Rodrigo Méndez | La transición murió
Una sola imagen basta para quebrar años de voluntarismo estéril y complacencia discursiva. La fotografía que registra el encuentro entre Donald Trump y la presidenta interina Delcy Rodríguez en Nueva York no es un simple suceso protocolar en los márgenes de la Asamblea General de la ONU; es el riguroso acta de defunción de una ilusión colectiva. Para la sociedad venezolana que cifró sus esperanzas en una transición tutelada o en un desenlace automático provocado por presiones externas, la captura representa un violento baño de realidad. Tal como lo ha señalado con lucidez Carlos Alaimo, presidente del Partido Centro Democrático (PCD) y editor de Versión Final: LA TRANSICIÓN MURIÓ: este es el mensaje que la foto nos envía a los venezolanos.
La advertencia de Alaimo es un imperativo pragmático que desmonta los esquemas de la oposición tradicional: la nación debe abandonar de inmediato el "carnaval electoral" y la fantasía de la inmediatez de las urnas bajo las reglas asimétricas dictadas por el poder autocrático. Quienes insisten en circunscribir la ruta de la liberación nacional a un mero cronograma de votaciones sin garantías no solo cometen un error de cálculo geopolítico, sino que le infligen un daño estructural y ético a la República.
El verdadero núcleo analítico de esta crisis radica en comprender que nadie puede ofrecer en venta la mercancía en la que no cree. Esperar que el liderazgo de Donald Trump auspiciara un ecosistema institucional de valores democráticos liberales en Venezuela siempre fue un contrasentido ideológico. La doctrina que encarna el trumpismo no concibe la política como un balance de contrapesos institucionales, sino como una estructura estrictamente transaccional. Bajo esta óptica corporativa del poder, condensada en la lapidaria frase presidencial "To the victor belong the spoils" ("Al vencedor pertenecen los despojos"), las libertades democráticas de terceros son perfectamente accesorias frente a la fría matemática del beneficio, los acuerdos energéticos y la estabilidad fáctica.
Es en esta profunda veta psicológica y operativa donde se revela un paralelismo histórico ineludible. Aunque situados en polos teóricamente opuestos del espectro político, Donald Trump y Hugo Chávez —con Nicolás Maduro operando apenas como un trágico accidente y un paréntesis histórico de continuidad— comparten la misma matriz identitaria: la del caudillo mesiánico. Ambos líderes basan su ejercicio del poder en el narcisismo autocrático, la asunción de una infalibilidad providencial y la destrucción sistemática de los contrapesos institucionales para "atornillarse" indefinidamente en el mando.
Este fenómeno, sin embargo, no nació espontáneamente con el chavismo; es el hilo conductor y la tragedia histórica de Venezuela. El caudillismo nacional se bautizó con sangre en el siglo XIX a través del guerrero asturiano José Tomás Boves. La historiografía oficial de los vencedores lo condenó como el antihéroe absoluto, el demonio de la barbarie. No obstante, un análisis desapasionado revela que Boves fue el primero en usufructuar políticamente el profundo descontento de las clases bajas (pardos, negros y llaneros) contra la opresión de la élite criolla y su "república aristocrática". Al liderar esa masiva y feroz reacción armada, Boves desató una verdadera guerra civil en el territorio americano.
La respuesta institucional a este fenómeno terminó alimentando al propio monstruo autocrático. El radical Decreto de Guerra a Muerte dictado por Simón Bolívar en 1813 buscó arrebatarle la bandera nacionalista al "Urogallo" asturiano. Al polarizar el conflicto de manera absoluta —"españoles y canarios, contad con la muerte... americanos, contad con la vida"—, Bolívar empujó definitivamente a Boves y a sus huestes desposeídas hacia las fuerzas realistas, convirtiendo la contienda en una carnicería existencial.
La ironía histórica es que el germen del caudillismo terminó contaminando al propio Libertador. El hombre que combatió las tiranías monárquicas acabó cediendo ante sus propios delirios de infalibilidad, plasmados en sus recurrentes sueños por coronarse como Presidente Vitalicio a través de la Constitución Boliviana de 1826, un proyecto mesiánico donde el gobernante era un poder perpetuo e irresponsable ante la ley.
A partir de allí, la historia republicana de Venezuela se convirtió en un desfile cíclico de "salvadores" autocráticos que gobernaron bajo la premisa de que el Estado les pertenecía:
- José Antonio Páez: El centauro de los llanos que fragmentó la Gran Colombia para administrar el país como su hacienda personal
- Antonio Guzmán Blanco: El "Ilustre Americano", quien modernizó la infraestructura pero instauró un asfixiante culto a su propia personalidad.
- Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez: Los andinos que centralizaron el poder a sangre y fuego; en especial Gómez, "El Benemérito", quien clausuró el país institucionalmente durante 27 años creyéndose el único gendarme necesario.
- Marcos Pérez Jiménez: Quien pretendió sustituir el tejido democrático por el cemento del Nuevo Ideal Nacional, asumiendo que la bonanza económica justificaba la bota militar.
- Hugo Chávez: El último gran heredero de esta dinastía mesiánica, quien combinó el resentimiento social explotado originalmente por Boves con el culto personalista de Guzmán Blanco para desmantelar la república e implantar una autocracia de carácter religioso.
Por lo tanto, la postura expuesta por la dirigencia del PCD resulta ineludible para el pensamiento intelectual contemporáneo. El despertar que produce esta fotografía nos obliga a asumir que la verdadera ruta hacia la democracia no se negocia en un set de televisión ni en un estudio fotográfico en Nueva York. Resucitar la democracia en Venezuela exige desmantelar, de una vez por todas, el mito secular del redentor providencial, sea este extranjero o local. Toca prepararse para una lucha política de fondo, de resistencia orgánica y de reconstrucción de las bases ciudadanas desde la raíz. La transición de papel ha concluido; la verdadera liberación de la República comenzará cuando la sociedad civil asuma que su destino depende de sus propias fuerzas y de su indomable conciencia institucional.
