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Nacho Montes de Oca | China arma los misiles que Rusia dispara sobre Ucrania

China no lanza los misiles que golpean Ucrania, pero sin la capacidad de sus fábricas Rusia difícilmente podría sostener el ritmo actual de bombardeos. A más de cuatro años de comenzada la invasión de 2022, la industria militar rusa no solo resistió las sanciones, sino que aceleró su producción misilística gracias al apoyo de Pekín.
El ejemplo más citado es el de los proyectiles balísticos Iskander-M. Su fabricación en la planta de Votkinsk se triplicó entre 2023 y 2024, en buena medida gracias a insumos chinos, según un informe del Center for Strategic and International Studies (CSIS) difundido a comienzos de 2026. El estudio precisa que China aportó en 2024 el 70% de las importaciones rusas de perclorato de amonio, el oxidante utilizado en el combustible sólido de los misiles balísticos. Como referencia adicional, RBC-Ucrania citó una estimación de la inteligencia militar ucraniana (HUR), según la cual Rusia producía unas 50 unidades 9M723 por mes en diciembre de 2025 y mantenía un stock cercano a 200 misiles; entre febrero de 2022 y enero de 2023, en cambio, había fabricado apenas 36.
El respaldo chino no se limita a un solo componente. En un análisis posterior el CSIS enumeró 50 "bienes de doble uso prioritarios": microchips, equipos de telecomunicaciones, máquinas herramienta, radares y sensores indispensables para producir sistemas militares. Rusia no puede fabricarlos en cantidad suficiente; China, en cambio, posee una base manufacturera capaz de ofrecerlos a gran escala. Esa diferencia convirtió a Pekín en el eslabón que alivió los principales cuellos de botella de la industria rusa.
El Carnegie Endowment for International Peace puso una cifra a ese flujo: China exporta cada mes más de 300 millones de dólares en bienes de alta prioridad y, en 2023, concentró alrededor del 90% de las importaciones rusas de artículos incluidos en la lista de control del G7. Aunque el volumen mensual descendió desde el máximo de más de 600 millones de dólares registrado en diciembre de 2023, China continúa siendo, por amplio margen, el mayor proveedor de esos insumos críticos.
El comercio bilateral acompañó esa tendencia. Según el CSIS, el intercambio chino-ruso pasó de 190.000 millones de dólares en 2022 a casi 250.000 millones en 2024, mientras la participación de China en el comercio exterior ruso trepó del 11,3% en 2014 al 33,8% en 2024.
Las categorías más sensibles crecieron todavía más. El CSIS documentó que las exportaciones chinas de la categoría "tier 4B" —máquinas herramienta y componentes para manufactura de precisión— aumentaron más de un 3.000% respecto de enero de 2021. El salto coincide con la recuperación de la capacidad militar-industrial rusa. Defense Express agrega baterías de litio de alta densidad, fuselajes de drones desensamblados y cables de fibra óptica a la lista de suministros recibidos desde China.
El flujo se sostiene, en gran medida, mediante una ingeniería de evasión que no depende tanto del contrabando clandestino como de clasificaciones aduaneras civiles y rutas de triangulación. Un análisis publicado en Medium, basado en cifras de organismos como The Moscow Times y el Centro de Estudios Orientales (OSW), señala que las exportaciones de semiconductores hacia Rusia a través de Kazajistán se multiplicaron 550 veces entre 2021 y 2023. Las canalizadas por Armenia, en tanto, crecieron doce veces en el mismo período.
Las sanciones sí encarecieron el comercio: en 2024, los bienes chinos sujetos a controles llegaron a costar un 87% más que en 2021. Sin embargo, no detuvieron las entregas. De acuerdo con la misma fuente, Rusia importó en un solo año microchips extranjeros por 1.700 millones de dólares pese a las restricciones vigentes.
