Luis Suárez | Ochoa Antich, el embajador de Venezuela en Suiza
La carrera diplomática en Venezuela ha estado marcada por grandes hitos en su historia. Desde la Guerra de Independencia, Venezuela ha tenido una de las escuelas en diplomacia más importantes de América. Personajes como Juan Vicente Bolívar Palacios, José Rafael Revegan y Telesforo de Orea partieron a Estados Unidos en 1810 como la primera misión diplomática en Norteamérica. Con el devenir del tiempo, el marco legal evolucionó hasta la aprobación de la Ley Orgánica de Servicio Diplomático de 1923, la cual establecía, entre otros requisitos, la aprobación de exámenes sobre derecho internacional, política comercial, tratados, estilos diplomáticos e idiomas, siendo el francés y el inglés obligatorios, más alemán e italiano.
Como formación institucional, la carrera diplomática tiene su origen en el Decreto Nº172 del 25 de junio de 1984, por lo que se crea la Academia Diplomática “Pedro Gual”. En la actualidad, la Ley Orgánica del Servicio Exterior sancionada en 2013, exige estar en posesión de un título universitario no inferior a licenciado, observar buena conducta, y por supuesto ser venezolano por nacimiento. Una vez superado el concurso, los seleccionados serían inscritos por orden de méritos y deben prestar servicios ante el Ministerio de Relaciones Exteriores durante un par de años mientras cursan la formación en el Instituto de Altos Estudios Diplomáticos Pedro Gual (IAEDPG).
La Academia Diplomática siempre contó con diplomáticos ilustres como Caracciolo Parra Pérez, cofundador de la ONU, Juan Pablo Pérez Alfonso, clave en la creación de la OPEP o cancilleres destacados como Andrés Eloy Blanco, Ignacio Arcaya o Aristides Calvani. Fueron estos hombres con una probada rectitud moral, académica y con un alto compromiso por llevar a Venezuela a los más altos estándares de la diplomacia mundial según el contexto histórico determinado.
Es así como la carrera del diplomático no solo nace en el proceso de selección, sino que los candidatos previamente han de demostrar una vida en correcta sintonía con la moral y la conducta cívica. Es pues, al igual que los magistrados y jueces, una condición sine qua non poseer un perfil de ciudadano ejemplar, que ya no solo destaque entre los venezolanos, sino que pueda ser capaz de destacar ante el concierto internacional para desde allí dirigir los destinos de las relaciones internacionales del país.
No es para nada un secreto que desde 1999, la carrera diplomática comenzó a deteriorarse por el abrupto y dañino concepto de la politización de las instituciones del país. Así, hasta principios de la primera década del 2000 quedaron los últimos funcionarios de carrera que, con distinción del gobierno de turno, ejercían su profesión siempre al servicio del Estado y no de partidismo alguno.
Posteriormente, lo que ha visto Venezuela es una exacerbación de los vicios partidista, en este caso, del chavismo y la figura autoritaria de Hugo Chávez, quien fiel a los principios castristas, preponderaba “la lealtad por encima de la competencia”. Así, Venezuela ha visto desfilar, de manera vergonzosa, figuras con nula preparación, si ningún sentido de las relaciones internacionales, puestos a dedo sin pasar por los exigentes procesos de selección y las formaciones pertinentes. Se trata de personajes deplorables quienes recibían como “premio” alguna embajada en algún país del mundo, mientras que el personal diplomático de países claves nunca dejó ser algún miembro del partido o militar “leal” al presidente.
Enrique Ochoa Antich viene hoy a encarnar no solo el modelo antes descrito, es decir, el nombramiento de una figura política que en un contexto determinado es útil para los fines de política internacional del gobierno de turno o que en “reconocimiento” por su “labor” recibe como “premio” una embajada.
No es pues, a todas luces, Ochoa Antich el mejor candidato para ocupar el puesto de embajador en unas de las principales sedes diplomáticas del mundo. No solo por ser Suiza un país estratégico en las relaciones internacionales dado su histórico carácter neutral en los conflictos, sino también por ser la sede principal de múltiples órganos internacionales y de foros y reuniones de alto nivel mundial.
No obstante lo anterior, conviene asimismo analizar cómo Enrique Ochoa Antich, el dos veces diputados del extinto Congreso Nacional, y una figura que en ciertos momentos adversó a Hugo Chávez, presentando incluso una formal querella en su contra por peculado de uso, termina consiguiendo la máxima representación del país en Suiza. Para ello, es menester mencionar algunos elementos de índole político que pueden arrojar luz detrás de esta cuanto menos sospechosa designación.
Corrían los primeros días post fraude electoral de 2024 y el ex dirigente de Movimiento Al Socialismo y UNT, Enrique Ochoa Antich, se atrevía a decir que el robo de la elección no solo era responsabilidad de Maduro, sino que, la oposición, esa misma que no controla el Ejército ni los Poderes Públicos, había propiciado el fraude por haber implantado la “estrategia del desafío”. A su juicio, esta estrategia no es más que el continuo reto al poder. Por un lado, señalaba Antich, la oposición se equivocó al haber seleccionado una candidata inhabilitada, y recordó que “el paro petrolero, las protestas, las abstenciones, el interinato; todo era un desafío desde el 11 de abril de 2002 hasta la candidatura de Machado”. En tal sentido, sentenció diciendo: “no podemos esperar que Maduro tenga un comportamiento impecablemente democrático”.
