Valmore Muñoz Arteaga | Volver al corazón. Política para una nueva era
Pensar en una propuesta para enmarcar el hacer político al inicio de un nuevo año me obliga a regresar a un llamado que hizo san Agustín hace mucho tiempo «Volveos, pues, a vuestro corazón». El corazón como categoría filosófica ha despertado poco interés, a pesar de lo que ella implica en la existencia humana. El corazón es el centro. La vinculación del centro con el corazón abre un importante abanico de matices y contenidos que, en el ámbito humano, se relacionan con su naturaleza esencial. Representa la interioridad espiritual, los sentimientos más profundos o vividos con mayor profundidad, el fuero íntimo del hombre; y casi podríamos afirmar que son estos significados los que nos son más próximos y no los de origen técnico-científico.
Siento que los hombres nos hallamos más extraviados que nunca. Apostando por fórmulas de todo tipo y naturaleza planteadas con la mejor buena fe, no me cabe duda, pero dejando por fuera, una vez más, al corazón como elemento fundante, como horizonte que permite abrirnos a una comprensión de la existencia abrazada al misterio, al hombre en su totalidad. Al ver la situación del mundo actualmente, se hace más que evidente la necesidad de que los seres humanos conectemos con una nueva experiencia de interioridad. Atender a san Agustín cuando pide volver al corazón y renunciar a continuar divagando por estos caminos de soledad y errancia que nos abrió la modernidad. Un camino que describe nuestro destierro de nosotros mismos y que ha tejido una poderosa red de confusiones y espesuras donde nos hallamos tropezando, cada vez más alejados de nuestra identidad. Un camino por el cual muchos están interesados en que el hombre siga transitando.
El corazón, en este sentido, se nos ofrece, no solo como una categoría filosófica a considerar, sino como camino para acceder a la fuente, al silencio primario, donde manan las palabras. Las palabras justas nacen en el corazón, pues son fecundadas por el silencio. Espacio en el cual habita la verdad pasivamente esperando el despertar en la palabra para darle forma, para manifestarla en belleza, para sujetarla en su esencia y contribuir activamente en la decisión entre la propia verdad y la mentira. Volver al corazón para fundar un nuevo logos político. Leopoldo Zea resalta al logos como la capacidad para comprender y hacerse comprender; por ello es también palabra que permite expresarse y, al expresarse, hacerse entender, comprender. El logos es al mismo tiempo razón que comprende y palabra que se hace comprender.
Si hacemos caso de Gramsci, entonces tenemos que acordar que la realidad humana se encuentra arraigada orgánica y dialécticamente en el mundo y en la cultura, aunque el dinamismo del espíritu los trascienda. El logos que la modernidad ha impuesto está encapsulado en un antropocentrismo, es decir, como señaló el papa Francisco, el ser humano ya no reconoce su posición justa respecto al mundo, asumiendo una postura centrada únicamente en sí mismo y en su poder. La modernidad no puede alcanzar sus objetivos porque no aprendió a salir y mirar más allá. El logos que la alimentó fue creado por su propia soberbia y su ceguera. Dejó de mirar al cielo para concentrarse en la tierra, en su propio caminar, sin horizonte. Si no hay horizonte, no hay verdad, y si no hay verdad, entonces no hay libertad.
Asumir el llamado de san Agustín de volver al corazón implica un reto tremendo. Replantear nuestra relación con nosotros mismos, con los demás, con el mundo en toda su extensión e interpretación, más aun quien pretenda desarrollarse en el complejo campo de lo político que tiende tanto a alejar al hombre de escenarios amables que permitan apreciar otras esferas de la existencia sacrificadas por una concepción, a mi juicio, errada. Esferas que nos han alejado de la posibilidad de compartir la aspiración de los árboles hacia el cielo, o disfrutar del sigiloso descenso de la noche, o quizás, comprender el ejercicio político a partir de una fresca dinámica estética. Permitir que el resplandor de la belleza abone el camino del encuentro que no es otro que el propio camino de la verdad.
Tomás de Kempis señala que es imperioso buscar pacificarnos primero, antes de pretender hacerlo con los otros, que el hombre que procura la paz es más útil que el muy letrado, que el hombre que se deja dominar por sus pasiones aun el bien lo convierte en mal y ve el mal en todo. Nuevas formas del ejercicio político producto de una vuelta al corazón puede, no me cabe la menor duda, atravesar los abismos más densos y humanamente inseparables, penetrando en los rincones más ocultos de la sociedad. No puede cambiar nada, sino cambia primero el corazón del hombre. Una vuelta al corazón para hacerlo salir de sí mismo, arrebatándolo de la resignación, la conformidad, la mediocridad, el consumismo, en pocas palabras, del miedo a Cristo y a la potencia que se desnuda en los latidos siempre vivos de su Corazón. Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.
