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Luz Neira Parra | Terremoto en Venezuela: entre la devastación, la solidaridad y la fractura institucional

Ocho días después de los terremotos que sacudieron Venezuela, el país continúa en una emergencia humanitaria de gran escala. Las zonas afectadas siguen en labores de búsqueda entre escombros, con miles de víctimas y una capacidad de respuesta desbordada.

La ayuda internacional comenzó a llegar desde el día siguiente al sismo, con equipos de rescate y asistencia desplegados en el terreno. Sin embargo, rescatistas internacionales —incluidos los Topos de México y los Topos de Chile— han denunciado obstáculos operativos, controles excesivos y dificultades de coordinación que han ralentizado labores críticas de búsqueda.

Más allá de lo logístico, lo que ha marcado el debate público es la percepción de una respuesta institucional desconectada de la urgencia humana. En múltiples zonas afectadas se repite una escena: mientras la población civil cava con sus propias manos buscando sobrevivientes, efectivos de la Guardia Nacional y cuerpos policiales permanecen en el perímetro, armados, observando o controlando el acceso. Esa imagen —la de la ciudadanía rescatando y la fuerza pública en posición de vigilancia— se ha convertido en uno de los símbolos más inquietantes de la emergencia.

No se trata solo de recursos, sino de una conducta percibida como distante y rígida frente al sufrimiento, que ha generado alarma social y cuestionamientos éticos sobre la forma en que se está gestionando la crisis.

En paralelo, han circulado denuncias en redes sociales sobre tensiones entre voluntarios y efectivos de seguridad en zonas de derrumbe, incluyendo un episodio ampliamente difundido en el que un hallazgo de dinero entre escombros habría derivado en un intento de apropiación por parte de un funcionario, finalmente impedido por la reacción de ciudadanas presentes.

Frente a ese escenario, la respuesta más sostenida ha venido de la sociedad civil. El pueblo venezolano se ha volcado masivamente a las labores de rescate, organización de alimentos, agua y apoyo comunitario, sosteniendo redes de ayuda donde el Estado no alcanza.

A ello se suma el papel decisivo de la diáspora venezolana, que ha canalizado recursos desde el exterior y, en las últimas horas, ha enviado vuelos cargados de insumos médicos, medicinas y material de emergencia, reforzando de manera crucial la atención humanitaria en el país.

La ayuda internacional y la solidaridad transnacional intentan así sostener un escenario donde la demanda supera ampliamente la capacidad institucional.

El terremoto será recordado como una catástrofe natural de enorme magnitud. Pero también como un momento en el que la solidaridad del pueblo y de la diáspora chocó con una respuesta institucional percibida como distante, generando una fractura profunda en la manera en que la emergencia ha sido vivida y entendida.

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