Rafael Díaz Blanco | Francia, sin franceses
Días antes del partido semifinal del mundial de futbol 2026 entre Francia y España; Mariano Rajoy, ex presidente del gobierno español, en su columna del diario El Debate de Madrid, escribía un artículo titulado “Hoy llegó el desquite”. Describía Rajoy a la selección de Francia como “…una plantilla de altísimo nivel. Eso sí, sin franceses”.
La incursión deportiva de Rajoy generó un sinnúmero de variados comentarios sobre un tema que, como muchos otros, divide a los españoles y a otros pueblos.
Muy probablemente, Rajoy pensaba hacer un chiste gallego que a muchos ha irritado, a lo mejor un perfomance deportivo. Quizás, trataba de lograr sintonía con los votantes españoles antinmigrantes.
Lo cierto es que el discurso sobre el tratamiento a quienes abandonan sus lugares de origen, básicamente por razones económicas y políticas, se ha convertido en los países democráticos en tema cotidiano, determinante en los momentos electorales.
El problema de la migración actual es un problema complejo que debe ser discutido con madurez, desde variadas aproximaciones, perspectivas y puntos de vista. No debemos ignorar que todos somos resultado de encuentro de culturas. Mucho menos, olvidar la dignidad humana en todas sus dimensiones. Como lo recuerda el Papa León XIV en Magnifica Humanitas, todos tenemos derecho a soñar y a la esperanza. Por otra parte, los derechos humanos son inalienables y no pueden ser exclusivos de solo una parte de la población de un Estado. También debemos recordar que la movilidad de las personas ha estado presente entre los hombres desde tiempos ancestrales.
Lamentablemente, la migración, como muchas otras complejas realidades de hoy, se aborda en términos binarios, reflejo de una perspectiva que ignora los grises. Se pretende obligarnos a tomar posición en una óptica amigo-enemigo que atenta contra la discusión democrática, profunda y enriquecedora, de los problemas sociales y convierte las diferencias en campo fértil para el autoritarismo. En vez de discutir los problemas, en toda su amplitud, se simplifican, se reducen a “polarizaciones estériles”, nos convierten, como diría un gurú de la gerencia contemporánea, en personas reactivas antes que proactivas. El tema del desplazamiento de personas de un territorio a otros es un tema importante que debemos relacionarlo con la búsqueda de un futuro compartido, haciendo prevalecer los vínculos de solidaridad, antes que la primacía de una visión parcial, y mucho menos de la lex mercatoria.
Históricamente, ha sido frecuente identificar en el otro, en el que es distinto, en el extranjero, la causa de los problemas societarios, dando lugar a su discriminación y desconocimiento de su condición de personas. Para Adela Cortina, más que xenofobia, en muchos casos, sería expresión de aporofobia, es decir, de rechazo, desprecio o miedo a las personas pobres o desfavorecidas.
Volviendo a la polémica desatada por Rajoy nos preguntaríamos ¿qué es ser francés? El ser francés podemos considerarlo como el resultado de sentirse parte de una comunidad como la nación francesa, de una sociedad política estatal como Francia o de ambas realidades simultáneamente. Nación, sociedad política y Estado son conceptos distintos que, como ya señalaba Jacques Maritain, su confusión “ha sido una calamidad para la historia moderna”. Émile Durkheim advertía que “sin duda la idea de nación es una idea mística, obscura”. Frecuentemente, Estado y Nación son utilizados como sinónimos, con variados significados o poca exactitud, tanto en el hablar cotidiano como en el discurso político y hasta en el académico. Así vemos, como en las constituciones de los estados se usan indistintamente y con significados diferentes Estado y nación. Incluso, la organización de estados más importante del mundo se llama Organización de Naciones Unidas.
A nuestra manera de ver, se puede ser francés, refiriéndonos a una persona, parte de una sociedad política que se ha constituido en Estado y se llama Francia. Se es ciudadano, se tienen derechos que no tienen todas las personas que habitan en el mismo territorio y están sujetas a la misma autoridad. Por supuesto, si se trata de una democracia moderna, teniendo presente la libertad, la igualdad y la solidaridad, debemos recordar que hay derechos fundamentales que no se pueden desconocer, independiente de la condición de ser nacional o extranjero. El Estado, como instrumento que debe ser de la sociedad, como a un todo al cual está subordinado, no puede estar exclusivamente al servicio de solo la parte de la población que tiene determinado origen o lugar de nacimiento.
