Rodrigo Mendez | De Trump a De la Espriella
El manual populista de usar al migrante como cortina de humo.
La orden de De la Espriella y las deportaciones masivas como el último recurso para ocultar las crisis internas.
El uso político de la migración venezolana como distractor se ha convertido en la herramienta favorita de varios gobernantes en América Latina para desviar la atención de sus propias crisis internas.
Cuando un gobierno fracasa en la economía o la seguridad, busca un culpable visible, y los migrantes, que salieron de su país por una crisis humanitaria, terminan siendo el blanco más fácil. La estrategia del chivo expiatorio y la xenofobia como combustible construir una amenaza ayuda a unir a la población contra un grupo indefenso. Los titulares de los diarios cambian rápidamente de la inflación, el desempleo o la corrupción hacia el miedo a la delincuencia extranjera, generando un rédito electoral basado en el odio y el rechazo. La xenofobia nunca muere; solo duerme bajo la ceniza. Algunos líderes políticos soplan sobre ese fuego con discursos agresivos para que el pueblo discute con el vecino más débil en lugar de exigir cuentas al gobernante. La fábrica de odio en el norte: El libreto de Mar-a-Lago este fenómeno no es exclusivo de nuestra región; su máxima expresión se encuentra en los Estados Unidos. Donald Trump convirtió la persecución de los migrantes en la columna vertebral de su narrativa. El mito del supremacismo, del "rubio anglosajón" amenazado por una supuesta invasión, es una estrategia fría para mantener a su base radicalizada bajo un estado de histeria permanente. Los mitines políticos se transformaron en espectáculos donde la xenofobia alimenta el resentimiento social, convirtiendo al migrante latino en el blanco ideal porque no vota, no puede defenderse con facilidad y genera un miedo inmediato que unifica a las masas.Un continente que olvida su propia historiaEs una ironía dolorosa y cruel. Venezuela fue, durante décadas, el hogar de puertas abiertas que recibió con generosidad y sin condiciones a los ciudadanos de todo el mundo. Europeos que huían de la guerra, latinoamericanos que escapaban de las dictaduras y miles de hermanos colombianos que buscaban refugio del conflicto encontraron en la tierra del tricolor un hogar, un trabajo y una mesa compartida. Venezuela no construyó muros; construyó comunidad.Hoy, la recompensa de la historia es la persecución, el rechazo y el destierro sistemático. Las órdenes de expulsión masiva no son más que el reflejo de una profunda mezquindad política. Para el venezolano, la tierra es una sola creación de Dios, libre y ancha para quien la trabaja y la respeta. En cambio, las alambradas, los controles migratorios hostiles y los barrotes de los centros de detención son creaciones del odio del hombre, nacidas de su afán ciego por controlar y de la avaricia del poder para someter, no para distribuir bienestar y felicidad. Ver a un pueblo entero caminar rutas de dolor solo para encontrar puertas cerradas y discursos de odio es la prueba más triste de que el cinismo político ha triunfado sobre la decencia humana.
Rodrigo Mendez
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