fuentes diplomáticas en Panamá aclararon a ABC que eso no le da la ciudadanía ni un cargo. El chavismo, aun así, habló de “escándalo” y dio por hecho que le habían entregado otra nacionalidad. La confusión le sirve. Un jefe de aeropuerto, un capitán de puerto o una autoridad de Aruba o Curazao puede decir que no está en condiciones de dejarla seguir hacia un país que no la reconoce en sus propios papeles. No hace falta una orden de captura. Basta con no entregarle el pasaporte.
Esta semana no buscó colarse. Selló documentos, viajó con periodistas y dejó su nombre en una lista de vuelo. Quiso que el cierre se viera. La otra vía -entrar como salió en diciembre, de noche y sin aviso- sigue existiendo sobre el papel. Pero ya no es la misma circunstancia. Tras siete intentos, la costa está advertida y su cara es demasiado conocida. Hay ahora ojos y oídos electrónicos mucho más sofisticados monitoreando la zona.
Hay otros escenarios: si la detienen sin pasaporte venezolano, Caracas podrá decir que no impidió un regreso: impidió una entrada ilegal. Washington, que en junio ya frenó esa ruta por miedo a un enfrentamiento, tendría aún menos margen. El ingreso clandestino no es una puerta que olvidaron. Es la que nadie quiere abrir del todo: ni quienes la bloquean ni, por ahora, quienes la acompañan.
Caracas no ha dicho una palabra sobre estos siete intentos. El silencio es la respuesta. Quien controla la imprenta del documento no tiene que firmar el destierro.
Washington tampoco ha exigido que se lo devuelvan. El 22 de septiembre, cuando Reuters preguntó al Departamento de Estado por las tres cancelaciones de Panamá, no hubo respuesta. En junio, cuando Machado quiso volver después de los terremotos, una vocera del Departamento, Natalia Molano, dijo que Estados Unidos “no tiene una posición oficial” sobre su regreso y que Venezuela “sigue siendo un país soberano”. Otro funcionario del mismo departamento llamó entonces a ese intento una “payasada política” y dijo que la apoyaban “en el futuro”. Según siete altos cargos citados por Axios, la línea de la Administración es más seca: no ayudar a Machado a entrar. El Wall Street Journal atribuyó aquel freno a la Casa Blanca. Marco Rubio, el mismo miércoles en que ella no pudo despegar, la llamó “muy valiente” y dijo que el objetivo es que todos los venezolanos puedan volver. Luego, no pidió el pasaporte ni llamó a Delcy Rodríguez para que se lo entregue.
Esa omisión no es un olvido de oficina. Un gobierno que sacó a Maduro de Miraflores el 3 de enero podría exigir un documento de viaje. Es que, sin pasaporte venezolano, Machado permanece fuera y, además, parece legal. El patrón de esta semana es el mismo, solo que más limpio: las empresas de barcos cancelan, las torres no autorizan, y nadie en Nueva York ni en Miraflores tiene que firmar nada.
Todos saben lo que sucedió, nadie tiene pruebas. Pero tampoco dudas.
Mientras Machado corría de un muelle a una terminal en Panamá, Delcy Rodríguez se acicalaba para sonreír en Nueva York junto a Trump. “Reunión histórica”, escribió la dictadora en un posteo. Hablaron de energía, minería y seguridad. Sobre la mesa está el pacto petrolero de agosto, el que Trump llama el mayor de la historia y resume con una frase que dijo unas horas antes en el foro mundial de la ONU: “Al vencedor le corresponden los despojos”.
Machado no fue invitada por Washington como si lo fue la dictadora venezolana. Tampoco fue nombrada en el discurso del líder norteamericano. De hecho, nadie la mencionó en ningún discurso. Apenas hubo un pedido de elecciones de parte de los presidentes de Paraguay, Brasil y Chile. Allí se reporta otra avería y es en la maquinaria de solidaridades que funcionaba bastante bien hasta hace poco. En consecuencia, Machado está sometida a varios exilios simultáneos.
Aun sometida al exilio, para el chavismo que sobrevive sin Maduro no es una opositora más. Es quien exige fecha de elecciones y no acepta que el poder cambie de nombre y siga siendo el mismo. Negarle el pasaporte es la forma más barata de impedir que pise el país. Juan Pablo Guanipa lo dijo sin rodeos: “Ningún poder ni autoridad, interna o foránea, tiene la legitimidad para prohibirle la entrada a un ciudadano venezolano a su país (...) Déjenla entrar y pongan la fecha de las elecciones”. Caracas no va a fijar esa fecha. Tampoco va a darle el papel que haría inútil la excusa de las aduanas.
Para Washington el cálculo es igual de frío. Ya no pide, primero, una transición encabezada por la oposición de 2024. Pide petróleo y alguien en Miraflores que entregue pozos, no elecciones. Si Machado aterriza con pasaporte venezolano en regla, el destierro se cae y obliga a elegir entre el pacto con Delcy y la promesa que sirvió para justificar la captura de Maduro. Trump ya eligió. Por eso el Departamento de Estado no mueve un dedo por ese documento.
Las “casualidades” de Panamá no son misteriosas. Van juntas. Caracas guarda el pasaporte. Washington no lo reclama. Las islas que harían de pasarela de regreso no quieren pelearse con los dos. Las empresas de transporte hacen el resto.
En la Venezuela de 2026 ya no hace falta una celda en El Helicoide para sacarse de encima a la oposición más visible del continente. Basta con un documento que Caracas no emite y que Washington no exige. El barco se “rompe”. Aruba no autoriza. Curazao cierra el cielo. Y la Premio Nobel de la Paz de 2025 permanece, a unos miles de kilómetros de su país, perfectamente exiliada.
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