Alfonso Hernández Ortiz | La tragedia no espera: menos discursos y más acciones por Venezuela
Hay acontecimientos que obligan a un país entero a detenerse. El terremoto que golpeó a Venezuela es uno de ellos. Más allá de la magnitud del sismo, del número de víctimas o de los daños materiales, hay una realidad imposible de ignorar: miles de familias siguen viviendo horas de angustia, mientras otras comienzan a despedir a quienes perdieron la vida. Detrás de cada cifra hay un rostro, una historia y un hogar que jamás volverá a ser el mismo.
Como muchos venezolanos que vivimos fuera del país, seguí las noticias con la preocupación de quien tiene familiares y amigos en Caracas, La Guaira y otras regiones afectadas. Durante largas horas intenté comunicarme con ellos sin éxito. Estoy seguro de que no fui el único. Miles de venezolanos repartidos por el mundo vivimos la misma incertidumbre, esperando un mensaje que simplemente dijera: “estamos bien”. Poco a poco comenzaron a llegar algunas respuestas que devolvían tranquilidad. Sin embargo, también recibí una noticia que jamás hubiera querido conocer: la esposa y la hija de uno de mis primos perdieron la vida como consecuencia del terremoto. En ese momento las cifras dejaron de tener importancia. Comprendí que detrás de cualquier balance oficial siempre habrá historias que nunca aparecerán en los titulares, familias que jamás volverán a ser las mismas y dolores que ninguna estadística será capaz de explicar.
Lo cierto es que las grandes tragedias tienen una particularidad: obligan a un país a mirarse en el espejo. En cuestión de minutos dejan al descubierto aquello que durante años suele pasar inadvertido. Ponen a prueba la fortaleza de las instituciones, la calidad del liderazgo, la preparación de los organismos de emergencia, la capacidad del sistema de salud y el grado de organización de una sociedad cuando cada minuto cuenta.
Los terremotos son inevitables. La improvisación no debería serlo. Los países que han enfrentado este tipo de desastres aprendieron hace décadas que la prevención salva más vidas que cualquier operación de rescate. Invertir en normas de construcción, fortalecer la protección civil, equipar a los cuerpos de emergencia, preparar hospitales y educar a la población rara vez produce titulares o beneficios políticos inmediatos. Sin embargo, cuando ocurre una tragedia, esa diferencia se mide en vidas humanas.
Venezuela enfrenta esta emergencia con debilidades que no pueden ocultarse. No hace falta convertir el dolor en un debate político para reconocer que durante años la infraestructura pública se ha deteriorado, que muchos hospitales funcionan con enormes limitaciones, que los servicios básicos siguen siendo frágiles y que quienes hoy trabajan en las labores de rescate lo hacen, muchas veces, con recursos insuficientes. Esa realidad existía antes del terremoto y seguirá existiendo cuando pase la emergencia. Precisamente por eso, esta tragedia también debería abrir una reflexión sobre el país que queremos construir. Ninguna nación puede evitar que la naturaleza se manifieste, pero sí puede prepararse mejor para proteger a su gente.
La primera responsabilidad corresponde al Estado. Gobernar también significa estar preparado para responder cuando la naturaleza golpea con toda su fuerza. Hoy toda la capacidad institucional debe concentrarse en salvar vidas, atender a los heridos, restablecer los servicios esenciales y acompañar a quienes lo han perdido todo. Protección Civil, bomberos, personal sanitario, Fuerza Armada, policías y autoridades regionales deben actuar como un solo equipo. En circunstancias como estas, la ciudadanía no espera discursos; espera liderazgo, coordinación y resultados. La legitimidad de un gobierno también se mide por la forma en que responde cuando sus ciudadanos atraviesan las horas más difíciles.
