El diario plural del Zulia

Valmore Muñoz Arteaga | Alzad la mirada

Cuando la Sala de Prensa de la Santa Sede dio a conocer el lema del viaje apostólico de León XIV a España, del 6 al 12 de junio de 2026, propuso un imperativo profundamente meditado. «Alzad la mirada» fue el lema que nos recuerda una orden, en segunda persona del plural, pronunciada primero por Jesús junto a un pozo de Samaria y recogida ahora, veinte siglos después, para una Iglesia y un hombre concretos. Ese hombre eres tú. En un tiempo marcado por la fragmentación del vínculo social, por lo que los propios responsables de la organización del viaje describieron como una indiferencia que es necesario atravesar, la Iglesia ofrece un gesto. Levantar los ojos.

El cuarto evangelio sitúa la escena con detalle casi geográfico. Jesús, cansado del camino, se sienta junto al pozo que Jacob diera a su hijo José, hacia el mediodía, a las puertas de la ciudad samaritana de Sicar (cf. Jn 4, 3-6). Es una escena de sed. La sed del propio Jesús, que pide de beber a una mujer llegada a sacar agua, y la de ella, que arrastra -lo revela el diálogo- una vida marcada por sucesivas rupturas afectivas. El intercambio avanza en varios niveles de malentendido fecundo. Jesús habla de un agua viva y ella entiende, primero, agua corriente; Jesús se revela como quien puede dar un agua que se convierte en manantial que salta hasta la vida eterna; la conversación deriva después hacia la cuestión del lugar verdadero del culto -el monte sagrado de los samaritanos frente al templo de Jerusalén- y Jesús la resuelve elevando también aquí la pregunta, al anunciar que ha llegado la hora en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad. Sigue una de las revelaciones más densas del evangelio. Al confesarle la mujer su espera del Mesías, Jesús le responde con la fórmula «Yo soy, el que habla contigo» (Jn 4, 26), que recoge deliberadamente el nombre divino revelado a Moisés en la zarza.

La mujer deja el cántaro, ya que ha encontrado un agua mejor que la del pozo, y corre a la ciudad a anunciar lo sucedido. Es en ese instante, mientras los samaritanos comienzan a salir de Sicar y a cruzar los campos en dirección a Jesús, cuando regresan los discípulos con la comida y le urgen a comer. Jesús responde que tiene un alimento que ellos no conocen, que su comida es hacer la voluntad del que lo ha enviado y llevar a término su obra. Y entonces, mirando hacia el horizonte por donde avanza la multitud samaritana, pronuncia el versículo que ha dado título al viaje de León XIV: «Alzad los ojos y mirad los campos, que ya blanquean para la siega.» (Jn 4,35). ¿Qué significa alzar la mirada? Sobre la mirada, sobre este fenómeno humano, la filosofía ha dicho tanto, desde Platón que la describe como acto de ascenso desde la apariencia hacia la verdad; pasando por San Agustín que la señala como acto de retorno de la verdad al interior del alma para que, de ese modo, esa verdad trascienda al sujeto; hasta llegar a Buber o Levinas quienes concluyen que el otro no es un objeto que observo, sino una presencia que me interpela éticamente y me reclama responsabilidad. Sin embargo, desde mi perspectiva, León XIV al recordarnos este imperativo de Jesús, seguro pensaba en estas cuestiones, pero también iba un poco más allá, o quizás, más acá.

El Papa no habla de la mirada simplemente, pide que la alcemos. El gesto de alzar los ojos no es un hallazgo aislado de Juan 4. Este gesto recorre la Escritura como una de sus imágenes más constantes para describir el paso de la desconfianza a la esperanza, del encierro a la promesa. A Abrahán, todavía sin descendencia, Dios lo saca fuera de la tienda y le ordena mirar, desde donde está, hacia los cuatro puntos cardinales, y en otro pasaje lo invita a levantar los ojos hacia las estrellas para medir en ellas una promesa que ninguna aritmética humana alcanzaría a sostener (cf. Gn 13, 14; 15, 5). En ambos casos, alzar la mirada es el gesto previo a recibir una promesa que la razón, por sí sola, no habría podido calcular. El salterio recoge el mismo movimiento en uno de los cánticos de peregrinación más conocidos, aquel que comienza confesando que el auxilio del orante viene del Señor que hizo el cielo y la tierra, y que se abre precisamente con la imagen de unos ojos que se levantan hacia los montes (cf. Sal 121, 1-2).

Detrás de todas estas escenas hay una antropología muy precisa, que los Padres de la Iglesia y, más tarde, la teología medieval desarrollará bajo la fórmula de la elevatio mentis in Deum, la elevación de la mente hacia Dios. La convicción de que el ser humano, dejado a su propia inercia, tiende a encorvarse sobre sí mismo. La tradición que comienza con San Agustín describe el pecado como un amor propio desordenado, un alma que se cierra sobre su centro; la teología posterior resumirá esa imagen con la fórmula del corazón encorvado sobre sí. La conversión es, leída desde esta clave, ante todo una reorientación de la mirada que va de lo bajo a lo alto, de lo inmediato a lo definitivo, del yo cerrado al horizonte de Dios y del hermano. «Alzad la mirada» hereda, por tanto, toda esta corriente, así que no se trata de una metáfora ocasional, sino del resumen de una entera pedagogía bíblica de la esperanza.

Ahora bien, si hay una espiritualidad católica que ha hecho del acto de mirar el eje mismo de su método, esa es la ignaciana. Se trata del primer gesto que San Ignacio de Loyola pide practicar a quien hace los Ejercicios Espirituales. Antes de cada meditación evangélica, San Ignacio pide al ejercitante una operación muy concreta que llama composición viendo el lugar; es decir, construir con la imaginación la escena y situarse dentro de ella, pero no como espectador sino como uno más de los personajes. A esa composición se añade después la aplicación de los sentidos, esto es oler, tocar, escuchar, gustar lo que la escena contiene, para que el Evangelio deje de ser un relato ajeno y se convierta en un lugar habitado por quien ora. El método ignaciano comienza, pues, exactamente donde comienza el lema papal. Se trata de un acto de mirada activa, deliberada y entrenada, que no da por supuesto lo que ve, sino que se dispone a verlo de nuevo. La travesía que San Ignacio marca, en este caso, a partir de la mirada culmina en la contemplación del amor. Una contemplación que brota de la conciencia de que el amor se pone más en las obras que en las palabras, y que el amor consiste en comunicación mutua entre quien ama y quien es amado. De tal manera que, alzad la mirada también con categorías ignacianas no fuerza el lema con una tradición ajena, la agustina de León XIV, sino que lo ilumina con una de las escuelas espirituales que, dentro de la misma Iglesia católica, con mayor detalle ha pensado y practicado ese gesto concreto.

Los venezolanos estamos atravesando un momento histórico muy espeso, complejo y difícil. Hay en nuestro corazón mucha indignación y disgusto, pero si miramos bien dentro de él, hay algo que siempre es mayor. Alzar la mirada implica volver al corazón para contemplar una verdad superior. Esa verdad que nos supera, nos muestra un camino para crecer, para acercarnos a la otra orilla, nos repite algo que, como humanidad, no hemos comprendido del todo: el odio no puede tener la última palabra. Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.

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