Luis González del Castillo | De los terremotos del alma a la reconstrucción de Venezuela
Hoy, 18 de julio de 2026, llueve a cántaros acá en El Doral, Florida, donde permanezco exiliado desde el año 2017. Y la lluvia trae la memoria. El año de 1996 se me hace presente, se cumplen treinta años del mismo, tan difícil, y que tocó resistir.
El 23 de mayo de 1996, sin anuncio, repentinamente por un ataque al corazón, sin enfermedad previa conocida, se fue nuestro padre. Setenta y seis años. Días antes nos había escrito un gran poema, "A Mis Hijos", dedicado a nosotros sus hijos como si intuyera algo. Néstor González del Castillo Heinemann se fue en paz. Había procreado ocho hijos, una familia forjada en el amor junto a mi madre María Yanes Oropeza, pero esa familia ya había conocido el dolor profundo de la pérdida de un ser amado.
Habíamos perdido a mi hermano mayor, también llamado Néstor, como mi padre. Un 18 de abril de 1967, una bala más que perdida, fatalista, dio contra su humanidad cuando construía vivienda social en la zona de Los Ocumitos, en el Estado Miranda, en las afueras de Caracas. Enfrentamientos entre una guerrilla urbana de esa izquierda que intentaba tomar el poder por la violencia se enfrentó a la Guardia Nacional de Venezuela resultando como víctima colateral mi hermano Néstor. Esa tragedia nos marcó para siempre. Ocurrió previa al gran terremoto de Caracas del sábado 29 de julio de 1967 a las 8:05 de la noche, hora de Caracas, la tierra tembló, lo que para nosotros fue un segundo gran terremoto en la familia. Nuestro padre producto de la pérdida de su hijo Néstor había estado al borde de la locura y hubo de ser tratado. De ese abismo volvió escribiendo un poema maravilloso, extraordinario, llamado "De Regreso de las Sombras".
Como ahora en La Guaira entendemos que los escombros no son solo de concreto, sino del corazón.
Y cuando creíamos que podíamos aceptar que todos nos vamos a ir, vino la segunda puñalada de ese 1996. Nuestra sobrina mayor, María Alexandra López González, hija de mi hermana Alexa, la nieta mayor de mis padres. Se nos fue en España, en San Fermín. Habían terminado un posgrado acá en Estados Unidos y se fueron a Europa al influjo de Hemingway. Un accidente automovilístico. Sin golpes visibles, ella misma pidió que atendieran primero a sus compañeros. Pero la hemorragia estaba por dentro. Y así fallece. Joven, brillante, llena de vida.
Dos terremotos en 1967: el de la tierra y el del alma. Dos muertes en 1996. Y hoy, 2026, Venezuela entera bajo escombros morales. ¿No es la misma lección?
La muerte nos puede alcanzar en cualquier momento. En El Doral o en Pamplona, en Caracas en 1967 o en La Guaira en 2026. Con poema previo o sin despedida. Esa es la lección brutal que me trae esta lluvia del 18 de julio de 2026.
Por eso la reflexión final no es solo política, de la obligación moral y de conciencia de reconstruir ciudades, es una reflexión humana y universal. Debemos amar, abrazar, sentir con pureza en Maracaibo, en La Guaira, en Pamplona, en París, en el Medio Oriente o en cualquier región del mundo. Pedir perdón oportunamente, generar amor, vivir cada minuto de cada día. Ese es el único mandato que no puede fallar. Estar al lado de los que hoy sienten la pérdida de La Guaira de este 24 de junio de 2026 al presente y que tomará años, los que han perdido vidas, los niños y adultos que han perdido miembros, bracitos, piernas, acompañarlos para que ese corazón siga latiendo lleno de amor y puedan reconciliarse con las oportunidades que nos brinda el SEÑOR, SUPREMO AUTOR DEL UNIVERSO. Y de esa concepción reconstruir a Venezuela desde la moral y el conocimiento sobre principios sólidos y no sobre el fango.
