Ramón Guillermo Aveledo | Obsesión y resentemiento
Por recomendar en las redes analizar, sin necesariamente endosarlas, las propuestas de qué hacer planteadas por una personalidad política, recibí respuestas positivas unas, discrepantes otras, pero sobre todo una andanada de improperios muy reveladora del ánimo nacional predominante que no es el de discutir, como si supusiéramos que todo está claro, definido y definitivo y solo debe hacerse “lo que yo creo” y punto.
Entre las más agresivas, me llamó la atención la de una persona que sé inteligente y culta, cuya animosidad desconocía pero que noto atrincherada y recurrente. No echa mano a la historia sino a la sicología y habla de “obsesión” y “resentimiento”. Sin darme por aludido porque entre mis defectos que no son pocos, no están esos dos, como lo saben los que me conocen, como venezolano me preocupó por sus implicaciones socio-políticas presentes y futuras.
Según la Clínica de la Universidad de Navarra, obsesión es una perturbación anímica producida por una idea fija, repetitiva e intrusiva que asalta la mente en contra de la voluntad de la persona y le provoca ansiedad o malestar significativo. Y en el diccionario de la Academia Española esperturbación anímica producida por una idea fija o Idea fija o recurrente que condiciona una determinada actitud. Algunos sinónimos de obsesión serían manía, neura, demonio, fijación, fobia, cacalota.
Resentimiento, leo en el portal Psicología y Mente, es el sentimiento permanente de disgusto, enojo o amargura hacia alguien a quien se considera responsable de un daño u ofensa sufrida en el pasado. O de nuevo en la RAE, acción y efecto de resentirse que es “tener sentimiento, pesar o enojo por algo”. Sinónimos de resentimiento son rencor, despecho, resquemor, amargura, encono, odio, animosidad.
De las obsesiones y los resentimientos hay que cuidarse mucho, hoy y siempre. Cada uno personalmente y todos como sociedad. Principalmente porque el obsesionado u obsesionada y el resentido o resentida, no tienen conciencia del mal que los aqueja y al revés, se sienten titulares de un derecho que sus sentimientos mutan en deber.
Sabemos por padecerlo el mal que al país ha producido la obsesión de los que mandan, por conservar el poder sea como sea. Esa obsesión ha tenido efectos muy destructivos para la convivencia, las instituciones y en general la vida de los venezolanos. Y tampoco hay que explicar demasiado las nocivas consecuencias de los resentimientos que desembocan en afanes vengativos insaciables. De eso ya vamos para tres décadas recibiendo dosis masivas.
Y si por algo queremos cambiar es porque no soportamos la obsesión de poder de nuestros poderosos, tan inagotable como resiliente, ni el resentimiento como guía de las acciones u omisiones del poder. El cambio no es sustituir obsesiones u obsesos, como tampoco resentimientos o resentidos.
Nunca estuvimos a salvo de la obsesión de poder o el resentimiento como motor de conductas públicas o privadas, pero en estos veintisiete años los han estimulado con verdadera fruición “los de arriba” con la excusa, sentida o fingida, de ser “los de abajo”. Cuánto este festival de agravios y daños objetivos y subjetivos ha contaminado el alma nacional no lo he cuantificado, pero mucho me temo que bastante más de lo que quisiera y lo que nos conviene.
Humanamente lo comprendo y humanamente me preocupa, porque la intolerancia hoy no es monopolio del poder y en ella uno advierte la “idea fija, repetitiva e intrusiva” y el rencor o la amargura por “daño u ofensa”.
Sea por adicción a sus mieles o por el espejismo de omnipotencia que en lleva a no disfrutar el aroma de la rosa sino a gozar con lo que se puede hacer con sus espinas, se creyeron la mentira propagandística de “Venezuela cambió para siempre” cuando la verdad, aquí y en cualquier país, es que Venezuela siempre cambia.
A la obsesión, los nicaragüenses le dicen cacalota. La idea fija que provoca ansiedad puede llevar a poner una cosa con las mismas vocales y casi las mismas consonantes. Y esosí que sería un negocio terrible para nosotros los venezolanos.