La oposición tampoco puede actuar como si el país estuviera viviendo días normales. Las campañas, los cálculos electorales y la confrontación política pueden esperar. Lo que no puede esperar es una familia que necesita alimentos, medicamentos o un lugar donde pasar la noche. Si la dirigencia opositora dispone de voluntarios, recursos, capacidad organizativa y contactos nacionales e internacionales, este es el momento de ponerlos al servicio de los damnificados. Habrá tiempo para el debate político. Hoy la prioridad debe ser la solidaridad.
Pero las responsabilidades no terminan dentro de nuestras fronteras.
Durante los últimos meses, la administración del presidente Donald Trump ha demostrado que Estados Unidos tiene capacidad para influir de manera decisiva en asuntos fundamentales para Venezuela. Ha decidido cuándo flexibilizar sanciones, cuándo reactivar acuerdos energéticos y cuándo permitir que empresas estadounidenses vuelvan a beneficiarse del petróleo venezolano. Cuando los intereses estratégicos de Washington han estado sobre la mesa, las decisiones no se han hecho esperar.
Precisamente por eso, hoy también existe una responsabilidad.
Si Estados Unidos encontró razones para volver a mirar hacia Venezuela cuando necesitó su petróleo, hoy debería encontrar razones para mirar hacia los venezolanos que necesitan ayuda. No bastan los comunicados de solidaridad. No bastan las declaraciones diplomáticas. Venezuela necesita hospitales de campaña, equipos especializados de búsqueda y rescate, plantas eléctricas, medicamentos, agua potable, alimentos, maquinaria pesada y apoyo logístico. Las grandes potencias también se miden por la manera en que responden cuando una tragedia golpea a un pueblo. Si Washington quiere demostrar que su relación con Venezuela va más allá de sus intereses estratégicos y energéticos, este es el momento de hacerlo.
Ese mismo llamado debe hacerse al resto de la comunidad internacional. Los desastres naturales no tienen ideología. Países con experiencia en terremotos, organismos multilaterales y organizaciones humanitarias pueden aportar conocimiento, tecnología y recursos que marquen una diferencia durante las labores de rescate y en la reconstrucción posterior. En momentos como este no debería existir espacio para la indiferencia. Solo debería existir un objetivo: salvar vidas.
Pero la reconstrucción de un país nunca depende únicamente de sus gobiernos. También depende de su sociedad. Depende de sus empresarios, de sus universidades, de sus iglesias, de sus organizaciones sociales, de sus medios de comunicación, de sus artistas, de sus deportistas y de quienes tenemos una voz en las redes sociales.
Las redes pueden convertirse en el mejor aliado de la solidaridad o en el peor instrumento para alimentar la desinformación y el protagonismo. Hoy no necesitamos publicaciones para conseguir más seguidores o más “me gusta”. Necesitamos publicaciones que ayuden a encontrar desaparecidos, organizar centros de acopio, recaudar fondos, movilizar voluntarios y conectar a quienes necesitan ayuda con quienes pueden ofrecerla. Esa es la influencia que realmente importa.
Dentro de algunos meses el terremoto dejará de ocupar los titulares. Llegarán otras noticias y el mundo seguirá adelante. Para miles de familias venezolanas, sin embargo, la tragedia apenas estará comenzando. Habrá hogares que reconstruir, comunidades que levantar y ausencias que nunca podrán llenarse. Entre esas familias está la de mi propio primo. Esa pérdida me recordó que detrás de cualquier estadística siempre habrá un nombre, un rostro y una historia.
Los terremotos duran minutos. Sus consecuencias pueden extenderse durante años. Lo que determinará cómo recordemos esta tragedia no será únicamente la fuerza con la que tembló la tierra, sino la forma en que decidimos responder. El gobierno, la oposición, Estados Unidos, la comunidad internacional y también cada uno de nosotros tendremos que responder una pregunta muy sencilla: ¿estuvimos a la altura del dolor de Venezuela?
Porque los discursos terminan. Las acciones permanecen. Y serán esas acciones, no las palabras, las que escribirán la verdadera historia de esta tragedia.