El resultado de esa cadena de suministro se observa con crudeza en el cielo ucraniano. La planta de Votkinsk elevó su capacidad hasta rondar entre 60 y 70 misiles Iskander-M mensuales, con picos como el de julio, cuando Rusia lanzó 126 vectores balísticos en un solo mes. Del otro lado, la producción occidental enfrenta un límite estructural. Lockheed Martin, único fabricante del interceptor PAC-3 MSE del sistema Patriot, produjo unas 500 unidades en 2024 y entregó 620 en 2025: un promedio de cerca de 52 por mes, según datos de la propia empresa y el análisis de Army Recognition.
Ucrania consume entre 60 y 70 interceptores Patriot en un mes normal y entre 150 y 180 durante las campañas de bombardeo más intensas, de acuerdo con la misma fuente. La aritmética expone el desbalance: la doctrina del Ejército estadounidense recomienda disparar dos PAC-3 por cada misil balístico entrante. Por lo tanto, una oleada de 50 proyectiles puede exigir 100 interceptores, casi el doble de la producción mensual de 2025.
La crisis alcanzó un punto crítico a comienzos de julio de 2026. Según Kyiv Post, las reservas ucranianas de PAC-3 se agotaron y Rusia pudo ejecutar ataques con 23 o 24 misiles balísticos y de crucero Zircon sin que ninguno fuera interceptado. Ese mes registró un número récord de víctimas civiles.
Washington intentó reaccionar. En enero de 2026, Lockheed Martin y el Pentágono firmaron un marco de siete años para elevar la capacidad anual de aproximadamente 600 a 2.000 interceptores, es decir, a unos 167 por mes. En abril se añadió un contrato de 4.700 millones de dólares para acelerar la expansión, según Army Recognition. El objetivo supone más que triplicar la capacidad actual.
Pero el dinero no se convierte de inmediato en misiles. Especialistas del Foreign Policy Research Institute advirtieron que la fabricación depende de una red frágil de proveedores de buscadores, motores cohete y componentes energéticos. Por eso estimaron que los interceptores financiados en 2026 recién estarán disponibles hacia mediados de 2028.
El mismo instituto ilustró la magnitud del problema con datos de la guerra de Israel y Estados Unidos contra Irán a comienzos de 2026. Durante los primeros cuatro días, las fuerzas aliadas dispararon Patriot a un ritmo de 225 misiles diarios, mientras la planta de Lockheed Martin en Camden producía apenas 1,7 por día. La relación entre consumo y producción fue de 132 a 1.
Pero, al mismo tiempo. Trump también vetó el permiso para que Ucrania produzca los Patriot alegando temores por la integridad tecnológica de los misiles. Mientras Pekín aumenta su colaboración con Rusia, Kiev afronta objeciones de seguridad en un momento crítico y el conjunto de Occidente pierde oportunidades de mejorar sus stocks de interceptores.
A la desventaja industrial se suma una dependencia menos visible, pero igualmente decisiva. La industria de defensa estadounidense necesita tierras raras e imanes chinos para fabricar radares, sistemas de guiado y motores de aeronaves: los mismos equipos que Washington debe multiplicar para sostener a Ucrania. Según datos de la Agencia Internacional de Energía citados por CNBC, China controla el 60% de la minería mundial de tierras raras y más del 90% de su refinación. Estados Unidos, por su parte, importa de China cerca del 70% de esos materiales, de acuerdo con el Servicio Geológico estadounidense.
La vulnerabilidad dejó de ser teórica en octubre de 2025 en medio de la guerra arancelaria con EEUU, cuando Pekín restringió la exportación de siete tierras raras medianas y pesadas —samario, gadolinio, terbio, disprosio, lutecio, escandio e itrio— utilizadas en tecnologías de defensa, según el CSIS. Además, exigió licencias para todo producto extranjero que tuviese aunque fuera un 0,1% de valor de origen chino.
