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Pedro Adolfo Morales Vera | La Plaza Baralt, el lugar donde Maracaibo se hizo ciudad

Cada día, miles de marabinos cruzan la Plaza Baralt sin detenerse a pensar que, durante siglos, aquel espacio fue uno de los grandes centros de la vida de la ciudad. Mucho antes del auge petrolero, de los grandes centros comerciales y del tráfico que hoy rodea el casco histórico, allí se compraba y se vendía, se discutía la política y los negocios, se cerraban tratos, se celebraban acontecimientos y se encontraban quienes daban forma a la vida cotidiana de Maracaibo.

La historia de la plaza está estrechamente unida a la presencia franciscana en la ciudad. Frente a la iglesia y convento de San Francisco de Asís, levantados entre finales del siglo XVII y la primera mitad del XVIII, fue tomando forma un amplio espacio abierto que muy pronto dejó de ser únicamente un entorno religioso para convertirse en uno de los principales centros de la vida urbana de Maracaibo. Su proximidad al puerto reforzó esa función comercial y social, hasta situarla entre los lugares más concurridos de la ciudad.

Con el paso del tiempo, aquel espacio recibió distintos nombres. Fue conocido como Plazuela del Convento, Plaza de San Francisco y Plaza de la Convención. En 1883 comenzó el proceso que le daría su identidad definitiva con la colocación de la primera piedra del monumento dedicado a Rafael María Baralt. Cinco años después, el 28 de octubre de 1888, quedó inaugurada oficialmente la plaza presidida por la estatua de bronce del ilustre escritor zuliano. Primer hispanoamericano en ingresar en la Real Academia Española, Baralt simbolizaba el reconocimiento de una ciudad a uno de sus hijos más universales.

Pero la Plaza Baralt nunca fue únicamente un monumento. Su verdadero motor fue el mercado. En 1816 comenzaron a instalarse los primeros ventorrillos y el 29 de marzo de 1866 entró en funcionamiento el Nuevo Mercado Central, conocido también como Mercado de La Plazuela. Con sus decenas de puestos comerciales se convirtió en el gran centro de abastecimiento de Maracaibo. Durante más de sesenta años concentró buena parte de la actividad económica de la ciudad, hasta que un incendio lo destruyó en 1927.

Tras el incendio, las autoridades impulsaron la construcción de un nuevo mercado con estructura metálica prefabricada. El edificio, montado bajo la dirección del ingeniero belga León Jerome Hoet e inaugurado en 1931, permaneció en funcionamiento hasta 1973. Años más tarde sería recuperado para albergar el Centro de Arte de Maracaibo Lía Bermúdez, uno de los espacios culturales más importantes del occidente venezolano.

La plaza era también un gran punto de comunicación. Desde finales del siglo XIX los tranvías llegaban hasta allí procedentes de distintos sectores de la ciudad, convirtiéndola en uno de los principales nodos del transporte urbano. Los kioscos que hoy evocan aquellos antiguos vagones recuerdan una época en la que el sonido del tranvía formaba parte inseparable del paisaje cotidiano.

El dinamismo económico atrajo algunos de los edificios más representativos de Maracaibo. La Casa Mac Gregor, fundada en 1892 por Emilio Mac Gregor Novoa, fue considerada la primera tienda por departamentos de Venezuela. Muy cerca se levantó La Botica Nueva, célebre por sus atlantes monumentales, y el Hotel Victoria, inaugurado en 1940, representó durante décadas la imagen de una ciudad moderna y abierta al comercio internacional.

La Plaza Baralt era mucho más que un espacio comercial. Era un lugar de convivencia. Allí coincidían comerciantes, viajeros, estudiantes, intelectuales y trabajadores. Los cronistas recuerdan incluso una pizarra donde diariamente se escribían las noticias para que los vecinos las comentaran, convirtiendo la plaza en una especie de foro público antes de que existieran la radio o la televisión como medios de información masiva. También formó parte de ese paisaje humano el popular “Patiquín” Manuel Ramón Nelson, limpiabotas y personaje entrañable de la memoria marabina. No resulta extraño que Berty Ríos resumiera el sentimiento de toda una ciudad con una frase que ha terminado formando parte de la memoria colectiva: “Maracaibo es la Plaza Baralt”.

El 15 de octubre de 1990, la Plaza Baralt y su entorno fueron incorporados a la Zona de Valor Histórico de Maracaibo. Ese reconocimiento confirmó su importancia patrimonial, aunque no bastó para detener el deterioro que durante años afectó al casco histórico. Aun así, diversas intervenciones de recuperación han permitido conservar parte de un espacio que sigue siendo esencial para comprender la historia urbana de la ciudad.

La Plaza Baralt ha acompañado todas las etapas de Maracaibo. Ha sido testigo de la ciudad colonial, del crecimiento comercial del siglo XIX, de la modernización impulsada por el petróleo y de los desafíos del presente. Ha cambiado su aspecto, sus edificios y sus costumbres, pero no ha perdido su significado.

Porque las ciudades no solo se levantan con calles y edificios. Se construyen alrededor de los lugares donde sus habitantes aprenden a reconocerse unos a otros. Y durante siglos, ese lugar ha tenido siempre un nombre:Plaza Baralt.

 

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