Beatriz Becerra | El terremoto en Venezuela no puede servir para perpetuar a Delcy
Venezuela ya era una cárcel antes de que la tierra se moviera. Más de mil cuatrocientas personas fallecidas y decenas de miles sin localizar han quedado atrapadas en otra prisión no menos política: la de los escombros.
Los desastres siempre golpean más fuerte allí donde el Estado sustituye hospitales por consignas y roba hasta las palas y las cuerdas.
Cuando los vecinos escarban con las uñas porque no llegan las excavadoras; cuando las primeras horas decisivas transcurren entre descoordinación, restricciones y ausencia de medios; cuando la unánime ayuda internacional tropieza con obstáculos burocráticos mientras bajo el hormigón todavía se oyen voces, el terremoto deja de ser únicamente una catástrofe natural para convertirse en una prueba profundamente política.
Frente a ese poder que estorba, que bloquea e insulta a su propio uniforme desde el abandono más mezquino, hay otro poder que salva.
Son las manos de los venezolanos. Las manos desnudas que, sin palas ni grúas, no han dejado de apartar vigas, cascotes y bloques de hormigón. Las mismas manos que en julio de 2024 custodiaron las actas electorales frente al último fraude del régimen.
Entonces tomaron las riendas de su destino y defendieron la verdad. Ahora rescatan y consuelan a sus conciudadanos, coordinados desde la misma red de coraje cívico que ahora vuelve a demostrar una organización operativa y moral que Venezuela no había visto en veintisiete años de destrucción.
Mientras tanto, los presos políticos (varios cientos sólo entre los militares) siguen encerrados entre muros tras una amnistía-fraude que ha servido para castigarlos aún más, a ellos y a sus familias y amigos.
El régimen no se conforma con encarcelar cuerpos, sino que encarcela también el duelo. Siempre me ha impresionado la capacidad del chavismo para convertir cualquier circunstancia en un mecanismo de dominación.
Soy la madrina de Leonardo David y Leandro Leomar Chirinos Parra, dentro del programa del Instituto Casla "Apadrina un preso político en el mundo". Leonardo, funcionario de la contrainteligencia militar venezolana, fue detenido y brutalmente torturado en 2020. Utilizado como rehén para obligar a entregarse a su hermano Leandro, sargento de la Guardia Nacional, finalmente ambos fueron condenados y, desde entonces, han sufrido torturas, aislamiento, desapariciones forzadas temporales y continuos traslados entre cárceles.
Leonardo perdió la visión de un ojo a consecuencia de las agresiones, y Leandro llegó a intentar quitarse la vida tras años de aislamiento extremo. Les aseguro que no dejaré de reclamar su libertad y acompañar a Marisela, su madre, que lleva seis años esperando que alguien retire la losa de terror bajo la que un régimen criminal sepultó la vida de sus hijos.
María Corina Machado ha pedido esta semana la liberación de su amadrinado, el preso político militar Adrián de Gouveia, cuya esposa murió sepultada en el derrumbe de su edificio, para que pueda al menos abrazar y proteger a sus hijas huérfanas. Un hombre encerrado por defender la verdad electoral, al que ahora el propio Estado le niega también el derecho a enterrar a los suyos.
Pero lo que viene después de una tragedia es ese viejo reflejo que tiene un nombre: autoritarismo de emergencia. Convertir la ayuda humanitaria en moneda de lealtad política. Delcy Rodríguez, la dictadora interina, decreta el estado de emergencia y se erige en interlocutora ante Washington. Su hermano Jorge, sin cargo oficial alguno en el Ejecutivo, se erige en portavoz para anunciar los nada fiables datos sucesivos. Y Diosdado Cabello, ministro de Interior, decide quién entra en La Guaira.
Detrás de los escombros hay también una cifra que no se cuenta en muertos: doscientos cuarenta mil millones de dólares de deuda acumulada, más del doble de la economía venezolana, que el Gobierno interino reestructurará en julio en el mayor canje de deuda soberana de la historia.
El petróleo vuelve a fluir, pero bajo supervisión estadounidense. Mientras Washington ofrece ayuda, suspende sanciones y despliega buques y aviones, Venezuela se convierte, de facto, en un protectorado tutelado desde el norte.
Pero la calamidad sísmica no va a funcionar como prórroga indefinida de ese trueque de buen comportamiento por reducción de condena del Rodrigato en que se empeñan Delcy y Jorge.
Los venezolanos no confunden una tutela económica de transición con una restauración política, y saben bien que la libertad sigue siendo la condición de posibilidad para que Venezuela vuelva a ser una nación democrática.
La reconstrucción del país es (por desgracia, literalmente) más necesaria que nunca. Tanto como lo es la presencia de María Corina Machado entre los suyos, con su integridad tan asegurada como su liderazgo político indiscutible.