El impacto fue rápido. El CSIS documentó que las exportaciones chinas de itrio hacia EEUU cayeron de 333 toneladas en los ocho meses previos a las restricciones a apenas 17 toneladas en el mismo período de 2025. Los fabricantes aeroespaciales, que usan ese material como recubrimiento térmico para evitar que los motores se derritan, comenzaron a advertir sobre escasez, racionamiento y posibles pausas en la producción de componentes.
La tensión siguió creciendo. El 22 de junio de 2026, Benchmark Source informó que China incorporó a su lista de control de exportaciones a diez empresas estadounidenses, entre ellas MP Materials y USA Rare Earth, en represalia por sanciones de EEUU a compañías tecnológicas chinas. Esas firmas estadounidenses concentran la mayor inversión federal destinada a reconstruir una cadena de tierras raras independiente de China y habían recibido 550 y 1.600 millones de dólares, respectivamente, según la Fundación para la Defensa de las Democracias (FDD).
La FDD subrayó que los controles chinos también tienen alcance extraterritorial: impiden que cualquier empresa del mundo transfiera insumos de origen chino a las firmas sancionadas. La medida alcanza, por lo tanto, a cadenas de suministro de países aliados de Washington. Analistas citados por el medio surcoreano The Economy advirtieron en mayo de 2026 que, si la disrupción se profundiza, la industria de defensa estadounidense dispone de inventarios de tierras raras para resistir apenas unos meses. A diferencia del petróleo, esos aliados no cuentan hoy con proveedores alternativos ni con reservas estratégicas equivalentes.
La paradoja es evidente: el país que permite a Rusia multiplicar la producción de Iskander-M es también el proveedor del que depende buena parte de la maquinaria bélica occidental destinada a interceptarlos. Y allí no hay una dependencia reciproca. La ventaja estratégica de Pekín no reside solo en lo que vende a Moscú, sino también en lo que puede negarle a Washington.
A la asistencia industrial y tecnológica se suma un tercer pilar, quizá el más determinante: el financiero. Rusia necesita componentes para fabricar misiles, pero también divisas para pagarlos. China ocupó el espacio que Occidente dejó vacante.
Según el Centre for Research on Energy and Clean Air (CREA), China compró en junio de 2026 el 50% de las exportaciones rusas de crudo y el 37% de su carbón, muy por encima de India, el segundo comprador. El OSW calculó que en 2024 el petróleo, el carbón y el gas representaron 85.000 millones de dólares de las exportaciones rusas a China, casi dos tercios de todo lo vendido por Moscú a Pekín.
Sin el aumento de esas compras, Rusia habría tenido que recortar su producción energética, con un impacto directo sobre los ingresos fiscales que financian la guerra. El sector energético aporta cerca del 20% del PBI ruso. Así, China no solo entrega las piezas que faltan para fabricar los misiles: también compra el petróleo que sostiene el presupuesto con el que se pagan.
El Ministerio de Asuntos Exteriores chino niega de manera sistemática que Pekín ayude a Rusia a producir armamento y sostiene que su comercio con Moscú es de naturaleza civil, tal como recogió Ukranews al citar la investigación del CSIS. Pero las cifras, son elocuentes.
Ese respaldo financiero también encuentra un flanco abierto en la política estadounidense. Mientras Washington pide a sus aliados que endurezcan el cerco sobre Moscú, la administración Trump flexibilizó sus propias restricciones al petróleo ruso. En marzo de 2026, en medio de la escalada de precios provocada por la guerra en Medio Oriente, el Departamento del Tesoro emitió una licencia general que autorizó la venta y entrega de crudo ruso ya cargado en buques, incluidos algunos previamente sancionados. Según el Atlantic Council, la medida terminó reemplazando de hecho el tope de precios en lugar de reforzarlo.
