El diario plural del Zulia

Valmore Muñoz Arteaga | Nietzsche en Venezuela

Pocas figuras del pensamiento europeo de finales del siglo XIX calaron tan hondo y de forma tan contradictoria en las letras hispanoamericanas como Friedrich Nietzsche. Su crítica de los ídolos morales y religiosos, su exaltación del individuo creador, su estética trágica y su llamado a una transmutación de los valores llegaron a América Latina como un repertorio de imágenes, actitudes y consignas que cada generación de escritores adaptó a sus propias urgencias. Venezuela no fue la excepción. Entre el modernismo finisecular y las primeras décadas del siglo XX, el nombre de Nietzsche aparece asociado una y otra vez a los escritores venezolanos más inquietos de la época: Manuel Díaz Rodríguez, Rufino Blanco Fombona y José Antonio Ramos Sucre, entre otros.

Nietzsche llegó a Venezuela filtrado por la lectura francesa y, sobre todo, por España, adonde había entrado por Cataluña hacia 1893, según la investigación clásica de Gonzalo Sobejano sobre la recepción del filósofo en el mundo hispánico. El vehículo principal de esa difusión fue el modernismo literario, y en particular la figura de Rubén Darío, quien en 1893 dedicó un artículo de su libro Los Raros a presentar a Nietzsche ante el público hispanoamericano. Darío se dejó seducir por el vigor vital del filósofo alemán, por su valoración estética de la existencia y por su ideal de un hombre superior capaz de sobreponerse a la mediocridad de las masas. Esto fue bautizado que el crítico danés Georg Brandes como radicalismo aristocrático. Ese mismo gesto se repitió en el Uruguay de José Enrique Rodó, cuyo Ariel (1900) dialoga abiertamente con Así habló Zaratustra.

Venezuela participó de esta recepción continental a través de las revistas modernistas de Caracas: El Cojo Ilustrado y Cosmópolis. En sus páginas se reunió un grupo de escritores cosmopolitas, viajados por París, Madrid y Roma, ávidos de las últimas corrientes europeas como el naturalismo de Emile Zola, el esteticismo de Gabriel D’Annunzio y, junto a ellos, el pensamiento de Nietzsche. Fue en ese círculo donde la filosofía del alemán encontró sus primeros lectores venezolanos.

Del universo de nuestros escritores, quizás sea Manuel Díaz Rodríguez el caso más documentado. Distintos estudios sobre su obra señalan que la lectura de Nietzsche dejó huella en sus novelas de tono criollista, en particular en Ídolos rotos de 1901. La novela narra el regreso a Caracas de Alberto Soria, un escultor formado en París que aspira a realizar su ideal de belleza en un país que, a sus ojos, solo puede ofrecerle vulgaridad, mediocridad política y materialismo. El título mismo -una destrucción progresiva de los ídolos del protagonista- resuena con la operación nietzscheana de Crepúsculo de los ídolos, esa demolición de las certezas heredadas que dan paso, aunque sea de forma frustrada, a una afirmación distinta de la vida y del arte. La novela, considerada una de las más pesimistas de la literatura venezolana, no ofrece la superación vital que Nietzsche reclamaba, sino el fracaso del artista frente a una sociedad hostil; pero comparte con el filósofo el diagnóstico de fondo que es la necesidad de romper con los valores gastados de una cultura en crisis.

Junto a las obras de Díaz Rodríguez, tenemos las páginas de Rufino Blanco Fombona. En las cuales el pensamiento del alemán se vuelve también una pose vital. Blanco Fombona construyó una imagen pública de sí mismo como hombre de acción y de letras a la vez, un condotiero de la pluma, según lo describió el crítico Oscar Rodríguez Ortiz, quien no dudó en calificar su ego y su estilo literario de nietzscheanos. Sus propios títulos parecen indicarlo: El hombre de hierro (1907) y El hombre de oro (1915) proponen la figura del individuo forjado por la voluntad, opuesto a la masa y a la mediocridad burguesa que tanto Nietzsche como los modernistas despreciaban. En sus ensayos, Blanco Fombona llegó a describir a los conquistadores españoles del siglo XVI como hombres que, igual que Nietzsche, se habían situado más allá del bien y del mal para realizar sus empresas, en abierta reivindicación del individualismo heroico. Paradójicamente, Blanco Fombona fue, al mismo tiempo, un demócrata declarado enemigo de las dictaduras que asolaban su país; y sin embargo su culto a la voluntad, al hombre superior, a la energía creadora por encima de la norma colectiva, son inequívocamente deudores del repertorio nietzscheano, más como una retórica de la excepcionalidad individual que como una lectura filosófica sistemática.

Un tercer caso que quiero destacar es el de José Antonio Ramos Sucre, poeta y ensayista cumanés. Vinculado a la llamada Generación del 18, que inició en Venezuela el cuestionamiento del modernismo tardío y abrió camino a la vanguardia de 1928, Ramos Sucre cultivó una escritura poblada de mitología, erudición clásica, imaginería onírica y un fuerte sentido de lo trágico. No resulta casual que la crítica lo haya emparentado reiteradamente con Edgar Allan Poe, Charles Baudelaire y el propio Nietzsche. Los tres comparten una sensibilidad fascinada por el abismo, por la desmesura y por una belleza que no rehúye el dolor sino que lo transfigura en forma estética. En Ramos Sucre, la afirmación nietzscheana de la vida, ese pronunciado incluso frente al sufrimiento, la mirada dionisíaca sobre la existencia, va a traducirse en una escritura que convierte el insomnio, la soledad y la conciencia de la muerte en materia de una belleza depurada y casi ritual.

La recepción venezolana de Nietzsche no puede entenderse al margen de la historia política del país. Buena parte de estos escritores vivieron bajo la larga dictadura de Juan Vicente Gómez (1908- 1935), un régimen que convirtió el poder personalista y la voluntad de un solo hombre en principio de gobierno. Resulta significativo que el ideal nietzscheano del individuo superior, del creador de valores por encima de la masa, haya encontrado eco literario precisamente en un país donde la figura del caudillo era una realidad tangible y muchas veces temida. El propio título de Blanco Fombona, El hombre de hierro, puede leerse en ese doble registro, estos son un homenaje al individualismo nietzscheano y, al mismo tiempo, un comentario inevitable sobre el tipo humano que dominaba la vida pública venezolana. Esta tensión, entre el superhombre como ideal estético de autosuperación y el caudillo como su deformación autoritaria, atraviesa de manera larvada buena parte de la narrativa venezolana posterior sobre el poder y la dictadura, incluida la tradición de la llamada «novela del dictador» que en el siglo XX cultivarían autores como Arturo Uslar Pietri en Oficio de difuntos, novela centrada en un caudillo rural inspirado en el propio Gómez. En tal sentido, y luego de este repaso superficial, Venezuela, que vivió gran parte del siglo XX bajo el peso de caudillos y dictaduras, encontró en Nietzsche, al mismo tiempo, un lenguaje para soñar con la superación individual y un espejo incómodo de sus propias formas de poder. Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.

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