Rodrigo Rivera Morales | La crisis de los partidos políticos
Vivimos una crisis profunda de los partidos políticos, percibidos a menudo como organismos desconectados de la ciudadanía, centralizados en unos pocos líderes, mercantilizados y rentistas del poder. Debemos recordar que en el sentido moderno los partidos políticos se estructuran sobre la base de la afirmación de la soberanía nacional y la consolidación de los parlamentos como espacios representativos del poder popular esto conllevaba la necesidad de organizar y sistematizar las diversas posturas ideológicas en torno a estructuras estables: los partidos políticos. En este sentido, los primeros atisbos se observaron en el seno del Parlamento británico con la aparición de los whigs, defensores del poder parlamentario, y los tories, más afines a la prerrogativa real.
El análisis de la situación actual de los partidos políticos, revela una profunda crisis de representación y confianza, tanto a nivel interno como en su relación con la sociedad. Los partidos políticos, que tradicionalmente han sido los intermediarios fundamentales entre la ciudadanía y el poder estatal, se encuentran hoy en una encrucijada que amenaza su propia relevancia. Esta crisis es especialmente visible en su alejamiento progresivo de las demandas ciudadanas, en su burocratización y centralización, y en su incapacidad para adaptarse a las nuevas formas de participación política que la sociedad exige.
Uno de los elementos más importantes de esta crisis radica en la desconexión entre los partidos políticos y la ciudadanía. Se dice que los partidos políticos han perdido interés en la sociedad, pero no han perdido interés en el poder, son cada vez más poderosos. Este distanciamiento refleja cómo los partidos se han convertido en organizaciones centradas en la gestión del poder, priorizando sus propias estructuras internas y sus vínculos con el Estado y los medios de comunicación, a expensas de la verdadera representación de los ciudadanos. Esto se ve agravado por el hecho de que, en lugar de depender de la militancia para movilización y recursos, los partidos políticos ahora prefieren financiarse a través del empresario, encapsulándose aún más en sus posiciones de poder.
Es evidente que crisis de los partidos políticos como fenómeno estructural y contemporáneo afecta a las democracias liberales en todo el mundo. No se trata de un bache coyuntural, sino de una pérdida profunda de conexión entre las organizaciones políticas y la ciudadanía. La burocratización de los partidos es otro factor central en esta crisis. Los partidos actuales han adoptado un modelo jerárquico, centralizado y verticalista, lo que ha reducido la participación activa de la militancia y ha concentrado el poder en manos de las élites partidarias. En este sentido, repetidas veces se manifiesta que la crisis actual es más bien de representación política. La desconfianza en intermediadores tradicionales ha conducido a un rechazo visceral de la política, políticos y de los partidos.
Los partidos políticos al adoptar estructuras internas muy jerárquicas, centralizadas y rígidas, minimiza a la democracia, puesto que concentra el poder en pequeñas élites o aparatos de dirección, limitando la participación real de la militancia de base. Obvio, que esto desconecta, generando una brecha creciente entre las demandas sociales de la ciudadanía y las decisiones que toman los representantes públicos. Muchas formaciones funcionan más como maquinarias electorales para retener el poder que como canales genuinos de expresión ideológica. Se trasforman en aparatos clientelistas lo que conduce a la hiper-burocratización, para satisfacerlas más gasto público, mayor deuda y más impuestos. Lo más grave, es que la desconexión con la ciudadanía les impide ver la dinámica socio-económica.
No hay dudas que la ciudadanía se aleja de los partidos. Los Indicadores como el descenso en la afiliación partidista, la menor participación electoral y el aumento del descontento reflejan un escepticismo generalizado hacia las instituciones. Casos recurrentes de corrupción e ineficacia han erosionado la credibilidad del sistema.´
Por otro lado, en el escenario político actual -marcado por la mediatización y la crispación-, el relato o narrativa, incluso hay quienes exhiben su impudor como es el caso del grotesco Diosdado o el alacrán Bernabé, o el uso del ataque personal suelen imponerse sobre los debates programáticos y el interés general. Esta crisis ha dado pie al surgimiento de movimientos altamente personalizados en torno a figuras carismáticas, cuya estabilidad a menudo se diluye cuando el líder desaparece o falla en su gestión. Debe tenerse presente que el vacío dejado por los partidos clásicos suele ser ocupado por discursos anti status quo o propuestas simplificadoras que prometen soluciones rápidas a malestares complejos.
No abrigamos ninguna duda que que los partidos, tal como fueron concebidos en el siglo XX, bajo a idea del centralismo democrático, necesitan una profunda transformación democrática interna, mayor transparencia y una conexión real con los problemas cotidianos de la sociedad para no convertirse en estructuras vacías. En Venezuela hemos vivido una experiencia trágica que debe hacer reflexionar a los que apuestan a la política, a cambiar sus estructuras mentales organizativas, su relación con la ciudadanía, apertura al pluralismo y al diálogo respetuoso. Debe partirse que nadie tiene la verdad,