También se puede ser francés como miembro de una comunidad, la nación francesa, con su herencia cultural, historia, valores, esperanzas y aspiraciones comunes que se han ido formando espontáneamente en la convivencia humana, en el caminar juntos, pero en la cual no hay jefes, ni jerarquías.
Ser francés, como ciudadano de Francia, parte de la sociedad política organizada en Estado o francés, como parte de la comunidad nacional francesa, no se oponen, por el contrario, pueden complementarse, retroalimentarse y favorecerse.
De hecho, el Estado francés, como la mayoría de los estados modernos, se conformó bajo la preeminencia de una nación, la francesa. También, hemos visto como en un mismo Estado confluyen varias naciones o que una nación no conforme ningún Estado, o se expanda por varios. Por supuesto, también se ha pretendido la homogeneidad de la población de un Estado, excluyendo a quienes son diferentes o simplemente más débiles, alegando las más variadas razones, incluyendo la seguridad nacional. Con frecuencia las comunidades nacionales minoritarias son discriminadas, perseguidas e incluso destruidas por la mayoría nacional predominante o por quienes controlan el poder del Estado. Numerosos son los ejemplos de cada caso.
El ser parte de una sociedad política organizada en Estado es indudablemente resultado de la voluntad de los asociados. Por el contrario, ser parte de una nación es independiente de nuestra voluntad, consecuencia afectiva del estar juntos, de la pacífica convivencia humana.
Por otra parte, el Estado tiene como elementos constitutivos, además de las personas, el territorio y el poder. La nación, por supuesto, también la conforman personas y como tales se asientan en un territorio, puede haber líderes y personas influyentes que encarnan una historia común, sueños compartidos, pero no hay jefes. Por supuesto, un mismo conjunto de personas puede simultáneamente ser parte de una comunidad nacional y miembro de una misma o diferentes sociedades políticas.
La configuración de las sociedades políticas ha ido cambiando históricamente. Cuando se ha organizado en Estado, sus elementos esenciales pueden ir cambiando su naturaleza, forma de gobierno, habitantes y territorio. También el contenido material del ser nación cuyos orígenes se pierde en el tiempo cambia con el devenir. Esa manera de ser, de pensar que la hacen distinta de otras va evolucionando con el transcurrir de la vida en común, las nuevas experiencias y el aporte de otras culturas que se pueden ir integrando. Ser francés hoy no es lo mismo que hace doscientos años ni lo será en el futuro.
Siendo distintos el Estado y la nación, también podemos observar situaciones donde el Estado fue primero y otras, donde ocurre lo contrario. También, en el mundo actual, vemos que, a menudo, partiendo de muy particulares y variados conceptos de nación, se proclama un nacionalismo de también disimiles contenidos. El nacionalismo o la vuelta al nacionalismo, es para muchos la solución adecuada a los problemas que plantea el irreversible proceso de globalización. Para otros, es una reacción equivocada que desconoce la realidad humana buscando en el pasado la respuesta a los problemas del futuro.
Ciertamente, el nacionalismo ha servido y sirve para todo. Está lleno de relatos y mitos históricos, que pretendieron legitimar variados propósitos. Por lo general precedió a la nación.
En ocasiones se convirtió en substituto de la religión, en perversión del Estado, como señalaría Anna Arendt. Puede ser un nacionalismo de Estado o un nacionalismo contra el Estado, constituir combustible para la expansión imperial o servir para la defensa de una comunidad nacional frente a quienes pretenden dominarla, agredirla o desconocerla. Importante es distinguir el concepto para descubrir y evitar o impedir interpretaciones del nacionalismo como cobertura a ocultos intereses o expresión de supremacía de unos pueblos sobre otros. Advertía san Juan Pablo II sobre el peligro de los “nacionalismos exacerbados” donde “no se trata de amor legítimo a la propia patria o de estima a su identidad, sino de un rechazo del otro en su diferencia, para imponerse mejor a él”. Sostenía la necesidad de “aclarar la divergencia entre una forma peligrosa de nacionalismo, que predica el desprecio por las otras naciones o culturas y el patriotismo, que es, en cambio, el justo amor por el propio país de origen”.
Hoy, en estos días de cambio de época, de tiempos peligrosos para la democracia en un mundo en transformación, ante el imperativo de reflexionar responsablemente sobre un futuro más humano, es necesario hacerlo también sobre conceptos que como los de nación, Estado, patria, pueblo, soberanía que han estado en la base de nuestro desarrollo societario. Valencia, España, julio de 2026.
