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Luzneira Parra / Petróleo sin libertad: la transición venezolana que no termina de nacer

La captura de Nicolás Maduro por fuerzas especiales estadounidenses fue presentada como un hecho decisivo, casi fundacional. Sin embargo, los días posteriores han dejado una sensación incómoda: el problema venezolano no era solo Maduro, y su salida forzada no ha significado, ni de lejos, la llegada de la democracia. Lo que se ha instalado es un vacío de poder administrado por los mismos actores de siempre, con un discurso nuevo que no habla de libertades, sino de petróleo.

Las declaraciones que rodearon el operativo, especialmente desde la Casa Blanca, han sido reveladoras. El énfasis no estuvo en la liberación de los presos políticos, ni en la restitución de derechos, ni en un calendario electoral creíble. El eje fue energético. Venezuela reaparece en el tablero internacional no como nación herida que exige justicia, sino como reserva estratégica que debe ser “liberada” para el mercado. El petróleo, una vez más, ocupa el lugar que la democracia nunca logró consolidar.

Mientras tanto, dentro del país, la continuidad es más visible que la ruptura. Delcy Rodríguez, vicepresidenta del régimen, se erige como figura central de un poder que no se ha desmontado. Las Fuerzas Armadas siguen intactas, los voceros del chavismo siguen hablando en nombre del Estado, y los presos políticos siguen presos. No hay gesto simbólico ni político que indique un quiebre real con el sistema que durante años sostuvo a Maduro. Cambió el rostro, no la estructura.

En este contexto, resulta preocupante la aparente incomprensión —o desinterés— del presidente Donald Trump frente a la realidad política venezolana. Porque si algo ha quedado claro en estos años es que la oposición democrática no surgió de la nada ni fue un accidente. María Corina Machado encabezó un proceso excepcionalmente difícil: organizó unas primarias contra todo pronóstico, en un clima de persecución, violencia y censura; fue inhabilitada arbitrariamente; y aun así logró transferir su capital político a un candidato casi desconocido, Edmundo González, quien ganó las elecciones del 28 de julio de 2024 con el respaldo masivo de un país desesperado por un cambio.

Ese dato no es menor. González ganó porque Machado lo respaldó. Y Machado fue respaldada por millones de venezolanos que votaron por ella sabiendo que el sistema no la dejaría llegar. Esa legitimidad política y moral parece no haber sido suficientemente comprendida por Washington. O peor aún: parece no ser relevante frente a otros intereses.

La agenda estadounidense sugiere una transición administrada desde arriba, negociada con sectores del poder chavista, especialmente los militares, y enfocada en garantizar estabilidad y acceso a recursos. Es una fórmula conocida en la historia latinoamericana: orden primero, democracia después.

El problema es que en Venezuela ese “después” lleva más de dos décadas esperando.

La próxima reunión de Trump con Delcy Rodríguez refuerza esa sospecha. Ella no representa una ruptura, sino la continuidad más dura del madurismo: el aparato represivo, la opacidad, la negativa sistemática a reconocer derechos básicos. Recibirla como interlocutora válida mientras los presos políticos siguen encarcelados envía un mensaje devastador a quienes, dentro y fuera del país, apostaron por la vía electoral y pacífica.

Se habla de transición, pero los hechos contradicen la palabra. Una transición real implica desmantelar el andamiaje autoritario, no reciclarlo. Implica liberar presos, permitir el regreso de exiliados, garantizar libertad de prensa y convocar elecciones auténticas. Nada de eso ha ocurrido. Por el contrario, los mismos actores afirman que “ellos mandan”, y hasta ahora la realidad les da la razón.

¿Qué pueden esperar entonces los venezolanos? Los escenarios no son alentadores. El primero es una especie de “madurismo sin Maduro”: un régimen más funcional, aceptable para los mercados y tolerado por la comunidad internacional, pero igualmente ajeno a la voluntad popular. El segundo, más complejo, sería una transición negociada que incorpore a la oposición legítima y abra un camino electoral real, algo que exige presión interna y externa sostenida. El tercero, el más oscuro, es el estancamiento: ni dictadura abierta ni democracia, sino una parálisis que prolongue el sufrimiento y la migración.

Nada de esto se resolverá ignorando a quienes sí hicieron el trabajo político. María Corina Machado no es una figura decorativa ni una nota al pie. Es el liderazgo que logró articular una esperanza concreta cuando todo estaba en contra. Desconocerla no es solo un error político; es una señal de que la voluntad de los venezolanos vuelve a ser secundaria frente a cálculos geopolíticos.

Venezuela no necesita que la “liberen” para extraer su petróleo. Necesita que la liberen para decidir su destino. Y mientras la palabra democracia siga ausente del discurso de quienes hoy dicen dirigir la transición, el país seguirá atrapado en la misma paradoja: mucho petróleo, pero poca libertad.

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