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Carlos J. Sarmiento Sosa | Comité Noruego vota por la democracia venezolana: ¡María Corina Machado, el Premio Nobel de la Paz perfecto!

Como se observa, el Premio Nobel de la Paz juzga la conducta y actos del elegido en el contexto histórico de buscar, por vías imperfectas y humanas, un objetivo tan universal como la paz; y, desde esta perspectiva, el Comité Noruego ha reconocido en María Corina Machado sus indiscutibles y constantes demostraciones de valía, coraje y profunda voluntad democrática ante retos autoritarios, a través de medios pacíficos reconocidos universalmente.

Los perros ladran, la caravana pasa”.

Proverbio árabe.

Ante infelices y torticeras informaciones que han circulado en estos días, destinadas a confundir a la opinión pública, por una parte, y por la otra para intentar descalificar no sólo la honra del Comité Noruego del Nobel y a sus directivos y, más aún, a la persona que merecidamente ha sido galardona con el Premio Nobel de la Paz 2025 -María Corina Machado-, se hace preciso traer a colación una breve referencia que desmiente y deja al desnudo a quienes vanamente persiguen objetivos deleznables.

Desde el punto de vista histórico, a mediados del siglo XIX, en 1847, Ascanio Sobrero,  un químico italiano,  descubrió la nitroglicerina en 1847, un líquido explosivo altamente inestable obtenido al nitrar glicerina con ácidos nítrico y sulfúrico, lo que lo hacía muy peligroso en su manejo, al punto que el mismo descubridor fue víctima de su invento al sufrir quemaduras en su rostro durante sus investigaciones.​

Con base a los resultados obtenidos por Sobero, veinte años después, en 1867, Alfred Nobel creó la dinamita al absorberla en un material poroso inerte como kieselguhr (tierra de diatomeas), convirtiéndola en una pasta segura, manipulable y detonable solo por impacto controlado. De esta manera, Nobel logró estabilizar el invento de Sobero para usos industriales, lo que le generó enormes ganancias.​

A finales de la centuria XIX, Nobel, en su testamento otorgado en 1895, instituyó sus premios, destinando la mayor parte de su fortuna a recompensar aportes destacados en varias ramas del saber y, en el caso de la paz, exigió que el premio se otorgara a la persona u organización que haya trabajado más y mejor “por la fraternidad entre las naciones, la abolición o reducción de los ejércitos permanentes y la celebración y promoción de congresos de paz”.

Como se puede observar, esa descripción, aunque solemne por provenir de un acto de última voluntad como es un testamento, fue deliberadamente abierta pues en ella no se habla de santos ni de impecables biografías, sino de esfuerzos, resultados y orientaciones concretas de la acción pública, ambigüedad que ha permitido al Comité premiar desde negociadores de acuerdos de paz hasta organizaciones que documentan violaciones de derechos humanos, pasando por líderes políticos con luces y sombras.

En cuanto a la nominación, cualquier persona o entidad puede ser postulada para el Premio Nobel de la Paz siempre que la propuesta provenga de ciertas categorías: miembros de parlamentos nacionales, jefes de Estado, profesores universitarios de ciertas áreas, directores de institutos de paz, antiguos laureados, entre otros.

La decisión final, sin embargo, corresponde al Comité Noruego del Nobel, designado por el Storting -el Parlamento noruego-, que examina las numerosas candidaturas que anualmente le son propuestas, con deliberaciones confidenciales durante cincuenta años. ​

Respecto a las condiciones personales de los postulados, Nobel en el testamento no exigió pureza moral ni una inmaculada hoja de vida, sino contribuciones significativas y verificables a la paz. De allí que, en su historial, se encuentran nominados tan repudiables por sus psicopáticas atrocidades genocidas como Adolf Hitler, Josef Stalin, Fidel Castro -afortunadamente nunca premiados- y, en la otra acera, galardonados que han sido muy criticados por determinados sectores, lo que revela que el foco está en hechos y procesos, no en la canonización de biografías.

Dentro de este contexto, se deduce que quienes se rasgan las vestiduras pidiendo un Premio Nobel de la Paz químicamente puro o atacando con sevicia a Machado, no han leído ni una línea del testamento de aquel fabricante de explosivos ni una página de la historia del Premio, olvidando -obviamente, de manera intencional- que el mecanismo de nominación y decisión es producto de la voluntad humana, aunque sometido a reglas formales y a una tradición institucional respetable.

Como se observa, el Premio Nobel de la Paz juzga la conducta y actos del elegido en el contexto histórico de buscar, por vías imperfectas y humanas, un objetivo tan universal como la paz; y, desde esta perspectiva, el Comité Noruego ha reconocido en María Corina Machado sus indiscutibles y constantes demostraciones de valía, coraje y profunda voluntad democrática ante retos autoritarios, a través de medios pacíficos reconocidos universalmente.

En fin, hoy y por siempre podremos decir a voz en cuello y a los cuatro vientos:

¡María Corina Machado, el Premio Nobel de la Paz perfecto!

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