Luz Neira Parra | “¿O te vas o te saco? Venezuela entre la presión, el silencio y la fiesta”
Tras tres meses de operaciones militares de Estados Unidos frente a las costas venezolanas, el país vive un momento extraño: hay tensión geopolítica arriba, pero una sorprendente normalidad en la calle. Washington insiste en que el despliegue naval es parte de acciones antidrogas, aunque es evidente que también envía un mensaje político: la presión sobre Maduro no ha terminado. La llamada reciente entre Maduro y Donald Trump, rodeada de versiones contradictorias, no aclaró el panorama. Maduro repite que no se va, que seguirá en “el camino”, mientras del lado estadounidense persisten los mismos condicionamientos de siempre.
Lo llamativo no está solo en esa disputa, sino en cómo la recibe el venezolano común. A pesar de los llamados del gobierno a movilizarse en defensa de la “patria amenazada”, el país no ha respondido con entusiasmo ni con miedo. La gente no ha salido masivamente a respaldar al madurismo como en otros tiempos, aun cuando el discurso oficial ha tratado de convertir esta coyuntura en una epopeya. La épica ya no convence a un pueblo que ha aprendido a distinguir entre narrativa y realidad.
Lo que domina hoy es la espera. No es apatía: es cansancio y cálculo. Una parte de la población parece haber decidido que no vale la pena enfrentarse al poder, pero que tampoco vale la pena apoyarlo. Y en esa lógica, muchos esperan que la presión estadounidense termine haciendo el trabajo que internamente parece imposible. Lo que sorprende es la calma. En lugar de miedo, hay una especie de suspensión colectiva: se sigue trabajando, comprando, viajando, sobreviviendo. Y celebrando.
El mejor ejemplo está en Maracaibo, que vive noviembre como si nada ocurriera en el Caribe. Las fiestas de La Chinita han desbordado calles, templos, mercados, conciertos y gaitas, mientras el discurso oficial insiste en que el país está al borde de un conflicto. Pero la fiesta no es inconsciencia: es lectura política. Muchos marabinos —y venezolanos en general— celebran porque sienten que la salida de Maduro se aproxima, aunque no sepan cómo ni cuándo. Es una celebración anticipada del “después”, una forma de esperanza en un país donde la política se ha vuelto impredecible.
Maduro, por su parte, ha elevado el tono. Ha repetido que resistirá, que las fuerzas armadas están cohesionadas, que la milicia es más fuerte que nunca. Pero esa retórica luce defensiva, no victoriosa. La presencia militar estadounidense afecta intereses sensibles del poder, especialmente las rutas económicas paralelas que sostienen lealtades internas. La épica se vuelve un sustituto de la legitimidad que ya no existe.
Mientras tanto, María Corina Machado insiste en un mensaje de unidad, futuro y reconstrucción. Pide a los venezolanos mantenerse firmes y preparados para una transición. Su discurso intenta conectar la presión internacional con la necesidad de un pacto interno mínimo, algo difícil en un país fragmentado. Aun así, su narrativa calma a sectores que ven en ella una figura capaz de iniciar el “día después”.
Ese “después” es la pregunta que flota sobre todo el panorama. ¿Qué viene si Maduro cae? ¿Qué clase de transición podría surgir en un país con instituciones debilitadas, economía distorsionada, fuerzas armadas divididas y territorios infiltrados por economías ilícitas? La salida no garantiza estabilidad inmediata. De hecho, abre un escenario exigente: reconstruir el Estado, reintegrar sectores militares, domar redes criminales, reactivar la economía y diseñar algún modelo de justicia transicional. El riesgo real es que la caída del régimen, si ocurre sin acuerdos mínimos, deje un vacío que otros actores intenten ocupar.
Estados Unidos, mientras tanto, evalúa sus movimientos. Los escenarios posibles son cuatro: mantener la presión desde el Caribe sin intervenir directamente; intensificar operaciones selectivas que golpeen redes estratégicas del régimen; empujar una transición negociada que ordene el proceso y dé garantías a sectores clave del chavismo; o una intervención militar directa, improbable, costosa y riesgosa. Cada escenario redefine el horizonte venezolano.
En medio de todo esto, el país sigue funcionando. No porque ignore la gravedad de la coyuntura, sino porque la vida cotidiana en Venezuela se ha vuelto un acto de resistencia silenciosa. Las calles llenas, las fiestas patronales y la calma social son una forma de decir que la sociedad no está dispuesta a morir por un gobierno que no le ofrece futuro. Y aunque nadie lo diga abiertamente, la pregunta que divide la atmósfera nacional es simple y contundente: ¿O te vas o te saco?
No es amenaza ni consigna. Es la síntesis del deseo de un país exhausto que siente que, por fin, el tablero se está moviendo.
