José Rafael Rivero | Venezuela: la identidad también se canta
Hace algunos días me encontré con una frase del sociólogo y filósofo polaco de ascendencia judía Zygmunt Bauman (1925-2017), autor de Modernidad líquida, una de las obras más influyentes para comprender las transformaciones de la sociedad contemporánea.
En una entrevista realizada por la periodista Glenda Vieites, Bauman expresó: «El camino a la identidad es un interminable campo de batalla entre el deseo de libertad y la demanda de seguridad». La frase, publicada en El Interpretador, en enero de 2006, me llevó a una interrogante que trasciende el ámbito de la sociología y se instala en el corazón de nuestra experiencia nacional: ¿qué piensa el venezolano cuando se enfrenta a los hitos culturales que configuran su identidad?
Durante mi trabajo en el ámbito de la comunicación en Venezuela, siempre impulsado por nuestros sonidos, por la riqueza de nuestra música y por la obra de creadores de extraordinaria sensibilidad, me formulé una pregunta que parecía sencilla, pero que encerraba una complejidad mayor: ¿cuál es la canción que mejor identifica al venezolano con su patria?
La respuesta nunca podía reducirse a una sola pieza. Surgía, más bien, una constelación de composiciones que, desde distintas perspectivas, expresan nuestra manera de sentir, recordar y nombrar el país: Caballo viejo, de Simón Díaz; Fascinante Venezuela, de Renato Aguirre; Viva Venezuela, de Gabino Mijares; Moliendo café, de Hugo Blanco; y En este país, de José Enrique Sarabia, entre otras obras que forman parte de nuestro imaginario musical.
Sin embargo, entre todas ellas había una que despertaba especialmente mi interés, no solo por su arraigo popular, sino también por la historia que rodea su creación: Venezuela, compuesta por los españoles Pablo Herrero y José Luis Armenteros.
La historia de esta canción resulta particularmente sugestiva. Según se ha difundido, sus autores la concibieron sin conocer directamente el territorio venezolano. De ser así, estaríamos ante una circunstancia reveladora: dos creadores que, desde la distancia, fueron capaces de imaginar y expresar una realidad afectiva que millones de venezolanos reconocerían después como propia.
Pero lo verdaderamente extraordinario no reside únicamente en las circunstancias de su composición. Está en lo que ocurrió después: una canción creada por autores extranjeros terminó incorporándose a la sensibilidad nacional hasta convertirse en una de las expresiones musicales más entrañables de nuestra relación con la patria.
En el caso de la diáspora venezolana, esa identificación ha adquirido una dimensión particularmente intensa. A medida que miles de compatriotas se han visto obligados a establecerse en otras tierras, Venezuela ha encontrado nuevos espacios de significación. Lejos del territorio, la canción parece acortar las distancias, convocar los recuerdos y reconstruir, aunque sea por unos minutos, la sensación de pertenencia.
La emigración masiva, que experimentó una aceleración especialmente pronunciada a partir de 2017 y 2018, ha colocado a millones de venezolanos ante una paradoja dolorosa: salir del país para buscar condiciones de vida que les permitan continuar, sin que esa partida implique necesariamente renunciar a lo que son. En ese tránsito, la música puede convertirse en un territorio simbólico al que siempre es posible regresar.
Por eso, Venezuela es mucho más que una canción evocadora. Para numerosos compatriotas representa un vínculo emocional con el país que dejaron atrás, una forma de reconocerse entre desconocidos y una expresión compartida de nostalgia, esperanza y pertenencia. Su fuerza radica en que no necesita haber sido escrita por un venezolano para suscitar sentimientos profundamente venezolanos.
Hay, además, una dimensión de nuestra cultura que considero digna de atención: la capacidad de incorporar, reinterpretar y hacer propias manifestaciones artísticas nacidas fuera de nuestras fronteras. En esa disposición encuentro una de las expresiones más interesantes de nuestra identidad. No se trata de desconocer el origen de una obra ni de apropiarse de la autoría ajena, sino de reconocer que el significado cultural de una creación también se construye a través de quienes la escuchan, la transmiten y la convierten en parte de su vida.
La identidad, después de todo, no es una pieza inmóvil ni una frontera infranqueable. Se nutre de la historia, de la memoria, de los encuentros y de las experiencias compartidas. También se transforma. Una sociedad no deja de ser ella misma por incorporar elementos provenientes de otras culturas; en ocasiones, es precisamente en esa capacidad de recibir, reinterpretar y enriquecer lo recibido donde revela su mayor vitalidad.
En este sentido, la canción de Herrero y Armenteros nos invita a reflexionar sobre una pregunta de mayor alcance: ¿qué hace que una obra pertenezca emocionalmente a un pueblo? ¿El lugar donde nació su autor, la tierra que inspiró su creación o la comunidad que terminó reconociéndose en ella?
Quizá la respuesta se encuentre en la confluencia de esos elementos. Pero hay algo que parece indiscutible: el vínculo entre una canción y una nación no siempre se explica por la nacionalidad de quien la compuso. También depende de la capacidad de una sociedad para hacerla suya, incorporarla a su memoria y transmitirla de generación en generación.
Por eso, cuando escuchamos Venezuela, no escuchamos únicamente una composición musical. Escuchamos una forma de nombrar la patria, de evocarla y de mantenerla viva incluso cuando la distancia amenaza con convertirla en recuerdo.
Tal vez por eso muchos venezolanos la sienten como un segundo himno y algunos, incluso, como un tercero, después del Himno Nacional y de las grandes expresiones musicales que han acompañado nuestra historia. No se trata de una jerarquía oficial, sino de una categoría afectiva: la que otorga una comunidad a las obras en las que reconoce una parte de sí misma.
Y es aquí donde regreso a Bauman. Si el camino hacia la identidad es, como él planteó, un campo de tensión entre la libertad y la seguridad, la experiencia venezolana añade otra dimensión: la necesidad de conservar los vínculos con aquello que nos define, incluso cuando la vida nos obliga a alejarnos de nuestro lugar de origen.
Porque la patria no siempre coincide con el espacio que habitamos. A veces permanece en una palabra, en un recuerdo, en una melodía que nos devuelve a casa sin necesidad de cruzar una frontera.
Y quizá esa sea una de las mayores lecciones de Venezuela: que una canción puede haber nacido lejos de nuestra tierra y, sin embargo, encontrar en nosotros su hogar definitivo. Porque la identidad no solo se hereda ni se proclama; también se siente, se comparte y se construye. Y hay ocasiones en que basta una canción para recordarnos quiénes somos.
