Antonio Bermúdez | El Mundial del sometimiento: cuando Infantino y la FIFA se arrodillan ante los designios de Estados Unidos
El Mundial de Fútbol FIFA 2026 iba a ser, en el papel, el torneo más inclusivo de la historia: 48 selecciones, tres países anfitriones (Estados Unidos, México y Canadá), 104 partidos. Pero la realidad geopolítica ha convertido esta cita en el escaparate personal de Donald Trump y en el espejo de la sumisión de la FIFA ante el poder estadounidense. Nunca antes un Mundial había estado tan atravesado por las tensiones geopolíticas.
La guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán ha convertido el torneo en un campo de batalla diplomático. La selección iraní tuvo que entrenar en México y cruzar la frontera sólo para jugar, mientras sus aficionados vieron canceladas sus entradas por las autoridades estadounidenses.
Pero el problema no es solo Irán. El árbitro somalí Omar Abdulkadir Artan, con visado válido, fue deportado a su llegada a Miami tras once horas de interrogatorio. El delantero iraquí Aymen Hussein fue retenido horas en Chicago. Uzbekos, periodistas de ciertos países, delegaciones enteras sometidas a controles vejatorios. Y ante todo esto, ¿qué ha hecho la FIFA?
Gianni Infantino ha convertido el cortejo a Donald Trump en su prioridad absoluta. La FIFA alquila una oficina vacía en la Trump Tower de Nueva York, cuyo alquiler va directo al bolsillo del presidente. Infantino ha peregrinado a Mar-a-Lago, al club de golf Doral y hasta al estreno del documental de Melania. Creó un "premio de la paz" para consolar a Trump porque no obtuvo el Nobel.
Su respuesta ante el escándalo del árbitro somalí fue: "Es desafortunado... pero no controlamos todo. A veces es bueno relajarse, tomarse las cosas con calma". "No somos los reyes del mundo", dijo. Pero Infantino se comporta como rey cuando conviene, y como súbdito cuando toca enfrentarse a Washington.
Pero la sumisión no es solo geopolítica; es también comercial y deportiva. La FIFA ha institucionalizado las pausas por hidratación bajo la falsa excusa de proteger la salud de los jugadores. Cualquiera que haya visto un partido reciente sabe que esos tres o cuatro
minutos no son para beber agua, sino para que las cadenas estadounidenses emitan una avalancha de publicidad. El ritmo del juego se rompe, la tensión se diluye y el espectáculo se fragmenta, todo para engordar la caja de los derechos televisivos.
Mientras Infantino guarda silencio ante las deportaciones de árbitros, no duda en parar el reloj para que Nike y Coca-Cola tengan su cuñita en prime time. Sacrifica la esencia del fútbol en el altar del dólar, igual que sacrifica la dignidad de las delegaciones incómodas en el altar de Trump.
La FIFA ha callado ante las amenazas de Trump a México y Canadá, sus coanfitriones. Ha permitido que Trump aparezca como el anfitrión único, eclipsando a Sheinbaum y Carney. Ha guardado silencio sobre las políticas migratorias que impiden la entrada a aficionados y delegaciones.
Este no es un comportamiento nuevo. La FIFA celebró el Mundial en la Argentina de la dictadura y en Qatar, con su criminalización de la homosexualidad. Pero hay una diferencia: entonces la FIFA cortejaba a autócratas que necesitaban el "lavado de imagen" del deporte. Ahora se arrastra ante una democracia que no necesita su validación, pero que exige sumisión.
¿Por qué tanta complacencia? El Mundial 2026 generará 11.000 millones de dólares en ingresos. La FIFA quiere consolidar su presencia en el mayor mercado de consumo del mundo y enterrar su reputación corrupta. Pero el precio es la dignidad institucional. El torneo se ha vuelto desmesurado: más equipos, más partidos, más contaminación, menos calidad deportiva. Y ahora, encima, con paradas publicitarias disfrazadas de preocupación médica. El circo ya no tiene ni el pudor de ocultar su mercancía.
El Mundial 2026 pasará a la historia no por el fútbol, sino por ser el torneo en el que la FIFA renunció a su pretendida neutralidad para arrodillarse ante los designios de Estados Unidos. Infantino ha elegido ser el cortesano de Trump antes que el defensor del deporte que preside. Y para rematar, ha convertido el césped en un plató publicitario, donde el agua solo sirve para lavar la conciencia de un negocio que ha perdido el alma. El fútbol, dicen, une al mundo. Pero este Mundial solo evidencia cuánto duele esa unión cuando se hace desde la sumisión y el vil dinero.
