El diario plural del Zulia

Valmore Muñoz Arteaga | Levantad el rostro

Me tropecé, literalmente, con un post en Instagram que comparte un mensaje de la Madre Félix. El mensaje dice: “Deseo que respondáis plenamente a los signos de los tiempos que piden una mayor santidad vertical para levantar hacia arriba el rostro achatado y caído del mundo que nos toca vivir. Tan bello como Dios lo ha hecho y el pobre se afea de tanto mirar abajo”. Me resultó muy curioso, ya que, en el colegio escogimos el lema «Levantad la mirada» para surcar los mares correspondientes a esta nueva travesía del año escolar. En cuatro líneas, condensa una teología de la historia, una antropología y una espiritualidad. Lo hace con el lenguaje directo de quien ha dedicado la vida a educar. Una sencillez engañosa. Detrás de cada expresión hay una tradición que la sostiene. Mostrar que la intuición de una santidad vertical que levante el rostro del mundo está arraigada en el Evangelio, iluminada por los Padres de la Iglesia, madurada en la mística cristiana y confirmada por el Magisterio.

Si me tocara elegir un solo texto evangélico para comentar la frase de la Madre María Félix, sería el de la mujer encorvada (Lc 13,10-17).  San Lucas presenta a una mujer que durante dieciocho años “andaba encorvada y no podía enderezarse” (Lc 13,11). Jesús la ve, la llama, le impone las manos y le dice que queda libre de su enfermedad; y ella “al instante se enderezó y glorificaba a Dios” (Lc 13,13). La escena contiene todos los elementos de la frase: una humanidad doblada hacia el suelo, un Señor que levanta. El enderezamiento físico se convierte en signo de una liberación más profunda. Y es significativo que Jesús, ante la objeción sobre el sábado, defienda que esa «hija de Abrahán» debía ser desatada: su dignidad antecede a cualquier norma.

San Pablo condensa la dirección de la vida nueva en una fórmula: “Si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios; pensad en las cosas de arriba, no en las de la tierra” (Col 3,1-2). Hay que leer la segunda parte sin dualismos. No se desprecia la tierra, sino que se renuncia a la miopía que la convierte en horizonte último. Y la dirección de la mirada transforma el rostro. Así lo atestigua el Antiguo Testamento, por ejemplo, con el rostro de Moisés resplandecía tras hablar con Dios (Ex 34,29-35), y el salmista afirma que quienes miran al Señor quedan radiantes (Sal 34,6), y lo confirma el Nuevo Testamento: “Nosotros, con el rostro descubierto, reflejamos como en un espejo la gloria del Señor y nos vamos transformando en su imagen” (2 Co 3,18). La belleza del rostro es consecuencia de aquello que se contempla. Quien mira abajo se afea; quien contempla a Dios resplandece. La frase de la Madre María Félix es, en este sentido, una glosa popular de Pablo.

San Gregorio de Nisa es particularmente elocuente. En sus obras sobre el hombre y sobre las bienaventuranzas explica que la imagen de Dios en nosotros es como un espejo que el pecado cubre de barro, y que la tarea espiritual consiste en limpiarlo hasta que vuelva a reflejar la belleza original. Para él, además, esa belleza no es estática. En su doctrina de la epéctasis, apoyada en la imagen paulina de “lanzarse hacia lo que está por delante” (Flp 3,13), el alma crece indefinidamente en su deseo de Dios sin agotarlo jamás. Es la «mayor santidad» de la frase llevada a su consecuencia lógica: no hay techo para el ascenso. San Agustín de Hipona, por su parte, aporta la clave psicológica. Su famosa confesión: “nos hiciste para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti” (Confesiones I, 1), describe el corazón humano como esencialmente orientado hacia arriba. San Agustín comentó con frecuencia, en sus sermones, la mujer encorvada del Evangelio, a quien interpretó como figura del alma curvada por los apetitos terrenos y de la Iglesia que Cristo endereza. Y la liturgia que él conoció conserva la exhortación Sursum corda (levantemos el corazón), que sigue resonando en cada Eucaristía como pedagogía permanente de la verticalidad.

La mística es, en el fondo, la experiencia de que la verticalidad es posible. La conciencia de que el hombre, levantado por la gracia, puede verdaderamente ver a Dios. Los grandes maestros espirituales dan, además, una indicación decisiva: ese ascenso es inseparable del descenso de la humildad. San Ignacio de Loyola es, como es natural en la Madre Félix, el interlocutor más directo. El «Principio y Fundamento» de los Ejercicios Espirituales declara que “el hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor, y mediante esto salvar su ánima” (EE 23): toda criatura se ordena a ese fin y se usa «tanto cuanto» lo ayuda. La orientación vertical está en el cimiento. Pero San Ignacio no es dualista: la «Contemplación para alcanzar amor» (EE 230-237) enseña a buscar y hallar a Dios en todas las cosas y a ver cómo Dios habita en las criaturas. El mirar hacia arriba es, para él, el modo de mirar lo de abajo con ojos nuevos. Santa Teresa de Lisieux, cercana al pueblo sencillo y personaje clave en la espiritualidad de la Madre Félix, aporta una nota imprescindible de realismo. Cuando se sabe pequeña para subir la escalera de la perfección, descubre que “el ascensor que debe elevarme hasta el cielo son tus brazos, oh Jesús” (Manuscrito C, 3r). La santidad vertical no es una proeza de la voluntad, sino dejarse levantar. Es la misma verdad que la mujer encorvada experimenta en el Evangelio, a quien nadie pide enderezarse por sí misma.

El Concilio Vaticano II, por medio de Lumen gentium, en su capítulo V, enseña que todos los fieles, de cualquier estado o condición, “son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad” (LG 40), y añade que esta santidad promueve, incluso en la sociedad terrena, un modo de vida más humano. El texto conciliar legitima el tono de esta frase. Pedir una mayor santidad no es privilegio de monasterios, y esa santidad tiene efectos sobre el rostro del mundo. El Catecismo recoge la misma doctrina (CCC 2013) y recuerda la dignidad de la persona (CCC 356-357; 1691). El Papa Francisco, en Gaudete et exsultate, insistió en que cada uno está llamado a ser santo en su propio camino, con la gente ordinaria que lo rodea (GE 7 y 14), mientras que, en Evangelii gaudium, diagnosticó la tristeza individualista como riesgo del mundo actual (EG 2). Una descripción casi literal del «rostro caído». En continuidad con esta línea, León XIV ha vuelto a recordar, en la exhortación Dilexi te, el lugar central de los pobres en la vida de la Iglesia. El Magisterio reciente, en suma, une lo que la frase une, es decir, elevación de la mirada y cercanía a los pequeños.

Esta imagen que nos ha presentado la Madre Félix en sus palabras, adquiere hoy un relieve que ella tal vez no previó. Es difícil no pensar en las cabezas inclinadas sobre las pantallas, en el aplanamiento de los vínculos, en la prisa que ya no tiene tiempo de levantar los ojos. Conviene advertir que esta aplicación es nuestra, ya que la frase no habla de tecnología, y sería injusto atribuirle una crítica que no formuló. Pero la intuición de fondo se confirma. No es lo mismo vivir mirando hacia dentro de una pantalla que hacia el rostro de Dios y de los demás, y la forma en que miramos configura lo que llegamos a ser. Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.

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