Rodrigo Méndez | El voto sereno
El próximo 3 de noviembre, Florida elegirá a quien sucederá a Ron DeSantis en la mansión del gobernador, Tallahassee y conocida como la Casa del Pueblo. La contienda entre el republicano Byron Donalds y el demócrata David Jolly se ha convertido en una prueba política que rebasa los límites del estado: ¿puede una candidatura con una enorme ventaja financiera y partidista conservar el poder cuando numerosos electores sienten que su vida cotidiana se ha vuelto más difícil?
La respuesta no se encuentra en una sola encuesta ni en la cantidad de anuncios que pueda pagar un candidato. Está en la distancia existente entre la política que se proclama y la experiencia concreta de las familias: cuánto cuesta vivir, asegurar una vivienda, pagar los servicios básicos y contemplar el futuro con alguna tranquilidad.
La diferencia de recursos entre ambas campañas es abrumadora. Donalds ha recaudado más de 115 millones de dólares, frente a aproximadamente 15,8 millones obtenidos por Jolly. Sin embargo, esa superioridad económica no ha logrado despejar la incertidumbre.
La encuesta de Change Research, realizada entre el 25 y el 27 de septiembre, situó a Jolly dos puntos por encima, con 48% frente a 46%. Otros estudios ofrecen una fotografía diferente: Stetson University colocó a Donalds con doce puntos de ventaja, mientras St. Pete Polls registró prácticamente un empate entre ambos candidatos.
La divergencia obliga a actuar con cautela. Una encuesta es una fotografía obtenida mediante una metodología determinada, no una sentencia electoral. Pero, vistas en conjunto, las mediciones demuestran que la elección se ha vuelto extraordinariamente competitiva.
Ese escenario conduce inevitablemente a una pregunta: ¿qué rendimiento político está obteniendo una campaña que dispone de siete u ocho veces más dinero que su adversario y, aun así, no consigue establecer una ventaja concluyente?
El dinero compra alcance, repetición, organización y presencia publicitaria. No compra automáticamente confianza. Cuando los anuncios se multiplican, pero persisten la preocupación y el malestar, la saturación puede terminar resaltando aquello que la campaña pretendía ocultar.
Los estrategas republicanos saben que Donalds parte con ventajas importantes. Además de su formidable capacidad financiera, Florida posee una estructura electoral favorable al Partido Republicano. Al cierre de agosto, había aproximadamente 1,55 millones más de republicanos registrados que demócratas.
Es una diferencia considerable, construida durante años de cambios políticos y demográficos. No obstante, el registro partidista no equivale a un compromiso irrevocable. Más de tres millones de floridanos no pertenecen a ninguno de los dos partidos principales y, en una elección estrecha, la capacidad para persuadir y movilizar a esos ciudadanos puede pesar más que las cifras nominales de afiliación.
El costo de vida constituye una de las pruebas más duras para el partido que gobierna. Vivienda, alimentos, servicios y seguros afectan a ciudadanos que posiblemente no siguen la política todos los días, pero sí revisan sus cuentas cada mes.
En Florida, el seguro de propiedad se ha convertido en un asunto especialmente sensible. Miles de familias padecen el incremento de las primas, la reducción de coberturas y el temor de no poder conservar sus viviendas. Una encuesta reciente entre asegurados encontró que más de la mitad no observaba señales de mejoría en el mercado y una proporción importante consideraba que la situación estaba empeorando.
Cuando una póliza pesa cada vez más sobre el presupuesto familiar, las explicaciones partidistas pierden fuerza frente al recibo. El ciudadano puede comprender las estadísticas, las justificaciones legales y los discursos pronunciados desde Tallahassee, pero termina votando según su propia realidad económica.
Allí aparece el primer voto castigo: el económico.
La inflación y el encarecimiento de la vida no necesitan propaganda opositora para ser percibidos. Se manifiestan en la factura del supermercado, en el alquiler, en la hipoteca, en el combustible, en la electricidad y en la inseguridad que provoca cualquier gasto imprevisto.
