Carlos J. Sarmiento Sosa | El gatopardismo venezolano: cambiar para que todo siga igual
“Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”.Príncipe Fabrizio Salina en Il Gattopardo
El gatopardismo: una vieja estrategia de poder
El término “gatopardismo” nace de la célebre novela Il Gattopardo (1958), de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, que retrata la decadencia de la nobleza siciliana durante el proceso de unificación italiana, el Risorgimento. En ella, el príncipe Fabrizio Salina observa, con lucidez y resignación, cómo la aristocracia acepta “cambiarlo todo” para que, en el fondo, nada esencial se transforme.
El mecanismo es sutil pero implacable. La vieja nobleza, agobiada por la ruina económica y el avance de una burguesía emergente, decide pactar con los nuevos tiempos. Se opone de palabra, pero cede en los hechos. La alianza se escenifica en el matrimonio entre Tancredi Falconeri, sobrino del príncipe, y Angelica Sedara, hija del burgués enriquecido Don Calogero: el linaje se mezcla con el dinero, la burguesía gana prestigio y la aristocracia conserva espacios de poder.
La operación es, en esencia, una sofisticada transacción política: las élites “aceptan” el cambio, se adaptan, se reacomodan, se travisten de revolucionarias o progresistas, pero lo hacen para seguir mandando. De allí que, en ciencia política, el gatopardismo se use para describir toda estrategia mediante la cual un sistema de poder organiza grandes gestos de renovación —caras nuevas, reformas vistosas, declaraciones altisonantes— para proteger intacta su estructura de dominación.
Ello lo referí en “El gatopardismo: ¿Una conducta recurrente en la historia?”, publicado en EL NACIONAL, el 15-03-2025 (https://www.elnacional.com/opinion/el-gatopardismo-una-conducta-recurrente-en-la-historia/).
Del Risorgimento a Miraflores: la versión criolla del gatopardismo
Traslademos ahora ese guion, casi dos siglos después, a la Venezuela contemporánea. Cambiemos Sicilia por Caracas, la Casa de Saboya por el partido-Estado y el viejo palacio aristocrático por el Palacio de Miraflores. El decorado es otro, pero la lógica de supervivencia del poder guarda inquietantes similitudes.
En el escenario que hoy se perfila, la narrativa oficial sugiere una transición “ordenada” dentro del propio régimen:
- Se extrae a Nicolás Maduro —por las fuerzas militares de los Estados Unidos— de la centralidad del poder formal y se proyecta a Delcy Rodríguez como nueva figura estelar del Ejecutivo, con un discurso más tecnocrático y presentable para la comunidad internacional, con claras demostraciones de sumisión al presidente Donald Trump, los Secretarios de Estado y de Defensa, el Comando Sur y la CIA.
- Se reemplaza a altos funcionarios de la dictadura por otros de igual jerarquía sin alterar la subordinación la estructura cívico-militar.
- Se sacrifica a figuras tóxicas para el relato externo, como a un seudo empresario colombiano y su entorno, expulsándolos del centro del tablero económico.
- Se recibe con los brazos abiertos en la Asamblea Nacional a una representación del Senado de los Estados Unidos, mientras se escuchan con complacencia las declaraciones del sub Secretario de Defensa afirmando, entre otros temas, que la presión y seguridad sobre Venezuela se centra en evitar un colapso económico o social.
- Sobre el papel, todo cambia: nombres, cargos, rostros frente a las cámaras, narrativas sobre “amnistía”, “convivencia nacional”, “entendimiento” y “normalización” de relaciones diplomáticas. En la práctica, sin embargo, lo que se observa es un gigantesco ejercicio de reciclaje de poder: un intento de reconvertir la imagen del régimen sin alterar las bases que lo sostienen.
Estructura de poder o maquillaje político
Para distinguir entre cambio real y gatopardismo hay que comenzar con una pregunta: ¿se transforman las estructuras o solo se rotan los personajes? En el caso venezolano, la respuesta tiende peligrosamente hacia lo segundo, el “enroque” y la “puerta giratoria”.
Permanece intacta la base de poder político: el núcleo duro del partido-Estado, la cúpula militar y los aparatos de inteligencia que aseguran el control social, y salen unos y entran otros en el gabinete ejecutivo. La sustitución de general por otro general con reconocida experiencia en el manejo de organismos de inteligencia no implica un cambio de doctrina, sino un relevo generacional dentro de la misma lealtad a un proyecto que ha subordinado la institución castrense a la preservación del régimen.
Persiste asimismo la captura del Estado por una red de intereses que controla los principales resortes económicos: PDVSA, contratos públicos, sistemas cambiarios, aduanas, monopolios de importación, zonas económicas especiales. Cambiar al seudo empresario colombiano por nuevos intermediarios no modifica la lógica de opacidad; solo procura que el mecanismo resulte menos escandaloso para potenciales inversionistas externos a los que hoy se pretenden atraer, mientras los negocios petroleros y mineros se quedan bajo el control estricto de los Estados Unidos.
Y se mantiene, sobre todo, la ilegitimidad estructural del entramado institucional: una Asamblea Nacional, un Tribunal Supremo de Justicia, un Consejo Nacional Electoral, un Ministerio Público y otros poderes “autónomos” que han sido configurados para convalidar decisiones políticas previamente tomadas en la cúpula, sin independencia real ni contrapesos efectivos. Sustituir magistrados o rectores, sin cambiar el modo en que son designados y controlados, será siempre un acto gatopardiano: se maquilla la fachada, se conserva la arquitectura.
En este contexto, el interinato al frente de la conducción política no anuncia una ruptura, sino una reconfiguración táctica. Se intenta pasar de un liderazgo desgastado y sancionado a una figura percibida como más hábil para negociar, para hablar el lenguaje de la “estabilidad” y de la “seguridad jurídica” que exigen los capitales, pero sin asumir el costo de una verdadera transición política, jurídica e institucional.
Sicilia 1860, Venezuela 2026: dos escenarios, un mismo libreto
La analogía con El Gatopardo resulta inevitable. En la Sicilia del siglo XIX, la élite aceptó integrarse al nuevo Estado italiano a cambio de conservar buena parte de su influencia local. Los títulos nobiliarios se resignaron a convivir con la nueva burguesía, siempre que esta garantizara impunidad, rentas y respeto a su estatus.
En la Venezuela de hoy, asistimos a una operación similar. La élite cívico-militar que domina el Estado intenta negociar con las potencias occidentales, y en particular con Estados Unidos, un rediseño de su imagen internacional:
- Se ofrecen gestos de “colaboración” en materia petrolera, migratoria y de seguridad.
- Se promete estabilidad y se sugieren reformas económicas que permitan la llegada de inversiones.
- Se escenifican cambios de figuras clave para proyectar la idea de un nuevo ciclo político.
Pero la condición no declarada para todo ese proceso es, precisamente, que no se toque el núcleo del sistema: que no haya justicia de transición auténtica, que no se desmonten los mecanismos de control social, que no se abra una competencia política limpia y verificable. En suma, que la “transición” sea administrada por los mismos que diseñaron el modelo que se dice superar. Ejemplo de ello se tiene en la Ley de Amnistía y Convivencia Democrática.