En el plano legislativo, el Senado aprobó en agosto de 2026, por 86 votos contra 11, la Ley Lindsey O. Graham de Sanciones a Rusia e Irán. Sin embargo, The Hill y MSNOW señalaron que la Casa Blanca había negociado rebajas previas: una escala gradual de aranceles con un techo del 100%. Alejado del 500% del texto original y con excepciones para los países que redujeran sus compras de gas ruso. El texto, todavía detenido en una Cámara de Representantes en receso hasta septiembre, se concentra sobre todo en recortar las fuentes de ingreso de Moscú, como las compras de petróleo por terceros países, y no en perseguir de forma directa el tráfico de componentes de doble uso.
El contraste con Irán es marcado. Holland & Knight describió que, en 2025, el Departamento del Tesoro reimpuso una política de "máxima presión" que incluyó sanciones directas contra refinerías chinas dedicadas a procesar petróleo iraní. Hasta ahora no existe una persecución equivalente del comercio chino de insumos militares hacia Rusia. La Unión Europea avanzó más rápido en ese terreno: en mayo de 2026 sancionó a 28 empresas de China y Hong Kong por su presunto apoyo directo o indirecto al aparato militar ruso mediante bienes de doble uso de alta tecnología, según la consultora Steptoe. El contraste revela una fisura en el bloque occidental.
Ese desfase ayuda a explicar por qué Rusia, según el CSIS, intensifica deliberadamente sus descargas contra la red eléctrica y la infraestructura militar ucraniana cuando la escasez de interceptores Patriot es más visible. Frente a esa vulnerabilidad, Kiev buscó adelantarse al golpe en lugar de depender de más interceptores: pidió a Washington autorización para utilizar la red satelital Starlink, de Elon Musk, en el guiado de drones de largo alcance contra plataformas de lanzamiento y fábricas rusas de misiles.
The Atlantic reveló, y Financial Times y Kyiv Post confirmaron, que Volodímir Zelenski planteó el pedido a Donald Trump durante una reunión en la Casa Blanca a fines de julio de 2026. Su argumento fue que Estados Unidos no podía entregar los 300 interceptores adicionales que Ucrania también había solicitado. Trump no respaldó la propuesta y Musk se negó incluso a reunirse con Zelenski para discutirla.
Fuentes citadas por LIGA.net y Financial Times atribuyeron la negativa al temor de que darle ese uso de tecnología estadounidense se interpretara como una escalada directa contra el Kremlin. Musk, además, sostiene que la guerra solo puede terminar mediante un acuerdo de paz entre Kiev y Moscú. Cualquiera sea la razón, el rechazo cerró, al menos por ahora, la vía que Ucrania consideraba más barata y fiable para golpear preventivamente la cadena rusa de producción de misiles. Kiev quedó así otra vez subordinada a un parque de interceptores que no se repone al ritmo del consumo.
Europa tampoco dispone hoy de medios suficientes para llenar ese vacío. El único sistema del continente con capacidad antibalística real es el franco-italiano SAMP/T, equipado con interceptores Aster 30. Ucrania recibió apenas una batería en 2023 y sus volúmenes de producción son limitados frente a la demanda, según United24 Media.
Ante esa carencia, Kiev impulsa con Alemania, Francia, el Reino Unido y otros nueve países europeos el proyecto Freyja, un sistema de bajo costo basado en el interceptor FP-7.X de la empresa ucraniana Fire Point. De acuerdo con Kyiv Post, la primera intercepción exitosa se espera recién para mediados de 2027, por lo que el proyecto no ofrece alivio inmediato.
Alemania, por su parte, desarrolla una variante ampliada del IRIS-T, llamada SLM/X, que Euronews presentó como un posible "Patriot hecho en Europa". Sin embargo, el sistema continúa en fase de desarrollo y todavía no demostró una capacidad equivalente a la del PAC-3. Hasta que esas iniciativas maduren, Europa seguirá sin un sustituto operativo del Patriot capaz de enfrentar misiles balísticos a gran escala.
