Walter Molina | La transición venezolana no puede construirse sobre el silencio
Los venezolanos llevamos muchos años enfrentando a una tiranía criminal que reúne todos los elementos de los peores regímenes que hemos sufrido en nuestra corta historia republicana: barbarie, terror, cleptocracia, ineptitud, nepotismo, hiperinflación, destrucción de los servicios públicos, expropiaciones y un largo etcétera. Casi dos generaciones enteras sufriendo el flagelo chavista.
Y enfrentándolo, porque el venezolano hizo –casi– todo lo que podía: marchó, gritó, denunció dentro y fuera del país, cerró calles, enfrentó con piedras y escudos de madera a policías y militares que disparaban balas; votó, defendió el voto y demostró su victoria; también dejó de votar, dejando vacíos los centros electorales cuando los procesos fueron una farsa. Nos unimos y, con un liderazgo poderoso, creamos el mayor movimiento cívico de nuestra historia, cuyo punto culminante fue el 28 de julio de 2024.
Pero hubo una sola cosa que no hicimos: enfrentar con armas a la tiranía. No lo hicimos porque el venezolano no es así. Nuestra historia reciente lo demuestra. Y es, también, uno de los motivos por los cuales nunca tuvieron sentido aquellos ridículos análisis que vaticinaban una “guerra civil” en el país.
Por ello, muchos estuvimos durante años diciendo que “no podíamos solos”. No era, desde luego, una declaración de debilidad ni de victimismo. Es que una población desarmada, aun cuando el 90% –o más– de ella quiera la libertad, tiene muy difícil conseguirla si millones de sus ciudadanos se fueron del país y si quienes la someten no solo utilizan las armas de la República para perseguir, secuestrar, desaparecer, atemorizar, torturar y asesinar, sino que, además, cuentan con el apoyo de otras autocracias y de organizaciones armadas como el ELN y las disidencias de las FARC, además de redes vinculadas con Hezbollah.
Por eso, entonces, llegó el 3 de enero. Pasó lo que, a pesar de los propagandistas que decían que “todo era humo», se podía asumir que pasaría luego de semejante despliegue estadounidense en el mar Caribe. Y ese día, de algarabía para los venezolanos –incluso para aquellos que, dentro del país, no pudieron celebrar por miedo–, es el que hoy, casi diez meses después, nos tiene todavía hablando de la posibilidad de una transición… que no se ve del todo clara, pero que es posible porque ocurrió aquello.
Leo, eso sí, a algunos buenos amigos y conocidos, varios de ellos muy respetados y con un nivel intelectual extraordinario, asumir que, desde enero, el silencio impuesto por la tiranía del hoy depuesto y preso Nicolás Maduro debe ser sustituido por otro silencio, esta vez ante «el plan de Estados Unidos», porque ellos “pusieron la mesa”. Es extraña esa forma de entender la democracia a la cual, ciertamente, todavía no hemos llegado. Y no lo digo negando que, en efecto, son ellos quienes mandan. Los tutores o, mejor dicho, los directores de la orquesta. Pero pedirle silencio a un pueblo que ha sufrido tanto es, cuanto menos, cruel y, políticamente, poco inteligente. Porque una de las garantías del éxito de una transición hacia la libertad es que la sociedad se sienta así… libre.
Las transiciones, todas diferentes entre sí, aunque puedan compartir elementos, ciertamente son complejas. También pueden ser lentas –o no– y, desde luego, responden a condiciones propias de cada país y de cada momento histórico. La de Venezuela, suponiendo que sí es una transición, está ocurriendo bajo un plan que, como hemos leído y escuchado cientos de veces durante este tiempo, consta de tres fases. Un plan cuyo marco conceptual podría encontrar sustento en lo desarrollado por el politólogo Samuel P. Huntington, quien, palabras más, palabras menos, advertía sobre la importancia del orden político y la institucionalización para la estabilidad de los sistemas políticos. De allí la lógica de reconstrucción institucional previa a la consolidación democrática, aunque, claro, el riesgo es que esa gradualidad termine fortaleciendo al autoritarismo que pretende superar.
