Ricardo Escalante | No todo era peor
Recordar a Caracas es regresar a las luciferinas y encantadoras décadas de mi reporterismo, con hechos promisorios y líderes dedicados a luchas por el bienestar de las nuevas generaciones. Sueños recurrentes me transportan a vertiginosos hechos de épocas con decorosas transformaciones nacionales.
En esos viejos tiempos no existían ni internet, ni las redes sociales y ni la revolución de la inteligencia artificial, pero los periódicos marcaban el paso con trabajos profundos, analíticos, bien investigados, elaborados por periodistas con conocimiento cabal de lo que se traían entre manos. No predominaban entonces las ligerezas de ahora con Facebook, Instagram y TikTok.
Como corresponsal de Panorama de Maracaibo en Caracas me correspondió cubrir parte de las discusiones de la Ley que reservó al Estado la industria y el comercio de los hidrocarburos, además de algunos detalles de la nacionalización del hierro. Transcurrían entonces los primeros años de la presidencia del polémico Carlos Andrés Pérez (1974-1979), mientras las sesiones parlamentarias ocurrían a partir de las cinco de la tarde de los miércoles y jueves.
Las oficinas de la corresponsalía estaban en un vetusto edificio situado entre las esquinas de Santa Capilla y Mijares, en el que por las noches se escuchaba el desagradable ruido de ratas que se disputaban residuos en las cloacas y los depósitos de basura. Para el pequeño grupo de reporteros que trabajábamos allí, resultaba insufrible la jefatura de redacción de un cubano batistero que veía fantasmas comunistas hasta en la sopa a la hora de censurarnos.
En los cuarenta años de la democracia anterior a Hugo Chávez conocí políticos decentes, empresarios y jefes de movimientos sociales transformadores, conscientes del papel que les correspondía. Antes de Panorama yo había pasado por La Nación de San Cristóbal y El Carabobeño y, después, en El Universal, El Nacional y otros impresos, cuando también traté a dirigentes animados por amarguras y bajas pasiones, dedicados a las trastiendas desestabilizadoras que desembocaron en lo que ahora somos.
Para mí fueron décadas de irrepetibles y aleccionadoras experiencias. Ya lo he contado otras veces: el carácter acerado y la influencia del expresidente Rómulo Betancourt se respiraba aún después de haber salido de Miraflores, con explosiones de rigidez que sacudían tanto a su partido como a la política en general. Su personalidad era fuerte y algunos hasta le atribuían ciertas dosis de autoritarismo.
Con Juan Pablo Pérez Alfonzo en el ministerio de minas e hidrocarburos, RB había aplicado entre 1959 y 1964 políticas como la de no más concesiones petroleras, al tiempo que pavimentó el camino para las nacionalizaciones efectuadas por Carlos Andrés Pérez en su primer mandato.
Las relaciones de Betancourt y Pérez con Estados Unidos eran de entendimiento, pero ellos jamás doblaron la cerviz. Eran dignos, actuaban con conciencia de la soberanía nacional y la defendían a costa de lo que fuera, combatiendo las conspiraciones de extrema izquierda promovidas por Fidel Castro y las de derecha, de remanentes de la dictadura militar de Marcos Pérez Jiménez.
En mi libro En voz alta narré episodios de valentía y sentido de la trascendencia protagonizados por ellos, así como por otros que también dedicaron sus vidas a la defensa de la libertad y al combate al autoritarismo. Por eso, hoy más que nunca, cuando los chavistas firman contratos leoninos con Estados Unidos y las falencias de María Corina Machado saltan a la vista, es indispensable la lectura de enseñanzas que sin vacilación nos legaron dirigentes con sentido de la majestad del Estado.
Por todo eso, pienso que los arrebatos imperiales de Trump no perdurarán hasta el fin de los siglos. No demorarán en llegar los días en que los acuerdos entre Delcy Rodríguez y Donald Trump serán cosa del pasado, y los venezolanos ya contaremos con verdaderos estadistas.
