Pedro Adolfo Morales Vera | La gaita zuliana, la memoria sonora de un pueblo
Si hay un día en que la gaita parece confundirse con el alma del Zulia, es el 13 de diciembre. Esa noche, Maracaibo celebra a Santa Lucía, y los altares del barrio El Empedrado se llenan de flores y de devotos. Pero también de furrucos, de charrascas, de cuatros y de voces. La gaita no comienza a sonar ese día, porque en realidad comienza mucho antes, desde octubre o noviembre, cuando las agrupaciones ensayan y las emisoras empiezan a anunciar la temporada. Pero el 13 de diciembre es su centro, su corazón, la fecha en que el Zulia entero se reconoce en sus acordes.
La gaita es, ante todo, memoria cantada. No es solo un género musical. Es la banda sonora de una historia colectiva, el eco de las alegrías y las penas de un pueblo que aprendió a expresarse a través de ella. Sus orígenes no han sido establecidos con precisión. Algunos investigadores, como el fallecido gaitero Alfonso Huerta Bracho, sostuvieron que nació el 4 de diciembre de 1782 en labios de esclavizados. Otros la sitúan en las primeras décadas del siglo XIX. Lo que los estudiosos no discuten es su naturaleza mestiza. La gaita es el resultado de un encuentro: una combinación de instrumentos africanos, indígenas y españoles. El furruco, que algunos vinculan con la zambomba de origen español; las maracas y la charrasca, de indiscutido origen indoamericano; y el cuatro, que aquí se convirtió en una versión criolla de la guitarra. Esa fusión no fue un accidente, sino la expresión musical de una tierra que siempre ha sido un crisol de culturas.
Durante mucho tiempo, la gaita estuvo vinculada a la devoción católica en honor a Santa Lucía. Su templo, en el barrio El Empedrado, es reconocido como el epicentro de este género musical. Allí, las parrandas y los cantos se mezclaban con la fe, y la gaita era, ante todo, una ofrenda. No era un espectáculo; era una celebración comunitaria. Con el tiempo, la gaita comenzó a expandirse. Dejó de ser exclusivamente un canto religioso para convertirse en un vehículo de expresión popular. La tradición atribuye a 1823 una de las primeras gaitas conocidas, escrita en honor a la heroína Ana María Campos, durante la batalla naval del Lago de Maracaibo. Con independencia de la fecha exacta de su nacimiento, la gaita terminó convirtiéndose en la forma en que el Zulia comenzó a cantarse a sí mismo. No desde los libros, sino desde la calle.
Pero fue en la década de 1960 cuando la gaita vivió su gran transformación. Figuras como Ricardo Aguirre, nacido en Maracaibo en 1939, la convirtieron en un símbolo de identidad regional. Aguirre, educador, compositor y cantante, entendió que la gaita podía ser mucho más que una tradición navideña. Podía ser una tribuna. Con su agrupación, Los Cardenales del Éxito, compuso temas que se convirtieron en himnos populares: "La Grey Zuliana", "Maracaibo Marginada", "La Pica Pica". Sus letras hablaban de la vida cotidiana, del orgullo de ser zuliano, pero también de las injusticias y de las realidades que muchos preferían ignorar. Su muerte temprana, en 1969, conmocionó al Zulia, pero su legado se volvió eterno. Hoy es recordado como "El Monumental de la Gaita", un reconocimiento que resume el lugar que ocupa en la memoria cultural del Zulia. Su rostro, con sus característicos lentes de pasta, se convirtió en un ícono.
Hoy, la gaita es mucho más que un género musical. En 2014, el Estado venezolano declaró la gaita zuliana Bien de Interés Cultural y Artístico de la Nación. Suena con fuerza cada diciembre, pero también está presente durante todo el año en las emisoras de radio, en los conciertos y en la memoria de quienes la llevan dentro.
Cada diciembre, miles de zulianos que regresan a casa cruzan el puente General Rafael Urdaneta con una gaita sonando de fondo. Pocas imágenes representan mejor el reencuentro con la tierra que ese instante en que el lago vuelve a aparecer ante los ojos y la música anuncia que Maracaibo ya está cerca. La gaita no es una reliquia del pasado. Es un organismo vivo que respira, se transforma y sigue contando la historia de una tierra que se niega a dejar de sonar. Mientras haya un furruco que ronque, un cuatro que marque el compás y una voz que vuelva a cantar una gaita, el Zulia seguirá encontrando en su música la forma más hermosa de recordar quién es. Porque los pueblos que conservan sus canciones nunca pierden del todo su memoria.
Pedro Adolfo Morales Vera es economista, abogado, criminólogo, politólogo, historiador y documentalista.
