Fernando Mires | ¿Por qué perdió Trump?
No fue una derrota. Fue una debacle. En ese punto parece haber unanimidad entre los opinadores internacionales.
En las elecciones de medio tiempo es normal que el partido del presidente baje escalafones, en una de las dos casas representativas, o en las dos. Son al fin los desgastes propios a cada gobernabilidad. Y eso pasa no solo en EE UU, también en otros países del hemisferio occidental. Pero por lo general no se trata de caídas descomunales como fue la experimentada por el gobierno Trump el 3-N del 2026.
La cantidad de votos obtenida por la ola azul fue impresionante. Como en todo gobierno populista, y el de Trump lo es, la reprobación no fue dirigida en contra del partido del presidente sino en contra de su persona. Fue, guste o no, un plebiscito, no solo sobre el gobierno de Trump, sino también sobre Trump como persona política.
Más que una derrota del Partido Republicano -personeros republicanos han visto la derrota como una chance para recuperar su identidad política conservadora, tan maltratada por Trump y sus amigos- la de Trump fue también una derrota del movimiento MAGA, una fuerza política y social de carácter revolucionario cuyo objetivo era modificar el sistema político de la nación.
Eso quiere decir –puede ser también una buena noticia– que Trump, desde el 3-N, ya no será visto como el líder que conduce a un pueblo hacia una meta histórica, sino un gobernante más en la historia política de los EE. UU. Trump, con su derrota, ha perdido su aura. Los perdidos votos, de una manera u otra, podrían ser en parte recuperados. Pero la mística, esa que otorga a Trump un significado mesiánico, se ha venido al suelo. Y sin esa mística, no hay MAGA. Para hablar en los términos del boxeo, Trump no perdió por puntos. Perdió por KO.
J. D Vance y el mismo Trump han intentado “causalizar” la derrota explicándola como una consecuencia de la guerra de los EE. UU en contra de Irán. Pero, la verdad es que, por mucho que nos esforcemos, no encontramos una relación directa entre esa guerra y el resultado electoral. La guerra a Irán no fue, no es, ni será como la guerra a Vietnam: una de larguísima duración. Cuando más un episodio al que el mismo Trump intenta dar un significado ocasional.
Hay muy pocos estadounidenses que simpatizan con “la causa iraní” como sí hubo muchos que simpatizaron con la “causa vietnamita”. Tampoco, como en Vietnam, están muriendo soldados americanos en masa. Recordemos de paso que, durante J. F. Kennedy, la guerra en Vietnam alcanzó sus momentos más luctuosos, pero el presidente nunca perdió popularidad. En cambio Nixon fue muy impopular a pesar de que la guerra en Vietnam terminó durante su mandato. Parece ser cierto entonces que lo que menos interesa a los electores cuando votan, es la política internacional.
Para muchos, las guerras son impopulares solo cuando tocan el bolsillo. Vance, mucho más ideólogo que Trump, ignoró esa razón. No así Trump, cuyo pensamiento está determinado en un cien por ciento por la razón económica. Por eso se apresuró a agregar: “La guerra a Irán fue determinante en las elecciones porque el cierre del estrecho de Ormuz hizo que la gasolina subiera a corto plazo”. Sin embargo, una mirada atenta al fenómeno, nos muestra que tampoco fue así.
Hacia fines de 2025 las encuestas situaban la aprobación de Trump en torno al 30%, arrastrada por la insatisfacción con la economía, los abitrarios aranceles, la inflación contínua y el rechazo a las políticas migratorias. Este solo hecho, a saber, que la desaprobación a Trump ya era alta antes de que emprendiera su aventura en el Oriente Medio, la guerra a Irán solo aceleró pero no determinó el descontento de la población. Si así fue, podríamos entender esa guerra de un modo muy distinto a como lo entiende la opinión especializada. No fue tanto la guerra de EE UU a Irán el único hecho que determinó el descontento de la ciudadanía con el gobierno, sino al revés: fue el descontento de esa ciudadanía lo que llevaría a Trump a hacer lo que muchos gobernantes autoritarios hacen cuando baja su aprobación: intentar reconquistar mediante una guerra la aprobación nacional.
