El diario plural del Zulia

Ángel Montiel | La tierra y su implacable recordatorio

La tierra no avisa. El pasado 24 de junio de 2026, Venezuela experimentó un evento que altera su geografía y su historia contemporánea. Dos sismos, de 7,2 y 7,5 Mw, sacudieron el centro norte del país, en una secuencia tan rápida que apenas dio margen para la reacción humana. Este episodio no fue una anomalía caprichosa, fue la materialización ineludible de nuestra ubicación tectónica, una realidad que durante décadas hemos preferido ignorar bajo el manto de una falsa seguridad.

La ciencia nos advirtió con precisión quirúrgica. Como bien apunta el doctor Ángel Andara, geólogo, profesor universitario e investigador de la Universidad de los Andes, la geología venezolana no admite improvisaciones. Andara ha sido enfático en recordar que nuestro territorio se asienta sobre la zona de fricción entre la Placa del Caribe y la Suramericana, un sistema dinámico donde las placas se desplazan incesantemente, acumulando una energía que, al superar las resistencias de las rocas, se libera en forma de ondas sísmicas devastadoras. Lo que vivimos fue la respuesta de una cuenta pendiente con la naturaleza. Las consecuencias que hoy contabilizamos en Caracas, La Guaira y Yaracuy —ciudades desfiguradas, sistemas colapsados y el Aeropuerto Internacional de Maiquetía cerrado— son el producto de la energía liberada por el subsuelo. Son, en gran medida, el resultado de una omisión colectiva. Hemos expandido las edificaciones sin el rigor necesario, o peor aún, ignorando las normativas antisísmicas que hoy se traducen en tragedia.

La magnitud de este evento eclipsa cualquier registro de nuestra historia, superando con creces el sismo de 1967. El Servicio Geológico de los Estados Unidos no emite alertas de “posibilidad catastrófica” por azar, lo hace cuando el daño potencial escala los niveles que ponen en jaque la nación entera. Nos enfrentamos al desafío de un cambio radical de nuestra manera de habitar el territorio. No podemos permitir que el miedo se convierta en una parálisis que nos haga olvidar la lección.

Las placas tectónicas siguen ahí, en constante movimiento acumulando energía para el próximo encuentro.

Hoy, el dolor de las familias afectadas y el colapso de nuestra infraestructura nos obligan a ser frontales. No podemos reedificar sobre las mismas bases de fragilidad que permitieron que este terremoto nos dejara de rodillas. Es imperativo que los organismos de control, con el rigor técnico de especialistas como el profesor Ángel Andara y el apoyo de instituciones como el FUNVISIS lideren una reestructuración absoluta de nuestras políticas de riesgo.

La pregunta que queda, tras el polvo y las réplicas de sismos, no es si habrá otro sismo, porque la geología nos confirma que lo habrá. La verdadera interrogante es si Venezuela es capaz de transformarse en un país preparado, capaz de resistir y evolucionar, o si seguimos apostando nuestro destino a la improvisación. La tierra nos ha hablado con una potencia brutal, ha llegado el momento de escucharla y respetarla y, sobre todo, de aprender a convivir con ella antes de que la historia nos demande una fractura más dolorosa. La tierra al final del día, siempre termina cobrando lo que le pertenece.

@angelmontielp
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