El diario plural del Zulia

Valmore Muñoz Arteaga | La amada en la gramática surrealista de deseo

La figura de la amada ocupa un lugar decisivo en la poesía surrealista venezolana, pero rara vez se deja interpretar como el retrato estable de una mujer empírica. Surge, más bien, como aparición. Un cuerpo y un sueño, una presencia y una fuga, un nombre propio y una fuerza elemental. En ese sentido, la noción de amada feérica ofrece una clave fértil para comprender esta tradición. Feérico nombra lo relativo a las hadas y, por extensión, a un ámbito fantástico o maravilloso. La amada feérica es, entonces, una mujer vinculada con otro mundo; no porque sea simplemente irreal, sino porque altera las leyes ordinarias de la percepción y conduce al amante-poeta hacia una zona donde deseo, lenguaje y revelación se entrecruzan.

En la literatura caballeresca y en la mitología, la mujer feérica puede amar, proteger, probar o extraviar al héroe; suele encarnar una belleza que exige discreción, fidelidad y renuncia a la posesión. El surrealismo va a transformar este motivo. La mujer ya no pertenece necesariamente a un reino legendario separado, más bien irrumpe en la ciudad, el sueño, la noche, el paisaje tropical o el cuerpo verbal del poema. Su poder consiste en desordenar las jerarquías racionales y hacer que lo cotidiano revele su fondo insólito. Trataremos de indagar en la hondura surrealista venezolana con la finalidad de aproximarnos a un rostro, a unos labios, a una voz que nos habla desde los intersticios del poema.

La recepción del surrealismo en Venezuela se vinculó tempranamente al grupo Viernes. Luis Fernando Álvarez y José Ramón Heredia figuran entre los miembros más interesados en la escritura surrealista dentro de esa constelación. El grupo abrió, en los años treinta, una posibilidad de ruptura con el decorativismo heredado y con las fórmulas ya agotadas. Van a privilegiar la imagen inesperada, la asociación libre, el sueño, la intensidad subjetiva y un lenguaje capaz de crear sus propias leyes. La poesía de Luis Fernando Álvarez se reconoce por una atmósfera de desarraigo, soledad y muerte. La mujer puede leerse como una aparición que no estabiliza al yo. Su cercanía convoca una intimidad atravesada por la fragilidad, por la conciencia del fin y por la imposibilidad de poseer plenamente lo amado. La amada es feérica porque llega desde una región donde eros y muerte se miran. La amada abre en la poesía de Luis Fernando Álvarez una suerte de experiencia que excede la identidad cotidiana del hablante.

José Ramón Heredia lleva la imaginería surreal hacia una expansión cósmica y sensorial. La mujer, en esta perspectiva, se asocia a la fluidez de los elementos. El poema El mar se baña en tu cuerpo, destacado por la crítica entre sus composiciones, condensa una operación muy característica. El cuerpo de la amada no queda delimitado por su contorno individual, pues el mar lo atraviesa y lo prolonga. La mujer es paisaje y el paisaje adquiere intimidad corporal. La metáfora no pretende explicar; produce un espacio donde lo humano y lo cósmico se comunican. Aquí la amada feérica aparece como dueña de una metamorfosis acuática. Su cuerpo no es cosa visible disponible para una mirada unilateral, sino umbral por el cual el mar se humaniza y el cuerpo se vuelve vastedad.

Si miramos la poética de José Lira Sosa contemplamos fácilmente cómo sus metáforas van desplegando un verdadero flujo sensorial entre versos alucinantes. En sus poemas, la amada no comparece como imagen pacificada, sino que se inscribe en una liturgia profana del deseo, en un teatro de máscaras, objetos y mutaciones. El amor se vuelve rito de acceso a lo inconsciente y también insurrección contra el lenguaje domesticado. La mujer feérica es aquí una potencia que desquicia las convenciones, ya que no ofrece un refugio sentimental, sino una aventura peligrosa de los sentidos. Además, la mujer no queda sometida a la representación realista ni a la moral doméstica. Su figura perturba el orden del poema y devuelve al deseo su carácter indócil, oscuro y ceremonial.

Juan Sánchez Peláez es una de las cumbres del surrealismo venezolano, ya que en su obra se encuentra, quizá, una de las realizaciones más complejas de la amada feérica en la poética nacional. Elena y los elementos (1951) inaugura su aventura poética bajo el signo del triángulo surrealista mujer, amor y poesía. El nombre de Elena no va a funcionar únicamente como referencia biográfica o como personaje, sino que se vuelve una constelación verbal. La amada es nombre propio y, simultáneamente, principio de movilidad para las palabras.  La cualidad feérica de Elena se concentra en una doble pertenencia. Se encuentra ligada a los ementos, pero no se disuelve en alegoría. Es una figura encarnada y, a la vez, una fuerza que permite cruzar hacia un espacio más libre del inconsciente. Sánchez Peláez le atribuye a la mujer una capacidad generativa dentro de la escritura. La amada mueve el poema, y el poema inventa una forma de habitar el deseo sin agotarlo en posesión.

La voz más alta de la poesía zuliana brota de la intimidad amorosa de Hesnor Rivera. La crítica describe su mundo como un surrealismo tropicalizado, donde Maracaibo, el lago, la canícula y el petróleo se convierten en coordenadas cósmicas para explorar memoria, soledad, poesía y una mujer siempre ausente. La mención de una mujer ausente ofrece una variación decisiva sobre la amada feérica. Ella no irrumpe necesariamente con una presencia deslumbrante; puede persistir como vacío, huella o llamada. En esa ausencia, la ciudad se vuelve el espacio de una búsqueda. Maracaibo, sus aguas, su calor y sus materiales cotidianos quedan atravesados por una tensión elegíaca y visionaria. Silvia, uno de sus poemas más celebrados y uno de los más hermosos de la poesía venezolana, puede leerse como una forma de presencia espectral. No una mujer que el poema domina, sino un centro de gravedad que reorganiza memoria, ciudad y deseo. La amada feérica se hace aquí visitante de la interioridad y de la urbe, una figura que no cesa de escapar precisamente porque continúa obrando en todo lo que deja atrás.

La amada en el surrealismo venezolano es una figura de transformación. No sólo concentra el deseo del hablante, sino que, además, modifica el tiempo, el paisaje, la ciudad y, sobre todo, el lenguaje. Bajo su signo, el mar puede bañarse en un cuerpo, Elena puede atraer las palabras entre sí, Silvia puede permanecer en la trama ausente de Maracaibo y el ceremonial puede convertir la sensualidad en un acto de ruptura imaginativa. Por eso la amada feérica resulta una metáfora crítica útil. Nombra a una mujer que no cabe por entero en el mundo ordinario del poema, no porque sea menos real, sino porque su aparición manifiesta que la realidad es más vasta que sus representaciones habituales. Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.

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