El diario plural del Zulia

Juan Rosillo Villena | Bibliografía mínima de una obsesión

rota la alegría

que es nuestra supuesta identidad

roto el abastico, el mercado

y la gran sucursal

rota la prensa, la radio

y la forma de hablar

roto el espíritu, carajo

¿aun quieren más?

Jason Maldonado Skrainka, Ripio. 2026

 

Emigrar supone evolucionar. Es imposible seguir siendo la misma persona luego de salir del terruño. Crecí rodeado de gente de muchísimos países, en un conjunto residencial que parecía una verdadera Torre de Babel. Convivimos de manera razonable y aprendí a respetar, aunque a veces tocara recurrir a formas más primitivas para resolver los conflictos vecinales.

Si hablamos de convivencia democrática, la llegada de la autodenominada revolución bolivariana -así, en minúsculas- deterioró nuestro tejido social de una manera que duele en el alma. Por más que su narrativa intentara vendernos la idea de constituir una ruptura con el pasado, rompieron con todo, menos con los vicios de ese pasado. Con el permiso del poeta Jason Maldonado Skrainka, pregunto: ¿Aún quieren más? ¿Casi tres décadas de gobierno no les basta?

Tras siete años en Chile quiero compartir algunas ideas nacidas de mis primeras lecturas y del proceso de adaptación, tanto individual como familiar. La primera versión de estas líneas la redacté en 2020, a un año de haber obtenido una beca para cursar estudios doctorales en la Universidad de Santiago. Mi intención original era estudiar fuera y regresar, pero la grave crisis venezolana generó un cambio de planes. Sería un ingrato de marca mayor si dijera que me fue mal en mi patria -trabajé mucho y logré mis metas-, pero la vorágine chavista acabó con ese optimismo militante que siempre me ha caracterizado.

Por razones obvias me obsesiona entender, como se desmorona un país. Tomando prestado el título del libro de Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, me pregunto Cómo mueren las democracias (Penguin, 2018), pues provengo de una nación que lleva casi treinta años asesinando la suya, aunque la autoría intelectual del crimen se remonta, al menos, varias décadas antes. Mirando el panorama actual, tanto la democracia como el sentido común corren peligro a nivel mundial. Por ello, el concepto de ciudadanía reaparece constantemente en mis reflexiones sobre la actitud de los líderes políticos, de mis compatriotas y la mía propia. Me interesa, entonces, plantear una pregunta fundamental: ¿Cuál es el papel de los ciudadanos en las democracias de América Latina?

Tanto los pensadores clásicos como los investigadores actuales compartimos la preocupación por los factores que mantienen unidas a las sociedades. Nos inquieta entender la irrupción de nuevos fenómenos políticos o, como advertía Max Weber, la persistencia de lo irracional incluso en medio de la ciencia y la modernidad. Al respecto resulta esclarecedor el texto de Gerardo Munck y Richard Snyder Pasión, arte y método en política comparada (The Johns Hopkins University Press, 2007), donde se muestra cómo las vivencias personales y las heridas de la sociedad en la que le tocó vivir (o sufrir) influyeron sobre la obra de los grandes referentes de la ciencia política contemporána.

En esa misma línea, Jeffrey Alexander en Las teorías sociológicas desde la segunda guerra mundial (Gedisa, 1992), resalta el peso que tiene la tradición dentro del trabajo científico. Lejos de la pretendida objetividad pura que dominó las ciencias sociales hasta mediados del siglo XX, hoy resulta indispensable asumir la propia la subjetividad y reconocer cuánto influyen nuestras emociones y vivencias en lo que investigamos.

Vale la pena, entonces, preguntarnos sobre nuestro propio sesgo al investigar. Aunque decidí excluir el caso venezolano de mi tesis doctoral, la obsesión latente tras cada análisis era hallar claves para comprender el colapso de mi país. Quisimos creer que teníamos un sistema democrático modelo, y nos equivocamos.

En aquel borrador de 2020 escribía sobre la ciencia y las historias personales mientras la humanidad enfrentaba al COVID-19. Nuestra soberbia como especie, el egoísmo y la ambición desmedida lucharon contra una simple molécula. Fue un duro recordatorio de la finitud humana y de los verdaderos límites de nuestra “evolución”.

Hoy parece que aprendimos muy poco de la pandemia. Mientras potencias globales son gobernadas por líderes que reviven los peores temores de la historia, y con el sentido común a punto al borde del retiro, mis obsesiones no descansan.

Aunque tenga roto el espíritu, haré lo que mejor sé hacer para conjurar este dolor por Venezuela: tratar de entender qué carajo nos pasó.

Ojalá pueda servir de algo.

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