Una vez creí ver el Aleph en la esquina de la avenida Tres con la calle Dieciséis, en la ciudad venezolana de Mérida. Sucedió después de conversar con Vila-Matas y Sergio Chejfec en el Hotel Prado Río, durante una edición de la Bienal Mariano Picón Salas organizada por la Universidad de Los Andes (ULA).
Después del avistamiento regresé al Prado Río. Chejfec notó mi alteración y me llamó aparte. Pedimos café y nos instalamos delante de la jaula de una guacamaya prehistórica. Chejfec dijo que Vila-Matas había salido a espiar a Horacio Elizondo, el árbitro argentino que le mostró la roja a Zidane en la final de Alemania 2006.
Elizondo se hospedaba en el mismo hotel y su presencia inquietó a varios escritores. Pero mi emoción excedía la perturbación elizondiana. Entonces le dije a Chejfec que había visto el Aleph. Sonrió con cierta piedad y dijo que era imposible. En Mérida no creían en el Aleph. Me contó que, en 1982, un profesor de la Escuela de Letras de la ULA invitó a Borges y planteó, en el departamento de literatura, otorgarle el doctorado honoris causa.
Esto desató una disputa estéril entre «zurdos» y «derechos», que hundió la propuesta. Perdieron aquella oportunidad. «Esto debió entristecer a Borges», aseguró, porque pasado un tiempo, le preguntaron si era cierto que la ULA le había negado el doctorado y contestó: «Seguramente en esa universidad hay profesores muy inteligentes».
Chejfec volvió a su sonrisa piadosa y añadió: «En la Universidad del Zulia pasó igual». No pude disimular mi vergüenza. Por suerte, la guacamaya se puso histérica y acabó con la conversación.
En la magnífica hemeroteca del diario Panorama revisé la sección de Artes y Letras. Comprobé que, hacia finales de enero de 1982, se anunció la visita de Borges a Maracaibo. Chejfec se equivocó, pensé. Pero, en los días que siguieron, no se supo más.
Llamé al doctor Ángel Lombardi, exrector, seguro de que algún dato tendría. Tristemente, me pareció oír a Chejfec otra vez: un grupo de profesores de filosofía y letras propuso otorgar el doctorado a Borges. La discusión no solo fue estúpida sino estrepitosa. Para aprobar la propuesta, la votación de la facultad debía ser unánime; no obstante, los paladines de la izquierda la rechazaron. En la Universidad Central no fue diferente.
El 31 de enero de 1982, a pesar de estos reiterados desaires, Borges y María Kodama llegaron a Caracas. Tres días después, el 3 de febrero, Borges asistió al programa de televisión Buenos Días, conducido por Carlos Rangel y Sofía Ímber. Los entrevistadores, sobrecogidos ante la leyenda, dudaban de cómo dirigirse a él: ¿doctor?
«Borges», dijo el escritor casi bostezando. Eran las siete de la mañana.
En julio de 2022, a cuarenta años de aquella visita, la Alcaldía del municipio Baruta, en la Gran Caracas, develó un monumento a Borges en el parque La Trinidad de Vizcaya. No en desagravio por la mezquindad académica de 1982, sino como una acción de conserjería pública para recuperar espacios y homenajear figuras ilustres. Pero, la mano invisible de la literatura quiso que esto ocurriera, en plena dictadura castro-chavista, como una venganza silenciosa para reparar la historia.
Recuerdo que mi amiga Violeta Rojo solía ir a ese parque. Yo le juraba, medio en broma, que, si miraba con fijeza el ojo derecho de Borges, quizás tendría la suerte de ver la bendita esfera tornasolada de casi intolerable fulgor. Reíamos como dementes, aunque sospecho que ella me creía, al menos, un poco.
*Artículo originalmente publicado en el diario El Clarín de Buenos Aires