Marco Rubio así lo ha planteado. Por eso impulsó un espacio de ¿negociación?, ¿trabajo?, ¿diálogo? entre los representantes de la tiranía interina, encabezados por el hermano de la inelecta, y los representantes de la Asamblea Nacional de 2015, liderados por Dinorah Figuera. Un espacio que debe darle un “piso mínimo” institucional a la transición: un nuevo TSJ, un nuevo CNE, el levantamiento de inhabilitaciones, la devolución de las tarjetas de los partidos a sus legítimos miembros, garantías políticas y ciudadanas y, claro está, un cronograma electoral.
Este espacio comenzó a funcionar “oficialmente» a inicios de agosto. Ahora mismo, mientras escribo –y mientras usted lee–, se desarrolla la tercera ronda de esas negociaciones. Y hasta ahora, los resultados concretos siguen siendo insuficientes.
Entonces surgen las válidas críticas y es allí donde, de nuevo, aparecen quienes piden, de forma disfrazada, silencio y también nos recuerdan que “las transiciones son lentas”. Lo primero es inaceptable y lo segundo comienza a ser cada vez menos un argumento y más una excusa, dado que no llevamos diez días desde el 3 de enero, sino casi diez meses.
Y si ambos lados de la mesa están tutelados, la negociación no debería encontrar tantas trabas. Y, si las encuentra, las destraba quien dirige esa sinfonía.
No se le puede pedir a una ciudadanía activa que no diga nada si todavía hay 400 presos políticos, si el aparato represivo-criminal y las leyes de terror siguen vigentes, si los criminales pasean por las calles mientras la líder del país sigue sin poder regresar, si la economía de las familias van a contramano de la macroeconomía del país.
No se le puede pedir al venezolano que no exija una fecha para las elecciones presidenciales cuando ello es, simplemente, una demostración del talante democrático de una sociedad que, a pesar de llevar casi tres décadas sin disfrutar plenamente de democracia y libertad, las desea. Las anhela. Y ha luchado por ellas. Y, sobre todo, no se puede condenar a la gente que se expresa en las calles y en las redes solo por hacerlo. No se pueden usar las mismas palabras que utilizan los chavistas, sus mercenarios y sus propagandistas, y luego pedir un voto de confianza. No. No se puede.
Quien sacó a Maduro del poder fue Estados Unidos. Y desde entonces, nuestro destino está regido, en buena medida, por lo que allá en Washington decidan. Pero se trata de eso: de NUESTRO destino. De Venezuela. De los venezolanos. El hambre, el dolor, la separación, los miedos, los presos políticos… son nuestros. Los sentimos nosotros. Y por eso queremos ponerles fin.
Quisiéramos lograrlo mañana, pero sabemos que no es probable. Lo que no es lógico es que nos quieran vender como correcto que pueda ocurrir dentro de dos, tres, cinco o diez años. No podemos aceptarlo.
Hoy nos dicen, algunos desde una comodidad de la que carecen casi todos los venezolanos, que “estamos mejor que el 2 de enero”. Y es cierto. Absolutamente. Pero pasar del sótano 20 al sótano 10 no significa que todo se arregló.
Y el punto es que, para llegar a la planta baja y de ahí comenzar a subir, necesitamos ponerle fin a la barbarie que nos hizo caer al subsuelo del mundo. No se puede lograr con ellos allí. Ya se han dado cuenta muchos, incluyendo a los inversores, aun cuando los propagandistas –que hoy no solo son de izquierda, sino también algunos que dicen ser de “derecha radical”– traten inútilmente de vender lo contrario, como también inútilmente buscan blanquear a Delcy Rodríguez.
No estamos exigiendo nada ilógico. Estamos exigiendo una fecha para las elecciones presidenciales, un gobierno legítimo y, caminando de la mano con Estados Unidos –nuestro tutor de hoy y mañana, como lo fue históricamente, nuestro principal aliado–, reconstruir la República que el chavismo entero, los que están y los que ya no, destruyó.
Reconstruir toda nuestra nación, con trabajo y organización, así… como un enjambre de abejas.
* Tomado de Substack
