El diario plural del Zulia

Valmore Muñoz Arteaga | Entre el repliegue y el sacrificio

He vuelto a las páginas de dos novelas fundamentales de nuestra literatura. Ídolos rotos (1901), de Manuel Díaz Rodríguez, y Reinaldo Solar (escrita entre 1913 y 1920, publicada primero como El último Solar), de Rómulo Gallegos, se me transformaron entre las manos en dos capítulos de una misma pregunta nacional. Situadas dentro de una misma línea pesimista de la novela venezolana –abierta por Miguel Eduardo Pardo y continuada después por José Rafael Pocaterra– que retrata, sin concesiones, el fracaso de los proyectos individuales de transformación frente a una realidad política y cultural dominada por el caudillismo, la corrupción, la mediocridad y la vulgaridad. Ni siquiera en eso son originales los políticos de esta hora del país.

Ambas novelas van a compartir un mismo escenario. Caracas de finales del gobierno de Cipriano Castro, ciudad donde los ideales chocan sistemáticamente contra los mismos tipos sociales: el político oportunista, el periodista venal, el académico hueco. No es casual, por ello, que la crítica haya advertido cómo Reinaldo Solar tropieza con «la misma desilusión» que ya había derrotado a Alberto Soria años antes en las páginas de Díaz Rodríguez. Ambas obras son, en el fondo, dos variaciones sobre un mismo drama. El del venezolano que porta un ideal, estético en un caso, cívico y romántico en el otro, y no encuentra en su país el suelo donde hacerlo germinar.

Alberto Soria, protagonista de Ídolos rotos, regresa a Caracas después de varios años en París, donde ha abandonado los estudios de ingeniería para consagrarse al arte y convertirse en escultor. Su llegada, motivada por la enfermedad de su padre, es también el reencuentro brusco con una ciudad que ya no coincide con la que guardaba en la memoria. Las calles le resultan más estrechas, los edificios más bajos, el gusto arquitectónico deplorable. Ese desajuste inicial, casi físico, es el anuncio de un desajuste mucho mayor. El de una sensibilidad refinada, educada en el ideal europeo de la belleza, frente a una sociedad regida por la política, el materialismo y la vulgaridad.

Reinaldo Solar, por su parte, pertenece a otro linaje: el de una familia patricia caraqueña en franca decadencia, de la que él es el último representante. Si Soria es un artista, Solar es un temperamento romántico en estado puro: generoso, entusiasta, permeable a cuanta lectura de moda cae en sus manos, como Renán, Tolstói, Nietzsche, y capaz de lanzarse con igual fervor a escribir novelas, a predicar un socialismo tolstoyano entre los peones de una hacienda, o a fundar la Asociación Civilista, un proyecto de regeneración cívica y gradual que él mismo redacta tras una conferencia triunfal en la Academia de Bellas Artes. Es en ese proyecto donde su camino se cruza literalmente con el de Soria. La Asociación Civilista tropieza con los mismos políticos corrompidos, los mismos periodistas venales, los mismos oportunistas académicos que ya habían derrotado al escultor.

La posición de Soria frente a esa realidad es, ante todo, contemplativa y defensiva. No busca transformar el medio, sino preservar en él un espacio para su arte; aspira a que Venezuela reciba y comprenda su ideal, no a intervenir directamente sobre las estructuras que lo asfixian. Por eso su enfrentamiento con figuras como el general Galindo, el político oportunista, o con el ambiente de periodistas y académicos mediocres que rodea a la ciudad no es una lucha activa, sino un desgaste progresivo. Cada episodio lo decepciona un poco más, hasta que sus ideales terminan por quebrarse del todo.

A diferencia de Soria, Solar no se repliega ante la derrota, la radicaliza. Descartada la vía paciente de la reforma cívica, se entrega a la ilusión de la revolución armada, a la montonera encabezada por un caudillo, convencido, como buena parte de sus compatriotas, de que el mal nacional solo se cura con un gesto violento y total. Su propia voz, dentro de la novela, diagnostica esa pulsión como un rasgo casi genético. La incapacidad venezolana para la «obra paciente y silenciosa», la seducción del «todo o nada» frente al trabajo sostenido, la herencia de los conquistadores que preferían la expedición al Dorado antes que poblar y colonizar. Reinaldo Solar muere, coherente hasta el final con esa lógica, en un alzamiento fracasado. Su idealismo no se apaga por desgaste, como el de Soria, sino que se consume de golpe, en un acto que es a la vez heroico y estéril.

Leídos en conjunto, Alberto Soria y Reinaldo Solar dibujan dos respuestas posibles, y, según ambos autores, igualmente insuficientes, ante una realidad social y cultural percibida como hostil al ideal. Soria representa la vía estética, la del intelectual que aspira a redimir a su país desde la belleza y la refinación, pero que, al comprobar que ese lenguaje no encuentra interlocutor, termina por retirarse, ya sea hacia la vida privada, hacia el exilio interior o hacia la tentación siempre latente de la fuga a Europa. Solar representará la vía romántico-política, la del idealista que sí intenta actuar, que ensaya sucesivamente la literatura, el apostolado social y la reforma cívica, pero que, ante cada fracaso, radicaliza su respuesta hasta desembocar en la aventura armada y la muerte. Ambas novelas, todavía hoy, exponen un síntoma. Díaz Rodríguez lo hace desde la derrota silenciosa del esteta; Gallegos, desde el fracaso ruidoso y sangriento del héroe romántico.

Más de cien años después de que Díaz Rodríguez cerrara su novela con un lapidario Finis Patriae, y de que Gallegos hiciera decir a uno de sus personajes que «es necesario emigrar», consigna que atravesaba, según la novela, a todas las clases sociales, cabe preguntarse si el diagnóstico que ambos formularon ha dejado de ser vigente o si, por el contrario, sigue describiendo con inquietante precisión a la Venezuela contemporánea.

La diáspora venezolana de las últimas dos décadas, una de las mayores del continente, ¿no es acaso la realización literal de aquella «teoría de la fuga» que Gallegos identificó como un rasgo casi genético del venezolano, y que Soria ya encarnaba en su propio deseo de regresar a Europa? Frente a los ciclos de caudillismo, polarización y proyectos políticos que oscilan entre el todo y la nada, tan parecidos al «todo o nada» que Solar reconocía como una herencia incurable, ¿ha logrado el país construir por fin esa «obra paciente y silenciosa» cuya ausencia lamentaban los personajes de Gallegos, o continúa atrapado entre el repliegue estético de quienes prefieren desentenderse y el sacrificio estéril de quienes lo apuestan todo a un gesto único e irrepetible? Desde la mirada de ambos escritores, la pregunta final no sería tanto quién tuvo la razón –el que se retira o el que se inmola– sino si, un siglo más tarde, existe ya una tercera vía. Una capaz de sostener el ideal sin abdicar de él, y de actuar sobre la realidad sin consumirse en el intento. Mientras tanto, ambas novelas traen a mi mente aquel duro señalamiento de Mario Briceño Iragorry sobre la Venezuela que despertaba luego del 23 de enero de 1958, aquella de haber llegado a la democracia sin haber llegado. Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.

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