Beatriz Becerra | Los amigos son las personas que nos recuerdan quiénes fuimos
La amistad adulta rara vez muere de golpe. Con frecuencia la dejamos morir nosotros a fuerza de aplazar una llamada, una comida, un viaje. No existe una pelea que señale el final ni una despedida que permita guardar luto. Simplemente llega un momento en que descubrimos que alguien que conocía nuestros pensamientos, nuestras contradicciones y hasta nuestras versiones más antiguas, ya no sabe más de nosotros que lo que dejamos en una pantalla.
Durante la infancia y la juventud, las circunstancias hacen buena parte del trabajo. El colegio, la universidad y los primeros empleos nos ponen delante de las mismas personas una y otra vez. La repetición crea familiaridad, y la familiaridad puede convertirse, casi sin que lo advirtamos, en intimidad.
Después llega la vida adulta y aquella arquitectura desaparece.
Cambiamos de ciudad, de trabajo, de pareja. Llegan los hijos, las obligaciones, los padres que envejecen, los proyectos y el cansancio. Las agendas se llenan mientras el tiempo compartido se vuelve escaso. Entonces la amistad deja de ser consecuencia de coincidir y exige una decisión. Llamar. Desplazarse. Encontrar un hueco. Insistir después de meses de silencio. Entender que durante una temporada será uno quien tire de la relación y, más adelante, quizá tenga que hacerlo el otro...
Hannah Arendt, a quien vuelvo cada vez que necesito entender algo, sostenía que la amistad no es únicamente intimidad, sino también conversación sobre el mundo, la posibilidad de mirarlo desde una perspectiva que no es la nuestra.
El amigo no solo nos conoce, nos ayuda a ver. Por eso, perder una amistad antigua significa perder una mirada que no puede sustituirse. Es perder a alguien que recuerda cosas que nosotros hemos olvidado, y, sobre todo, a alguien que conserva versiones de nosotros que ya no existen.
Un amigo de hace treinta o cuarenta años es un testigo de nuestra vida. Ha conocido nuestras expectativas antes de saber si se cumplirían, nuestras inseguridades antes de aprender a ocultarlas, nuestras equivocaciones antes de que pudiéramos convertirlas en experiencia. Cuando hablamos con esa persona, a veces reaparece una versión nuestra que creíamos perdida.
Por eso quienes siguen ahí adquieren un valor que quizá solo comprendemos con los años. No necesariamente son las relaciones más fáciles ni aquellas en las que nunca existieron desencuentros. Son las que encontraron una manera de atravesar nuestras transformaciones sin dejar de reconocerse. Esa es la razón por la que algunas amistades se convierten, con el tiempo, en auténticas gemas biográficas.
Los que formamos parte de esa colectividad que se ha dado en llamar “silver” hemos recibido una promesa muy atractiva sobre la madurez. La sociedad ha construido un relato luminoso hecho de longevidad activa, conocimiento, viajes y reinvención. Todo eso puede ser cierto. Pero existe otra cara, menos brillante, de esa edad de plata que también se deslustra.
Hacerse mayor no consiste solo en sumar experiencias, sino en empezar a perder personas, y no únicamente por la muerte. También porque algunas se van desdibujando sin que medie ninguna despedida. Esa sospecha trae un temor nuevo, distinto del miedo genérico a la pérdida. Es el temor concreto a perder precisamente a quienes han permanecido, a los que ya demostraron que estarían ahí.
El tiempo no solo nos concede nuevas posibilidades, también empieza a llevarse personas, no siempre mediante la muerte. Algunas desaparecen lentamente de nuestras vidas. Otras siguen vivas, pero pertenecen ya a un mundo al que nosotros apenas tenemos acceso. Y algunas, inevitablemente, un día dejarán de estar.
Cuanto más valiosa es una amistad, más inquietante resulta imaginar su ausencia. No porque no podamos seguir adelante, sino porque sabemos que nadie ocupará exactamente ese lugar. Nadie tendrá esos recuerdos. Nadie podrá reconocer en nosotros a aquella persona que fuimos.
Entonces aparece un temor que quizá no conocíamos cuando éramos jóvenes: el miedo a perder a quienes han conseguido permanecer cerca.
Desde luego, no todas las amistades perdidas son un fracaso. Algunas pertenecieron a una etapa y terminaron cuando tenía que terminar. Otras se rompieron por razones que hacen necesaria la distancia. Pero la pérdida que resulta mucho más difícil de asumir es la de aquello que no terminó porque dejara de importarnos, sino porque fuimos dejando para mañana lo que todavía importaba.
Porque una amistad de décadas no es una costumbre, es una elección que dos personas han renovado muchas veces sin necesidad de pronunciarla. Guardan algo que nadie más puede custodiar: las versiones de nosotros mismos que ya no existen en ningún otro archivo. La adolescente que fuimos, el veinteañero inseguro, la persona que tomó aquella decisión que después cambió todo. Cuando desaparece un amigo así, desaparece también uno de los pocos testigos capaces de confirmar que aquella versión nuestra fue real.
Y es que quizá el verdadero lujo de hacerse mayor consista en mirar alrededor y descubrir que todavía quedan personas capaces de recordar quiénes fuimos, reconocer quiénes somos y tener curiosidad por saber quiénes seremos.
