Ricardo Escalante | ¡Basta de autocracias!
Ahora, cuando el tema de moda de los venezolanos es la transición política, nada augura el surgimiento de un sistema amplio de libertades y, por el contrario, persisten los nubarrones autoritarios. De no adoptarse a tiempo los correctivos adecuados, podríamos estar en el preámbulo de un régimen de extrema derecha con disfraz democrático.
¿Eso es posible? ¿Cómo y por qué podría suceder algo tan disparatado? La respuesta es sencilla: por la presencia del liderazgo de una sola persona en la oposición, con arrogancia similar a la del doctor Rafael Caldera, cuya grave incidencia en la caída de las instituciones jamás fue capaz de reconocer.
Al minimizar el debate legislativo y los controles administrativos, la concentración de poder inherente a las autocracias elimina cualquier intento de ejercicio efectivo de la oposición y da lugar a tomas de decisiones e imposición de proyectos inconvenientes para las mayorías nacionales. Eso es bien sabido, pero la muchedumbre alumbrada e ingenua no lo ve.
Ese tipo de regímenes suele proyectar a corto plazo la sensación de orden y de unidad, pero a la larga frena el desarrollo de talentos e incurre en corrupción, represión y hasta en conflictos de sucesión. Por eso, es necesario evitar los liderazgos únicos y debemos abogar por el surgimiento de una democracia con pesos y contrapesos, exactamente como la tuvimos a partir de 1959, acicateada por Rómulo Betancourt y los demás experimentados dirigentes de entonces.
Para sostenerse, los mesianismos pronto se arrastran ante los centros de poder. Ya vimos eso con Hugo Chávez y ahora empieza a brotar otra vez aunque con un signo diferente, que se manifiesta obsecuente con Washington y favorable a la pérdida total de independencia nacional, de lo cual no teníamos antecedentes.
Como otros pueblos latinoamericanos, la historia nos había acostumbrado a los venezolanos a caudillos nacionalistas pero no a entreguistas desembozados, atrapados en las tesis de arraigar el protectorado que ya es hoy Venezuela.
De allí que debamos luchar contra la idea de unas elecciones presidenciales maduradas con carburo, con las cuales se busca un gobierno con dominio absoluto de los demás poderes, sin resistencias de ningún tipo, cuando lo conveniente es comenzar por adecuar las estructuras del Estado para escoger autoridades locales, regionales, Asamblea Nacional o Congreso de la República y, finalmente, al presidente de la República.
¿Por qué no pensar, entonces, en alguien no chavista que asuma una verdadera transición hacia la democracia? ¿La enviada del gobierno norteamericano a Caracas, Dinorah Figuera, asumirá el papel de diseñadora del proceso de tránsito del chavismo a la democracia? Esa pareciera ser la intención de Washington, pero todavía falta camino por recorrer.
Lo que no debemos olvidar es que a la caída del dictador Pérez Jiménez en 1958 tuvimos una junta de gobierno encabezada por Wolfgang Larrazábal, quien fue sucedido por el intelectual Edgar Sanabria, y que en diciembre de ese año se eligieron Congreso, asambleas legislativas estadales y jefe del Estado en forma simultánea. ¡Aprendamos de la historia!
Nota: Cuando me disponía a despachar este artículo ocurrió el terremoto que causó pérdidas humanas y más daños a los ya graves que agobian a la población venezolana. Ojalá en la Casa Blanca se vea la necesidad de inyectar dinero suficiente a la economía del país y se perciba el avance de los cambios políticos.