Según la opinión de Trump, la guerra a Irán debería ser fulminante, algo similar a lo ocurrido en Venezuela con la erradicación de Maduro. Incluso, en su descontrolado ego, llegó a la conclusión de que matando al gobernante iraní, el pueblo iraní iba a salir a las calles a bailar salsa, como imaginó que lo estaba haciendo el pueblo venezolano después del rapto de Maduro. Cuando ocurrió lo contrario, y los iraníes, incluyendo los opositores, salieron a demostrar en las calles de Teherán en contra de los EE.UU, Trump dejaría de entender al mundo terminando por culpar a los gobiernos europeos de no haberlo apoyado en su absurda guerra a Irán.
Con el distanciamiento con respecto a Europa -aquí vemos moverse las siniestras manos de Vance- Trump optaría por traicionar a Ucrania, y de hecho a Europa, para concertar una alianza con la Rusia imperial de Putin.
Eso no quiere decir, por supuesto, que la guerra a Irán y las consecuentes distorsiones económicas que ha generado no hubiera tenido importancia en el acelerado descenso de la popularidad de Trump. Por eso es que vemos la guerra de Irán más bien como un hecho desencadenante y no determinante.
La diferencia es importante pero no ha sido entendida por muchos analistas. Un error que tiene que ver con la todavía mantenida tesis newtoniana relativa a que todo hecho obedece a una causa. Por eso la historiografía tradicional nunca ha logrado ponerse de acuerdo acerca cómo fue posible que en Alemania hubiese ocurrido lo que ocurrió a partir de 1939 cuando Hitler provocó una guerra mundial, o que en Rusia hubiese ocurrido lo que ocurrió a partir del 2014, cuando Putin se apoderó de Crimea, desestabilizando las relaciones políticas de toda Europa. Los historiadores del presente (eso deben ser los analistas políticos) han querido buscar “la causa” del descenso de Trump. Pero puede ser que esa causa no sea una, sino muchas. O mejor dicho, las causas no son extra-determinantes sino inter-determinantes.
Lentamente los “causólogos” comienzan a entender que un hecho puede obedecer a una realidad policausal, o más todavía: que en muchas ocasiones la causa no existe fuera de un fenómeno pues es el fenómeno mismo el que genera sus propias causas. La diferencia entre fenómeno y causa, vista así, pasaría a ser solo formal. Para poner un ejemplo muy conocido: no estaba escrito en ninguna parte que en la Polonia de los años ochenta una simple huelga en los astilleros en Dancing iba a poner fin a la dictadura comunista del país, generando un movimiento llamado Solidarnosc cuyo ejemplo serviría de guía a los actores que derribaron el poder de la URSS en Europa durante 1989-1990.
La caída del comunismo, mirando los sucesos desde una perspectiva macro histórica, comenzó en diciembre de 1980 con la revolución desencadenada por un electricista y sus amigos, quienes solo se proponían aumentar los salarios, pero jamás cambiar a Europa y al mundo. Pero no vamos tan lejos. En las recientes elecciones habidas en Serbia, el candidato de Putin, Aleksandar Vucic, a quien todos daban como favorito, fue derrotado en las elecciones presidenciales por un candidato del movimiento estudiantil surgido en el 2024, como consecuencia de la caída de una marquesina de hormigón frente a la estación de Novi Sad, la segunda más importante del país. Ese accidente podría haber ocurrido en otro momento, en cualquier parte, pero ocurrió justamente en un periodo en el que los estudiantes protestaban en contra de la corrupción del gobierno. Cualquier opinador causalista habría dicho: sin la caída de esa marquesina el gobierno habría perdurado. Pero ese accidente, objetivamente, no fue la causa del triunfo democrático electoral, sino un conjunto de razones, entre ellas, el alza de los precios alimenticios, la constante inflación, la indigna sumisión del gobierno a una dictadura extranjera como la de Putin la que terminó por despertar un sentimiento nacionalista, no solo entre los estudiantes. El accidente de la estación fue un punto que precipitó la unidad democrática nacional en contra del gobierno de Vucic. La caída de la marquesina fue, si se prefiere, la causa desencadenante (o detonante) entre una multitud de causas cruzadas entre sí.
