Antonio Bermúdez | El espectáculo de la desgracia ajena
La tarde de ayer, 24 de junio, Venezuela fue sacudida por dos terremotos consecutivos de magnitudes 7,2 y 7,5. El saldo, según cifras oficiales ofrecidas por la presidenta Delcy Rodríguez, aún provisional, es devastador: al menos 164 muertos y más de 970 heridos.
Edificios derrumbados en Caracas y en la costa central, principalmente en La Guaira, familias enteras durmiendo a la intemperie, atrapadas entre el miedo a las réplicas y la incertidumbre por lo que vendrá. Es, sin duda, una tragedia nacional que exigiría, en cualquier sociedad mínimamente civilizada, un cese de las hostilidades políticas y un despliegue de lo mejor de cada uno. Sin embargo, para ciertos influencers y opinadores de oficio, la desgracia ajena se ha convertido en un espectáculo del que regodearse.
Mientras el gobierno declara el Estado de Emergencia y activa la red sanitaria, mientras los cuerpos de rescate buscan entre los escombros a quienes aún pudieran estar con vida, una parte de la dirigencia de opinadores de oficio -esa que se llena la boca con valores y principios hasta supuestamente cristianos- optó por el camino más bajo: el de la mezquindad política llevada al extremo. No se trata de críticas legítimas a la gestión de una crisis; éso sería no solo aceptable, sino necesario en una democracia.
Se trata de algo mucho más ruin: el deseo explícito de que el gobierno fracase en su intento de enfrentar la situación, la esperanza de que el dolor de los venezolanos se convierta en combustible para su relato político.
Hay quienes han llegado a pedirle a Dios que el gobierno no logre resolver la crisis, como si la voluntad divina pudiera alinearse con semejante bajeza moral. Como si las víctimas, los heridos, los damnificados, fueran meras estadísticas en una partida de ajedrez político. Como si el derrumbe de un edificio en Baruta -donde al menos tres personas fallecieron- o la declaración de La Guaira como "zona de desastre" fueran argumentos para un tuit o un video de TikTok. Esta actitud no es oposición política: es cinismo en estado puro, es la cosificación del sufrimiento humano.
Y si el comportamiento de estos opinadores es deplorable, no menos triste es el silencio de la oposición política tradicional. Cuando escribo estas líneas, no he visto a ningún dirigente de las oposiciones políticas, salir públicamente declarando y ponerse al lado del pueblo venezolano en esta hora aciaga de la Patria. Ninguno ha salido a poner a la disposición del país a su militancia política para coadyuvar con las autoridades.
En momentos como este, cuando el país entero debería remar en la misma dirección, cuando las divisiones deberían suspenderse al menos para atender a los heridos y rescatar a los atrapados, la dirigencia opositora ha brillado por su ausencia.
¿Dónde están los líderes que tanto reclaman espacio en la vida pública? ¿Dónde están sus propuestas, su logística, sus esfuerzos para coadyuvar en una situación que requiere de todos? No se les exige que dejen de ser oposición, sino que sean, ante todo, venezolanos. Pero parecen haber olvidado que la política, en su esencia más noble, es servicio al prójimo.
Por supuesto, no todos han caído en esta indignidad. Varios artistas e influencers han utilizado sus plataformas para expresar solidaridad, ofrecer sus perfiles como canales de ayuda y pedir oraciones por el país. Pero esos gestos, loables sin duda, no compensan el daño que causan quienes convierten la tragedia en carnada. Porque el problema no es solo ético: es también práctico. Cuando una parte de la opinión pública se regodea en el fracaso del gobierno, mina la confianza en las instituciones, desmoviliza a la ciudadanía y dificulta la coordinación de los esfuerzos de rescate. Es un sabotaje encubierto, disfrazado de crítica política.
Venezuela necesita en estos momentos unidad, solidaridad y grandeza de espíritu.
Necesita que todos -gobierno, oposición, influencers, ciudadanos- pongan lo mejor de sí para superar esta crisis. Lo que no necesita, lo que no merece Venezuela, es que su dolor sea utilizado como arma antojadiza en una guerra política que ya ha causado demasiado daño. A quienes se regodean en la desgracia ajena, solo cabe recordarles una verdad incómoda: el fracaso del gobierno no sería una victoria de la oposición, sino una derrota de Venezuela. Y de esa derrota, no saldrá nadie bien parado.