No es necesario pasar por aquí a recordar cómo durante diversos diálogos, donde el gobierno tenía el control absoluto de la negociación, pues sobre él no existía ningún poder superior, este acaparó el ritmo y los términos, culminando siempre en un juego suma cero donde más allá de pequeña concesiones cosméticas a la oposición (la liberación de un puñado de presos políticos o la “rehabilitación” de dirigentes políticos que no le eran incómodos) Maduro terminaba imponiendo sus condiciones, bien sea por su intransigencia o por una vía “menos elegante” como la violación de facto de los acuerdos alcanzados.
Lo que nunca dejó de sorprender de Ochoa Antich fue el hecho de que su discurso nunca tuvo presente los Acuerdos de Barbados, esos acuerdos que supusieron un marco general de compromiso de unas elecciones con condiciones. Y es que es inaudito que en un país con una Constitución que enarbola el Estado democrático, el hecho de que se tenga que acudir a una negociación en el extranjero para acordar el cumplimiento de la Carta Magna parece no haber sido relevante para el ex dirigente del MAS.
Ochoa Antich es de la corriente de pensamiento que el único esquema que podía “funcionar” era el transaccional, es decir, la oposición asume una actitud conciliadora, no toca temas sensibles como los presos políticos, los exiliados o la violación de los derecho humanos, a cambio de obtener la “garantía” de poder participar en los procesos electorales del régimen, y que, a través de una masiva votación, Maduro, como por arte de magia, no tuviera otra opción que aceptar los resultados y negociar una “salida digna del poder”.
El problema de esta lógica es más que evidente: Maduro siempre tuvo opciones de huir hacia adelante. Claro está, esas “opciones” siempre pasaron primero por un fraude descarado y seguidamente con la activación de la maquina represiva encabezada por su ministro del interior. No había pues ningún poder ni nacional ni extranjero que obligase a Maduro a pensar dos veces si robarse o no la elección. Incluso, la presión ejercida por los países “amigos” de Colombia, Brasil y México o por las organizaciones internacionales e incluso las sanciones estadounidenses, ninguna podía doblegar al sistema imperante pues el flujo financiero nunca se cortó entre la venta ilegal de petróleo vía el mercado negro y la extracción del oro en el Arco Minero.
En definitiva, la “estrategia transaccional” siempre tuvo su sentencia de muerte incluso antes de nacer, pues el adversario sabía perfectamente como domarla. No obstante, tampoco dejar de sorprender que Antich nunca se haya referido a las palabras del jefe de la delegación opositora en Barbados, Gerardo Blyde, quien en una entrevista pocos días antes del 28 de julio, señaló que la oposición había puesto sobre la mesa la discusión del “día después”; en palabras de Blyde los términos de “qué pasaba si el que estaba en el poder perdía y cómo el que no estaba en el poder no arrollaba al que no lo estaba y viceversa”. Sobre esto, la delegación del chavismo nunca aceptó conversar, dejando claro que, del otro lado dela acera, de ante mano ya había una actitud de rechazo a cualquier acuerdo, siendo previsible que, sin términos previos de salida acordados, no habría transición y el resultado de la elección del 28 de julio ya había sido decidido mucho tiempo antes.
Pasado este capítulo del 28 de julio, Ochoa Antich fue aumentado el nivel crítico de su discurso, pero contra la oposición, dando a entender que el arresto de más de 2.000 venezolanos en apenas 72 horas, más una decena de fallecidos era la “consecuencia natural” de desafiar a un poder dictatorial. Palabras más palabras menos, que la dictadura era consecuencia de su oposición política. Luego, devino la acción militar del 03 de enero, sobre la cual se opuso tajantemente y crítico cualquier esquema político y económico impuesto desde Washington por más que significase un reacomodo de los turbios negocios de Alex Saab, las naviegas del mercado negro y todo el esquema montado por el régimen vía ingresos no legítimos.
Hoy recibimos la noticia de que ha sido designado como embajador de Venezuela en Suiza, sí, embajador de Delcy Rodríguez. Lo primero que salta a la vista es: ¿Dónde ha dejado su pasado en el MAS? ¿No fue su ex partido excluido de la lista de organizaciones políticas habilitas a participar en la elección de 2024 pese a tener un discurso conciliador y a comulgar con la “estrategia transaccional”? Y más recientemente, ¿no fueron excluidos tanto él como las figuras políticas que dice apoyar de las negociaciones iniciadas el 01 de agostos del presente año e impulsadas por EE.UU? Pareciera, a todas luces, que Antich obtuvo una suerte de “premio” personal, una recompensa al que persevera, aunque, claro está, un insulto a sus compañeros del lucha opositora y sobre todo a la sociedad. Antich, hoy ha hecho un borrón y cuenta nueva, un tabula rasa, y de cierta forma ha resuelto un problema personal que, por la vía del voto, esto es, por la vía de la opinión del ciudadano probablemente nunca hubiese obtenido: un cargo público legitimado en una elección.
Hoy el nuevo embajador en Suiza deberá recordar no solo a quienes ha traicionado sino también a quien la ha dado el premio: Delcy Rodríguez y el régimen opresor.