Con relación a la debacle de Trump, hay quienes disputan señalando que, más que la guerra a Irán (la marquesina de Trump), las razones principales hay que buscarlas en la corrupción, en la baja de la calidad de vida, en la inflación, en la insoportable prepotencia del presidente, etc. Cada una puede ser la causa, pero sola, ninguna. La debacle de Trump debe ser investigada entonces en el conjunto donde cada causa está unida con la otra, en un inseparable enjambre. La causa no está en los hechos sino en el contexto formado por los hechos, o si prefiere, dentro de fenómeno, fuera del fenómeno y en el mismo fenómeno. Ese fenómeno, en los EE.UU, tiene un nombre: Trump.
De acuerdo con el pensar fenomenológico, tanto en la existencia (Husserl) tanto en la política (Arendt), nunca existe una causa fuera del fenómeno, observación que llevó a decir a Arendt, “las causas no existen”. El mismo ser humano no es un sujeto causalizado, digamos para completar la idea. No es unidimensional sino pluridimensional. Nos importan los precios de los productos, el salario, el bienestar público, pero también nos importa la mantención de la moral pública, de la tradición, de las buenas costumbres y, a quienes siguen de verdad una normatividad religiosa (muchos), les importa la suerte del prójimo (el humano próximo) aunque este sea un delincuente condenado sin juicio o un inmigrante esposado durante una redada nocturna.
Los derechos humanos, los mismos que pasan por alto los tres gobernantes de los tres imperios que dominan el globo, fueron dictados, por primera vez en la historia, en los EE. UU. Esos derechos forman parte, y con razón, del legado y del orgullo nacional norteamericano. No cualquiera, menos un Trump, puede proceder a patadas con ellos, tampoco en nombre de un crecimiento económico que, por lo demás, tampoco existe.
Estamos asistiendo a un periodo en donde tiene lugar una política, nacional e internacional, marcada por la resistencia a avances tecnocráticos que vienen de la nube global y autocráticos que vienen de tres imperios económica y territorialmente expansivos como son los EE. UU de Trump, la Rusia de Putin y la China de Xi.
En los últimos tiempos, esa lucha democrática y defensiva ha obtenido importantes éxitos en países como Polonia, Hungría, Armenia, República Checa, Brasil, Serbia, y, el más decisivo de todos, en las elecciones de segundo término de los EE. UU. También ha habido reveses, como en Eslovaquia, Croacia, en diversos países latinoamericanos, y probablemente habrá uno muy grande en Francia. Se trata, la que estamos presenciando, de una lucha brutal entre democracia y autocracia, una que cruza a lo largo y ancho de Occidente. Es una lucha predominantemente política aunque en Ucrania, esa misma lucha, es militar y sanguinaria.
No solo la guerra, la política también se ha vuelto híbrida. Países como Italia han demostrado incluso que un gobierno de retórica fascista, como el de Meloni, al ser occidental, ha sabido mantener los valores de la democracia moderna, planteándose en contra del imperio ruso y en defensa de Ucrania. Lo mismo podría suceder con sectores del lepenismo francés, como está sucediendo, después de la debacle de Trump, al interior del Partido Republicano en los EE. UU. La suerte no está echada.
En los EE. UU de Trump estamos presenciando un viraje político que seguramente hará escuela en otros lares, a saber: los partidos defensores de la democracia moderna han debido abandonar sus reductos oficiales para acercarse a las comunidades sociales, culturales y religiosas, a los sectores socialmente marginados, a los barrios, a los pobres, a los viejos, a los enfermos. Puede que esté naciendo, lo demostraron también los estudiantes serbios, una nueva forma de hacer política, una que viene de los partidos pero que va más allá de los partidos. A esa nueva polítitica la hemos llamado en otros textos "política de la cercanía" en contraposición a la política diseñada con criterios demoscópicos en las oficinas de gobiernos y partidos.
La democracia, para ser mantenida, debe sentirse desafiada. Solamente tomamos conciencia plena de su existencia cuando los peligros amenazan. La democracia, quiero decir, no es un bien adquirido para la eternidad. Para conservarla hay que pelearla. O como me dijo una vez el filósofo Zoltan Szankay, un querido amigo, lamentablemente fallecido, “la democracia está solo a prueba”. Pues bien, esa prueba la pasó con éxito EE.UU el 3-N del 2026.
