Alfonso Hernández Ortiz | Delcy Rodríguez en la ONU: otra burla para el pueblo venezolano
Mientras Delcy Rodríguez hablaba ante la Asamblea General de las Naciones Unidas y anunciaba que en Venezuela habrá elecciones cuando llegue el “momento adecuado”, un amigo me escribía desde Maracaibo para pedirme ayuda. Su mamá se había fracturado la cadera y llevaba horas recorriendo hospitales sin conseguir dónde operarla. En uno no funcionaban los rayos X, en otro la emergencia estaba contaminada y en el tercero no había electricidad. Mientras leía sus mensajes veía las imágenes de Nueva York y pensé que pocas escenas podían explicar mejor la Venezuela de hoy: allá, Delcy, su comitiva, los encuentros diplomáticos, las fotografías, los hoteles, las conversaciones sobre petróleo, oro, minería y miles de millones de dólares; aquí, una familia recorriendo hospitales para conseguir que atiendan a una mujer con la cadera fracturada. Son dos Venezuelas que parecen no tocarse. Por eso, cuando Delcy dijo ante el mundo que Venezuela estaba renaciendo y que habría elecciones, pero no pudo decir cuándo, no sentí esperanza. Sentí que estaba viendo otra burla al pueblo venezolano.
Lo primero que me cuesta aceptar es esa especie de metamorfosis política que ahora se pretende vender como normalidad. Delcy no llegó ayer a la política venezolana ni apareció después de Maduro para corregir los errores de otros. Durante años fue una de las figuras centrales del chavismo y del madurismo, defendió un proyecto que convirtió la confrontación con Estados Unidos en parte de su identidad y denunció a Washington, las sanciones, el imperialismo y las supuestas pretensiones estadounidenses de apoderarse de nuestros recursos. Hoy aparece sonriendo junto a Donald Trump, agradeciendo la cooperación estadounidense y convertida en la interlocutora que Washington necesita en la Venezuela posterior a Maduro. Puede llamarse pragmatismo, supervivencia o necesidad de ganar tiempo, pero no legitimidad. Delcy necesita sobrevivir políticamente y Trump necesita estabilidad, petróleo y alguien con quien negociar. El problema es que entre esas necesidades estamos los venezolanos. Si Nicolás Maduro carecía de legitimidad después de una elección cuyos resultados no fueron demostrados de manera verificable, su vicepresidenta no hereda por arte de magia la legitimidad que él no tenía. Puede ejercer el poder, negociar y administrar provisionalmente el Estado, pero ninguna fotografía con Trump sustituye el voto que los venezolanos nunca le dimos para conducir nuestro destino.
También resulta difícil escucharla prometer elecciones como si Venezuela conservara intactas las instituciones capaces de garantizarlas. ¿Elecciones cuándo y organizadas por quién? Nuestro problema nunca fue simplemente colocar máquinas y abrir centros de votación. Durante más de dos décadas se fueron borrando las fronteras entre partido, gobierno e instituciones. El Consejo Nacional Electoral, el Tribunal Supremo de Justicia, las Fuerzas Armadas, la fiscalía, la contraloría y buena parte de la administración pública quedaron profundamente atravesados por la lógica del poder político. Figuras esenciales de esa estructura siguen allí, algunas sancionadas o acusadas por Estados Unidos, mientras Washington negocia con el mismo aparato al que durante años responsabilizó por el deterioro democrático venezolano. Guillermo O’Donnell recordaba que una democracia no se reduce a votar, porque necesita instituciones capaces de controlar a quienes gobiernan; Juan Linz mostró que una transición empieza a ser realmente democrática cuando las reglas dejan de pertenecer a quienes controlan el poder y pueden ser aceptadas por todos los que compiten. Ese es nuestro problema. Antes de preguntar cuándo votaremos hay que saber quién contará los votos, quién resolverá las controversias, quién garantizará que un candidato pueda recorrer el país, quién protegerá al ciudadano que protesta y quién impedirá que el Estado vuelva a competir contra el propio ciudadano.
Delcy gana tiempo, Estados Unidos obtiene estabilidad y acceso económico, los inversionistas encuentran oportunidades, sectores opositores consiguen espacios de negociación y las estructuras del viejo régimen aprenden a sobrevivir en las nuevas circunstancias. No hace falta imaginar una conspiración para verlo; basta observar los incentivos de cada actor. Lo provisional puede comenzar como una necesidad y terminar convertido en una forma de gobierno.
Por eso me cuesta también el discurso de los “nuevos liderazgos”. ¿Nuevos respecto de quién? Muchos de quienes continúan tomando decisiones sobre Venezuela llevan décadas alrededor del poder. Nuestro país necesita reconciliación y probablemente necesitará pactos difíciles, concesiones y garantías para hacer posible una transición pacífica, pero reconciliar no significa reciclar el mismo sistema poniéndole otro nombre. Tampoco una mesa de negociación puede sustituir la voluntad popular. Primero Justicia, Voluntad Popular y las demás organizaciones tienen derecho a negociar condiciones, exigir garantías y participar en la reconstrucción democrática, pero ninguna mesa posee la soberanía del ciudadano. Las transiciones negociadas tienen siempre ese riesgo: quienes vienen del viejo orden procuran conservar espacios que les permitan protegerse y quienes aspiran a entrar al nuevo pueden terminar aceptando demasiado a cambio de obtener una silla. A veces esos acuerdos son inevitables para evitar violencia, pero solo adquieren legitimidad democrática cuando desembocan en instituciones independientes y devuelven la decisión a la gente. Después de Chávez y Maduro, Venezuela no necesita sustituir una hegemonía por un condominio político administrado entre Caracas, Washington y algunas élites partidistas mientras el resto del país observa.
Y entonces aparece María Corina Machado, no como una salvadora ni como alguien a quien debamos entregar otro cheque en blanco, sino como una dirigente cuya presencia plantea preguntas que este arreglo todavía no ha respondido. Mientras Delcy podía llegar a Estados Unidos, encontrarse con Trump y subir a la tribuna de Naciones Unidas para anunciar garantías para todas las fuerzas políticas, María Corina intentaba regresar a Venezuela sin conseguirlo. La contradicción es demasiado grande para ignorarla. Si de verdad comienza una etapa de “democracia plena”, si todas las fuerzas podrán competir y si estamos entrando en una Venezuela diferente, ¿por qué una de las principales dirigentes opositoras no puede regresar a su país, recorrerlo, organizarse y confrontar políticamente al gobierno? No sabemos todavía quién tomó cada decisión que impidió esos intentos y no convertiré una sospecha en un hecho, pero sí podemos preguntar quién se beneficia de su ausencia. Su regreso podría alterar una transición que hasta ahora se discute principalmente entre gobiernos, partidos, empresarios y negociadores, porque devolvería a la calle una parte de la discusión que hoy ocurre lejos del ciudadano. Mientras Delcy y Trump sonríen en Nueva York, mi amigo continúa intentando resolver la operación de su mamá en Maracaibo. Entre esas dos fotografías está la Venezuela real. Una habla de poder, petróleo y supervivencia; la otra, de hospitales, electricidad y ciudadanos que llevan demasiado tiempo esperando.
