Pedro Adolfo Morales Vera | La Chinita, donde el Zulia encontró su alma
En la historia del Zulia, el lago ha sido mucho más que un paisaje. Durante siglos fue camino, puerto y lugar de encuentro. Por sus aguas llegaron mercancías, viajeros e ideas.
Según la tradición, también apareció flotando la imagen que acabaría convirtiéndose en el mayor símbolo espiritual de la región. Una madrugada del 18 de noviembre de 1709, una humilde lavandera encontró una pequeña tablilla de madera flotando junto a la orilla del lago.
Sin imaginarlo, aquel sencillo hallazgo acabaría dando origen a una de las devociones más profundas del occidente venezolano.
La tradición cuenta que la mujer llevó la tablilla a su casa y la utilizó como tapa de una tinaja. Días después escuchó un golpeteo y observó un resplandor que salía de la vivienda.
Al acercarse descubrió que sobre la madera había aparecido la imagen de la Virgen de Chiquinquirá. Sobrecogida, salió a la calle gritando: «¡Milagro, milagro!». Desde entonces, aquella zona de Maracaibo es conocida como El Milagro.
Los fieles identificaron la imagen con la Virgen de Chiquinquirá, advocación mariana ya venerada en el Nuevo Reino de Granada. Pronto la casa de la lavandera comenzó a recibir peregrinos. Cuando se decidió trasladar la imagen a la Catedral, la tradición relata que la tablilla adquirió un peso imposible de mover.
Solo recuperó su ligereza cuando el cortejo cambió de dirección hacia la ermita de San Juan de Dios, construida en 1686 por iniciativa del capitán Juan de las Nieves Andrade. Desde entonces, la tradición ha visto en aquel episodio el deseo de la Virgen de permanecer en el templo de los humildes, donde comenzó una devoción que acabaría identificando al Zulia entero.
Con el paso del tiempo, aquella sencilla ermita dio origen a la actual Basílica de Nuestra Señora de Chiquinquirá.
Mediante decreto de 18 de mayo de 1920, el papa Benedicto XV concedió al templo el título de basílica menor, tras las gestiones del obispo de Maracaibo, monseñor Arturo Celestino Álvarez.
A pesar de las transformaciones arquitectónicas, el santuario continúa siendo el principal centro de peregrinación del occidente venezolano.
La devoción a la Chinita trascendió muy pronto los límites de Maracaibo.
Se extendió por todo el Zulia y más allá de sus fronteras hasta convertirse en una de las manifestaciones religiosas y culturales más importantes de Venezuela. El 18 de noviembre de 1942 tuvo lugar su coronación canónica, ceremonia presidida por monseñor Marcos Sergio Godoy, entonces obispo de Maracaibo, con monseñor Arturo Celestino Álvarez como orador de orden. Desde 1966, las Ferias de la Chinita incorporaron de manera organizada actividades culturales, musicales, comerciales y recreativas que hoy forman parte inseparable de la identidad maracaibera.
Cada año, la Bajada de la Virgen abre el ciclo festivo que culmina el 18 de noviembre.
Después llegan la procesión lacustre, que recuerda simbólicamente su llegada por el lago, las celebraciones litúrgicas y el tradicional Amanecer Gaitero, donde la música vuelve a convertirse en una expresión de fe e identidad colectiva.
La Chinita dejó hace mucho de pertenecer únicamente a los templos.
Su nombre identifica el Aeropuerto Internacional La Chinita, primera bienvenida para quienes llegan a Maracaibo; su devoción da sentido a las Ferias de noviembre e inspira algunas de las gaitas más queridas por los zulianos. Como el lago, al que la tradición vincula con su llegada, y la gaita, que cada noviembre acompaña su celebración, la Chinita forma parte de esos símbolos que explican la identidad de una tierra. En torno a ella convergen la fe, la historia, la música y la memoria compartida de varias generaciones de zulianos.
Por eso, cada noviembre, Maracaibo no celebra únicamente una festividad religiosa. Celebra aquello que mejor la define como comunidad. Quizá por eso ningún zuliano necesita que le expliquen quién es la Chinita. Basta contemplar su recorrido por las calles de Maracaibo cada noviembre para comprender que hay símbolos que dejan de pertenecer únicamente a la religión y terminan formando parte de la identidad de un pueblo.
Mientras la Virgen siga descendiendo de su altar, las gaitas vuelvan a llenar las calles y el lago continúe reflejando las luces de noviembre, el Zulia seguirá recordando que los pueblos no solo se construyen con su historia, sino también con los símbolos que los mantienen unidos. Pocos representan mejor esa capacidad de encuentro que el lago al que la tradición vincula con su llegada, la gaita que cada noviembre renueva su homenaje y la Chinita que continúa reuniendo a los zulianos.