Cuando la economía cotidiana deja de corresponderse con el optimismo de los discursos oficiales, surge una distancia entre el gobierno y la sociedad. Esa distancia puede transformar a un elector tradicionalmente conservador en un ciudadano dispuesto a castigar al partido gobernante, aunque no se considere demócrata.
La inmigración incorpora una segunda dimensión al debate. El electorado latino de Florida no constituye un bloque uniforme. Sus opiniones varían según el país de origen, la generación, la región donde reside, su situación económica y su experiencia personal.
Cubanos, venezolanos, colombianos, puertorriqueños, mexicanos, centroamericanos y ciudadanos nacidos en Estados Unidos no responden necesariamente a los mismos estímulos. Suponer que la identidad hispana produce automáticamente una conducta electoral determinada constituye uno de los errores más frecuentes de los estrategas políticos.
Un sector importante del voto latino se ha inclinado hacia los republicanos en elecciones recientes, motivado por el rechazo al socialismo, la defensa de valores conservadores, la seguridad y la actividad empresarial. Sin embargo, las políticas migratorias excesivamente severas pueden generar inquietud entre votantes moderados, independientes y familias relacionadas con inmigrantes de larga residencia.
Muchos ciudadanos respaldan la seguridad fronteriza y el cumplimiento de la ley, pero no necesariamente aprueban políticas que puedan separar familias, desconocer años de arraigo o tratar como delincuentes a personas que trabajan, pagan impuestos y han construido su vida en Estados Unidos.
La preocupación no se limita a quienes carecen de estatus migratorio. También alcanza a hijos, cónyuges, empleadores, vecinos, iglesias y comunidades enteras. Una medida migratoria aparentemente dirigida contra un grupo específico puede producir consecuencias emocionales y electorales mucho más amplias.
Allí aparece el segundo voto castigo: el migratorio.
Es la combinación de ambos factores —economía e inmigración— la que ayuda a explicar por qué Jolly permanece competitivo pese a la enorme desventaja financiera y organizativa de su campaña.
El candidato demócrata también cuenta con una característica particular: conoce desde dentro el pensamiento republicano. Fue congresista por ese partido, posteriormente se declaró independiente y finalmente ingresó en las filas demócratas. Esa trayectoria puede despertar desconfianza entre los votantes más ideologizados, pero también le permite presentarse como una figura capaz de atraer a moderados cansados de los extremos.
Jolly procura convertir la campaña en una discusión sobre los problemas cotidianos: vivienda, seguros, educación, salud y costo de vida. Su desafío consiste en demostrar que su transformación política no es oportunismo, sino el resultado de una evolución personal.
Donalds, por su parte, posee el respaldo de la estructura republicana y podría convertirse en el primer gobernador afroamericano de Florida. Esa posibilidad concede a su candidatura una indudable relevancia histórica.
Sin embargo, su relación con Donald Trump se ha convertido en un asunto que requiere cálculos cuidadosos. Donalds ganó las primarias con el respaldo del presidente y del sector más conservador del partido, pero recientemente desaparecieron de la página principal de su campaña varias referencias destacadas a Trump.
Donalds sostiene que continúa orgulloso de ese respaldo y que no se está alejando de la agenda presidencial. No obstante, la modificación de su página revela un intento de ajustar su imagen durante la elección general.
El mensaje que entusiasma a los votantes más conservadores durante una primaria puede resultar menos efectivo entre independientes y republicanos moderados. Si la identificación con Trump representara una ventaja indiscutible en todos los sectores del electorado, no existiría ninguna razón estratégica para reducir su protagonismo.
La maniobra contiene un riesgo. Si Donalds se distancia demasiado, puede disminuir el entusiasmo de la base que lo condujo a la nominación. Si mantiene una identificación absoluta, puede perder a quienes desean una administración estatal concentrada en los problemas de Florida y no en las controversias nacionales.
Jolly enfrenta su propio peligro. Su negativa a participar en debates televisados puede ser interpretada como una decisión estratégica para evitar una confrontación que favorezca a un adversario con mayores recursos, pero también podría verse como una oportunidad desaprovechada para presentarse ante millones de electores que todavía no lo conocen suficientemente.