Las entregas realizadas hasta ahora permiten dimensionar el cuello de botella. Un relevamiento de Defense Express de enero de 2026 calcula que Kiev recibió el equivalente a unas 14 baterías Patriot completas: cerca de cinco aportadas por Alemania, más de dos por Suecia y hasta tres por Rumania dentro del bloque europeo; otras tres entregadas directamente por Estados Unidos; y hasta cuatro sistemas PAC-2 retirados de servicio que Israel acordó transferir por medio de Washington. A ese conjunto se suma una entrega parcial de los Países Bajos que incluyó radar y lanzadores, pero no todos los componentes de una batería completa, por lo que no llega a contarse como una unidad entera.
Aun contando el total más favorable, Ucrania dispone de unas diez u once baterías menos que las 24 o 25 reclamadas por Zelenski para cubrir todo el territorio. Por eso, pese a casi cuatro años de entregas escalonadas, la defensa aérea continúa operando con márgenes muy estrechos.
Esa es la asimetría central de la guerra. De un lado, China dispone de una base industrial capaz de resolver en meses los cuellos de botella rusos que las sanciones occidentales intentaron sellar. Del otro, los aliados occidentales necesitan años para ampliar una sola línea de producción de interceptores concentrada en una planta de Arkansas. Además, no logran acordar el uso de sus propias herramientas tecnológicas para golpear el origen del problema, mientras Europa todavía carece de un reemplazo real para el sistema del que depende.
La brecha ya tiene un correlato humano. La Misión de Monitoreo de Derechos Humanos de la ONU en Ucrania documentó 1.396 civiles muertos y 7.978 heridos entre enero y junio de 2026 —un total de 9.374 víctimas—, según sus propios registros difundidos por Humanitarian Media Hub. La cifra combinada fue un 37% superior a la del mismo período de 2025 (1.122 muertos y 5.734 heridos) y un 114% mayor que la del primer semestre de 2024, cuando la misión había documentado 940 muertos y 3.442 heridos. Los responsables de la misión atribuyeron el aumento al uso creciente de misiles balísticos y drones de largo alcance contra centros urbanos alejados del frente.
Junio de 2026 fue el mes con más civiles muertos y heridos desde abril de 2022: 293 fallecidos y 1.990 heridos, según la misma misión. Las armas de largo alcance causaron el 45% de las víctimas de ese mes —126 muertos y 907 heridos—, y en el primer semestre las víctimas provocadas por misiles y drones de largo alcance aumentaron un 60% frente al mismo período de 2025.
El patrón se sostuvo durante el año. Además del récord de 126 misiles balísticos disparados en un solo mes documentado por el CSIS, Rusia lanzó 570 drones y misiles combinados sobre Kiev en una sola noche de comienzos de julio, incluidos 25 misiles balísticos. El ataque coincidió, según Kyiv Post, con el agotamiento completo de las reservas ucranianas de PAC-3.
La relación entre ambos fenómenos es directa: cada vez que se estrecha la ventana de interceptación —por la producción insuficiente de Occidente, la negativa a autorizar ataques preventivos con Starlink o la ausencia de un sustituto europeo del Patriot— aumenta la exposición de la población civil. Detrás de esa vulnerabilidad aparece, en última instancia, la misma capacidad industrial china que permite a Rusia sostener un ritmo de fuego que Occidente todavía no consigue igualar con su capacidad de defensa.
Si se analiza con cuidado, China está imponiendo sanciones efectivas que indirectamente también perjudican la capacidad de defensa ucraniana. Al mismo tiempo, aumenta el número de proyectiles rusos a los que debe hacerle frente. En ese sentido, el sistema de control de recursos de defensa chino es en extremo eficiente y en cierto punto tan o más efectivo que el que aplica Occidente contra Rusia.
Esa diferencia de eficacia se paga con vidas ucranianas a diario, hasta que Occidente encuentre un modo igual de hábil para ayudar a Ucrania a frenar la maquinaria rusa que las provoca. China es la clave, y no tan solo Rusia.
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