El diario plural del Zulia

Pedro Adolfo Morales Vera | El Puente sobre el Lago, la obra que unió al Zulia

Para quien regresa a Maracaibo por carretera hay un momento que se repite generación tras generación. Después de horas de viaje, el horizonte comienza a abrirse y aparece el lago. Y sobre el agua, cada vez más nítida, surge la silueta del puente. No hace falta que nadie explique dónde estamos. El Puente sobre el Lago anuncia que Maracaibo está cerca.

Hoy forma parte del paisaje hasta el punto de parecer inseparable de la ciudad. Pero hubo un tiempo en que el lago era también una frontera. Antes del puente, quienes viajaban hacia Maracaibo debían cruzarlo en ferry. El trayecto dependía del tráfico, de las condiciones del lago y de una infraestructura que hacía de la comunicación con el resto del país una operación mucho más lenta. La construcción del puente cambió esa relación para siempre.

La idea llevaba años formando parte de las aspiraciones de los zulianos. Durante el gobierno de Marcos Pérez Jiménez se impulsó la planificación y licitación internacional de una gran conexión sobre el lago, pero el derrocamiento de 1958 impidió que aquella contratación llegara a completarse. El proyecto volvió a licitarse y, bajo el gobierno de Rómulo Betancourt, la construcción comenzó oficialmente el 29 de abril de 1959.

El proyecto llevaba la firma del ingeniero italiano Riccardo Morandi, uno de los grandes especialistas en estructuras de hormigón armado y pretensado del siglo XX. Sin embargo, el puente que finalmente se levantó no fue simplemente la ejecución de un diseño individual. El Consorcio Puente Maracaibo introdujo modificaciones y desarrolló los cálculos y soluciones constructivas necesarios para convertir el proyecto en una estructura capaz de asentarse sobre el fondo del lago. En aquella empresa participaron técnicos venezolanos y europeos, bajo la supervisión del Ministerio de Obras Públicas.

La magnitud de la obra resulta difícil de imaginar incluso con las cifras delante. El puente alcanza 8.678 metros de longitud y fue construido en hormigón armado y pretensado. Sus estructuras se apoyan sobre 134 pilares y sus grandes vanos centrales alcanzan una luz de 235 metros. La calzada se encuentra a unos 45 metros sobre el nivel del agua en los canales de navegación, permitiendo el paso de grandes embarcaciones hacia las zonas petroleras del lago. Para construirlo se emplearon alrededor de 270.000 metros cúbicos de concreto, miles de metros de pilotes, 5.000 toneladas de cables de pretensado y 19.000 toneladas de acero. En los trabajos participaron unas 2.600 personas.

Aquella obra exigía mucho más que levantar una carretera sobre el agua. Había que trabajar sobre un lago profundo, establecer cimentaciones capaces de soportar enormes cargas y resolver los problemas planteados por el viento, la navegación y las condiciones ambientales. La construcción del puente fue también una demostración de la capacidad técnica que había alcanzado Venezuela a mediados del siglo XX. El resultado convirtió al Puente General Rafael Urdaneta en una de las grandes obras de ingeniería de su tiempo.

El 24 de agosto de 1962 llegó el momento esperado. El presidente Rómulo Betancourt inauguró oficialmente la obra y alrededor de 200.000 personas acudieron a Maracaibo para participar en aquella jornada. El puente recibió el nombre del general Rafael Urdaneta, héroe zuliano de la Independencia, pero pronto adquirió otro nombre mucho más sencillo y cercano. Para los habitantes de la región sería, simplemente, el Puente sobre el Lago.

La inauguración no fue solamente la apertura de una infraestructura. Marcó un cambio profundo en la geografía económica del Zulia. El lago dejó de ser una barrera que obligaba a interrumpir el viaje para convertirse en un espacio atravesado directamente por una carretera. Mercancías, vehículos y personas pudieron desplazarse con mayor rapidez entre Maracaibo y el resto del país. Una obra que había nacido como respuesta a un problema de comunicación terminó modificando la relación territorial del Zulia con Venezuela.

Pero apenas habían transcurrido dos años cuando el puente conoció su momento más dramático. La noche del 6 de abril de 1964, el supertanquero Esso Maracaibo, cargado de petróleo, sufrió una avería que dejó fuera de servicio sus sistemas eléctricos. Durante las maniobras para evitar una colisión, el buque terminó golpeando la estructura. El impacto provocó el derrumbe de aproximadamente 259 metros del puente y cuatro vehículos cayeron al lago. Murieron siete personas.

La imagen de aquella sección del puente desapareciendo en la oscuridad quedó grabada en la memoria de los zulianos. La obra fue reconstruida y volvió a entrar en servicio poco más de ocho meses después. El episodio añadió una dimensión inesperada a la historia del puente. La estructura que había representado el avance de una nueva época tuvo que demostrar también su capacidad para sobreponerse a una de las mayores tragedias de su historia.

Con el paso de las décadas, el puente siguió formando parte de la vida cotidiana. Sus grandes pilares se convirtieron en una imagen inseparable del paisaje maracaibero. Las fotografías familiares, los viajes por carretera, las despedidas y los encuentros fueron acumulando recuerdos alrededor de aquella estructura que atraviesa el lago.

También la cultura popular terminó apropiándose del puente. La gaita lo convirtió en símbolo de pertenencia y emoción. Cuando sus versos hablan de comenzar a pasar el puente y de sentir que la emoción nubla la mente, no describen únicamente un trayecto. Expresan una experiencia compartida por miles de zulianos. El puente pasó de ser una obra de ingeniería a formar parte del imaginario de toda una región.

Su importancia tampoco puede medirse únicamente por sus dimensiones. Hay obras que resuelven una necesidad concreta y después desaparecen de la memoria colectiva. El Puente sobre el Lago siguió otro camino. Modificó las comunicaciones, favoreció el intercambio económico y transformó la relación cotidiana entre Maracaibo y el resto de Venezuela. Su presencia terminó incorporándose a la propia imagen del Zulia.

Hoy, cuando sus pilares se iluminan durante la noche, la estructura adquiere una dimensión distinta. Las luces forman parte del paisaje nocturno del lago, pero el puente conserva una imagen mucho más antigua y poderosa: la de aquella gran línea de hormigón que apareció sobre el agua para cambiar la geografía de una región.

Para quienes nacieron después de 1962, resulta difícil imaginar Maracaibo sin el puente. Hubo, sin embargo, una generación que conoció la ciudad cuando aquella conexión todavía no existía y que vio cómo una obra gigantesca modificaba para siempre la manera de entrar y salir de ella.

Desde entonces, el puente permanece allí, entre el agua y el cielo, soportando el tráfico, el viento y el paso de los años. Cada vehículo que lo cruza repite, de alguna manera, aquel gesto que cambió la historia de la región: atravesar directamente el lago por una vía que antes no existía.

El lago sigue siendo el mismo. La relación del Zulia con él, no.

Y allí permanece la obra que hizo posible ese cambio.

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