Cuando una campaña dispone de menos dinero, el debate suele convertirse en una tribuna privilegiada. Renunciar a ella obliga a depender aún más de la organización territorial, las redes sociales, las entrevistas y el contacto directo con los votantes.
La ausencia de debates reduce además la posibilidad de que los ciudadanos comparen directamente las propuestas. En lugar de escuchar a los candidatos enfrentarse sobre vivienda, seguros, educación, seguridad e inmigración, el electorado recibe mensajes cuidadosamente editados por las campañas.
La contienda puede terminar librándose menos en una tarima común y más en las pantallas de los teléfonos, los anuncios televisivos, las iglesias, las asociaciones comunitarias y las conversaciones familiares.
La votación por correo ya está en marcha. A finales de septiembre se habían enviado cerca de un millón y medio de boletas. Esto significa que la elección no comenzará realmente el 3 de noviembre: numerosos ciudadanos tomarán su decisión varias semanas antes.
La movilización será determinante. Condados como Miami-Dade, Broward, Palm Beach, Hillsborough, Orange y Pinellas podrían desempeñar un papel decisivo. Pero no bastará con observar el mapa tradicional de preferencias. Habrá que determinar quién logra convertir el descontento en participación efectiva.
Donalds necesita conservar la unidad republicana, aprovechar su ventaja financiera y evitar una fuga significativa de moderados. Jolly requiere una elevada participación demócrata, un respaldo amplio entre independientes y una recuperación del voto latino sin provocar temor entre los sectores que rechazan las posiciones más progresistas de su partido.
La historia reciente favorece a los republicanos. Los demócratas no ganan la gobernación de Florida desde hace más de tres décadas, y el estado ha mostrado durante los últimos años una inclinación conservadora cada vez más visible.
Pero la historia electoral establece tendencias, no destinos inevitables.
Las elecciones se deciden en circunstancias concretas. Un partido puede tener más votantes inscritos, más dinero, mayor organización y mejores antecedentes y, aun así, perder cuando una parte suficiente del electorado decide que ha llegado el momento de corregir el rumbo.
Es allí donde surge la figura del voto silencioso.
No se trata necesariamente de un voto avergonzado ni clandestino. Es el voto del ciudadano sereno que escucha las consignas, observa las campañas y decide en privado. Es el elector que no desea ser contado anticipadamente por los partidos, que puede negarse a contestar una encuesta o que oculta su decisión para evitar discusiones familiares y sociales.
Ese ciudadano puede haber votado republicano durante años. Puede compartir valores conservadores, defender la empresa privada, preocuparse por la seguridad y rechazar el extremismo. Pero también puede considerar que el poder necesita límites, correcciones y alternancia.
Su decisión no nacería necesariamente de una conversión ideológica. Podría surgir simplemente del cansancio, de la inflación, del costo de los seguros, del temor migratorio o de la sensación de que sus preocupaciones han dejado de ser escuchadas.
El voto silencioso no marcha en concentraciones, no siempre coloca avisos en los jardines y no convierte sus preferencias en una identidad pública. Su fuerza aparece cuando se cierra la cabina electoral y cada ciudadano queda solo frente a su conciencia.
Florida conserva una inclinación republicana que no debe subestimarse. La ventaja en el registro, la recaudación, la estructura partidista y la tradición política convierten a Donalds en un candidato formidable.
Sin embargo, esas son ventajas de partida, no sustitutos de la confianza.
Las encuestas contradictorias, el avance de Jolly entre independientes y latinos, el costo de vida, la crisis de los seguros y el esfuerzo de Donalds por moderar su imagen indican que debajo de la superficie existe una corriente de insatisfacción.
El 3 de noviembre no se decidirá únicamente quién ocupará la mansión del gobernador. También se sabrá si Florida continúa profundizando su orientación republicana o si una coalición de demócratas, independientes, latinos y conservadores inconformes logra producir una inesperada renovación política.
Mi pronóstico es que el voto silencioso castigará a los republicanos y llevará a David Jolly a ocupar la mansión del gobernador de Florida.
