Rafael Díaz Blanco | Alzando la voz | En esta hora
El final del siglo XX venezolano ha sido el periodo más largo de nuestra historia de gobiernos escogidos por el pueblo y presididos por civiles. Fueron cuarenta años de alternabilidad democrática, de ejercicio de la libertad, de subordinación de los militares a la Constitución y de oportunidades para los venezolanos.
No obstante, en los últimos años de ese período, se produjo un empobrecimiento y deterioro creciente de la calidad de vida de importantes sectores. Hubo un incremento de la corrupción, la cual aunada al comportamiento errático de nuestra dirigencia política, sirvió de caldo de cultivo para la antipolítica, que además era estimulada por buena parte de nuestras elites que aspiraban substituir el estado de cosas existente. Nuestra dirigencia política tradicional no atendió a tiempo los reclamos populares. No dio respuesta adecuadas a la prolongada crisis venezolana de los últimos lustros del siglo pasado.
La democracia venezolana que había sido paradigmática en un continente plagado de dictaduras militares degeneró en partidocracia. Los partidos de masas que habían sido fundamentales para la instauración y desarrollo de la democracia fueron invadiendo todos los espacios de la vida civil haciendo dependientes a numerosas organizaciones intermedias entre el ciudadano y el Estado. Las propuestas políticas de largo alcance y profundidad fueron substituidas, progresivamente, por programas electorales que respondían más a proyectos personales y exigencias electorales coyunturales que a las demandas societarias. Los lideres fueron reemplazados, en importante medida, por caudillos o jefes acreedores de una lealtad, a menudo, inmoral y con propósitos injustos. Los partidos se convirtieron en organizaciones clientelares. El liderazgo político era sustituido por los activistas de las burocráticas secretarías de organización partidista, cuyas tarea y preparación se reducía, en la mayoría de los casos, a la experticia en técnicas electorales. Así, los partidos políticos se transformaban en simples maquinarias capaz de captar votos y movilizarlos para las votaciones. Luego, determinarían quienes serían los que conducirían al partido y podían ser candidatos a los cargos de representación popular. Cuando gobernaban un municipio o un estado de la república propendían a favorecer a su clientela. Se convertían a menudo en agencias de empleo de la estructura organizativa y sus allegados. También formaban parte de la clientela los políticos empresarios y hombres de negocios que por sus aportes financieros participaban en el botín de la victoria recibiendo contratos de servicios y obras públicas.
En esta hora de la república, la Venezuela democrática que debemos reconstruir mirando siempre al futuro debemos reflexionar y analizar multidisciplinariamente sobre las causas que nos llevaron a estos años de dictadura, destrucción, empobrecimiento colectivo y corrupción como jamás habíamos vivido en nuestra historia.
Vivimos una importante y delicada situación que debemos afrontar con patriótico desprendimiento y ética ciudadana. Hemos comenzado a salir de la dictadura de veintisiete años para vivir un protectorado norteamericano. En breve debemos alcanzar su apoyo pleno para el establecimiento de un cronograma electoral y la realización de elecciones libres, base fundamental para iniciar la transición hacia la democracia y reconstruir nuestra patria devastada.
Sin embargo, al observar a empresarios, militares y por supuestos a políticos antes comprometidos con la revolución imposible, vemos como buena parte de ellos, sobre todo sus cupulas, siguen actuando como si nada hubiese cambiado en Venezuela a partir del 03 de enero de 2026; como si la única consecuencia fuese la llegada a la presidencia interina de Delcy Rodríguez. Apuestan a un cambio gatopardiano, es decir, un cambio para que todo siga igual, continuando sus privilegios y blanqueando sus tropelías.
Si miramos a los distintos partidos, movimientos u organizaciones que se autodefinen como de oposición al régimen, observamos que todos han ido reconociendo el liderazgo de María Corina Machado “como conductora democrática del país” para terminar con el régimen chavista. Algunos lo han hecho expresamente, como los firmantes del Acuerdo de Panamá, con alguna deserción; otros a regañadientes, por el reclamo de sus bases políticas y entorno.
Como sabemos, la estrategia de María Corina Machado se orienta a apoyar el plan de tres fases norteamericano haciendo énfasis en la libertad de los presos políticos, el regreso de los exiliados, la designación de un nuevo Consejo Nacional Electoral y el cronograma electoral para la realización de elecciones libres. No obstante, vemos que los discursos de muchos autodenominados opositores coinciden parcialmente con el régimen o peor aún, parecen estar en contubernio con él. No responden a la estrategia señalada por la conductora del proceso. Están más interesados en políticas de poco cabotaje que en la restauración democrática y transformación de Venezuela. En sus propuestas, el cronograma electoral y la realización de elecciones presidenciales lo más pronto posible son secundarias. Abogan por la realización de elecciones locales y la ocupación de espacios municipales y estadales que les permitan mantener su clientela y sobrevivir electoralmente en esos reducidos ámbitos territoriales.
A nuestra manera de ver, parecen no comprender que los elevados niveles de popularidad de María Corina Machado responden, a la unidad nacional alcanzada de abajo hacia arriba, al colocarse los venezolanos por encima de sus elites, incluida la política, que no daba respuesta satisfactoria a la profunda crisis que vivimos. Cuando eso ocurre, se abre paso a un cambio en profundidad donde quienes lo obstaculizan terminan generalmente siendo desplazados.
Muchos de los autollamados opositores siguen sin comprender, en esta hora de la República, que hoy más que nunca, la política va más allá de lo electoral, que deben superar lo clientelar y por supuesto, “el cómo voy yo allí” como condicionante de sus actuaciones públicas. Si así no ocurre se convierten en obstáculos para el cambio identificándose con las posiciones de quienes no lo quieren, para al final, al igual que quienes defienden el estado de cosas, ser igualmente apartados por nuestro pueblo. Maracaibo, octubre de 2026.
