Pedro Adolfo Morales Vera | Los constructores olvidados de Venezuela
Las naciones no se construyen únicamente desde el poder.
También se construyen desde un aula, un hospital, un laboratorio, una biblioteca o una universidad. Sin embargo, la memoria colectiva suele reservar su lugar de honor para presidentes, caudillos, guerras y revoluciones, mientras deja en un discreto segundo plano a quienes hicieron posible el funcionamiento cotidiano del país.
Durante generaciones, miles de profesionales levantaron hospitales, fundaron escuelas, impulsaron universidades, redactaron leyes e investigaron en condiciones muchas veces precarias. Su obra rara vez ocupa los monumentos o las efemérides, pero constituye uno de los cimientos más sólidos de la Venezuela contemporánea. Sin ellos, muchas de las instituciones que dieron continuidad al país difícilmente habrían sobrevivido a las sucesivas crisis políticas.
Hubo médicos que combatieron epidemias cuando la sanidad apenas comenzaba a organizarse; maestros que llevaron la educación a lugares donde el Estado apenas tenía presencia; ingenieros que conectaron regiones separadas por enormes dificultades geográficas; juristas que contribuyeron a dotar de estabilidad al orden institucional; profesores universitarios y científicos que comprendieron que el conocimiento era también una forma de servicio público. Ninguno buscó la celebridad. Su mayor aspiración fue dejar un país mejor organizado que el que habían recibido.
Pertenecieron a una generación que entendió que la construcción de Venezuela no dependía únicamente de los gobiernos. Dependía también de la capacidad de formar profesionales, fortalecer la enseñanza, mejorar la atención sanitaria, impulsar la investigación y consolidar instituciones capaces de sobrevivir a los cambios políticos. Aquella tarea fue lenta, discreta y casi siempre alejada de los focos. Precisamente por ello resulta fácil olvidarla.
En una época dominada por la inmediatez, la memoria pública tiende a concentrarse en las crisis y en los conflictos. Sin embargo, comprender el pasado exige mirar también el trabajo paciente que permitió levantar hospitales, crear centros de enseñanza, fundar sociedades científicas, publicar revistas especializadas y abrir espacios para el debate intelectual. Esas obras rara vez ocupan titulares, pero explican mejor que muchos discursos la capacidad de un país para sostenerse en el tiempo.
Recuperar esa memoria no significa idealizar el pasado ni convertir en héroes a quienes también fueron hijos de su época. Significa reconocer que las naciones no descansan únicamente sobre quienes ejercen el poder. También dependen de quienes, con conocimiento, rigor y vocación de servicio, construyen las instituciones que hacen posible la vida en común.
Quizá el verdadero patrimonio de un país no esté formado solo por las gestas que llenan los manuales de historia. También lo integran las vidas de quienes dedicaron décadas a enseñar, investigar, curar, legislar o servir desde la discreción. Su legado no siempre es visible, pero permanece allí donde una institución continúa prestando servicio a la sociedad.
Recordarlos no es un ejercicio de nostalgia.
Es comprender que la fortaleza de una nación comienza mucho antes que el poder y perdura mucho después de él.
