Jorge Eliécer Morán | De insultos, meretrices y demás hierbas
El insulto en el debate político es tan viejo como la política misma. Durante la República romana, los senadores solían introducir fuertes ofensas y burlas en sus discursos para destruir la credibilidad de sus rivales y cautivar a la audiencia. Esto también servía como mero entretenimiento para ganar la atención del público y generar indignación entre los partidarios del adversario. Los historiadores han recogido no pocas de sus perlas: nebulo (basura), vappa ac nebulo (escoria) o ructosus (bolsa de eructos) eran de uso frecuente. Hoy en día la dinámica no ha cambiado demasiado; solo se han multiplicado los espacios para proferir tales ataques a través de los medios de comunicación y las redes sociales, con el agravante de las amenazas y la proliferación del discurso de odio.
Sin embargo, los insultos y burlas más incisivos son aquellos que nacen de la agudeza mental y la ironía. En ese terreno destacaron figuras como Winston Churchill. Cuando le preguntaron por su sucesor, Clement Attlee, lo definió así: «Un hombre modesto, que tiene mucho por lo que ser modesto».
Ronald Reagan también destacó por su destreza para desarmar a los rivales a través del humor. En el debate presidencial de 1984 ante Walter Mondale, al ser cuestionado sobre si su avanzada edad afectaría su desempeño en una crisis, respondió fijando la mirada y con tono serio: «Quiero que sepan que no haré de la edad un tema de esta campaña. No voy a explotar, con fines políticos, la juventud e inexperiencia de mi oponente». La respuesta provocó las risas de la audiencia, incluyendo las del propio Mondale.
No obstante, los debates políticos de nuestro tiempo se han llenado de ofensas mucho menos ingeniosas y más ramplonas. Lo vemos con frecuencia en Donald Trump, pero también en múltiples líderes de América Latina. Algunos son célebres por sus arranques, como el presidente argentino Javier Milei, quien tilda a sus opositores de «mandriles» o «repugnantes». Otros, como Nicolás Maduro, han apelado habitualmente a la descalificación básica y procaz.
Esta adicción al agravio forma parte de una comunicación política supeditada al espectáculo. Lo que la prensa recoge como noticia es justamente la polémica y el despropósito, lo que termina generando la percepción de que la agresividad es el único lenguaje válido en la esfera pública.
Venezuela no ha sido ajena a esta deriva, sobre todo a partir de la irrupción de Hugo Chávez en el escenario político nacional. Claramente existen matices en la escala del ataque: no es lo mismo recurrir al dicho «águila no caza moscas» —como hizo Chávez para menospreciar a María Corina Machado— que llamarla «sayona» o «sifrina del mal», como ha hecho Maduro.
Al calor del debate nacional se han colado expresiones que denotan taras profundamente arraigadas en la sociedad venezolana: racismo, clasismo, homofobia y misoginia. En este terreno han destacado voceros tanto del chavismo como de la oposición.
Si bien las ofensas van y vienen entre bandos, el grupo más vulnerable y sistemáticamente agredido en esta degeneración del debate político ha sido el de las mujeres.
Ya hemos hecho referencia a las agresiones contra María Corina Machado, pero la lista se extiende a los dardos lanzados, entre muchas otras, contra Iris Varela, Delsa Solórzano o la Presidenta encargada, Delcy Rodríguez, todos cargados de matices misóginos, clasistas o racistas.
Este recorrido sirve de marco para reflexionar brevemente sobre la reciente ofensa que un «analista» dirigió contra Dinorah Figuera, dirigente opositora. El episodio revela cuánto nos falta por aprender y madurar como sociedad.
Evidentemente, tanto Figuera como Machado o Delcy Rodríguez pueden y deben ser objeto de las más severas críticas en función de su gestión, sus posturas ideológicas o su desempeño público. Pueden resultarnos desagradables, mediocres o incompetentes, pero nada de ello justifica calificativos como «meretriz», cuya única finalidad es degradar a la persona por su condición de mujer.
La mujer lo tiene especialmente difícil en la política venezolana. Se les exige el doble y están desproporcionadamente más expuestas al escarnio personal y a la violencia verbal que los hombres.
La política no es un exclusivo feudo masculino. Muchas mujeres valiosas tienen aportes fundamentales que hacer para la reconstrucción y transformación del país. Sin embargo, mientras no le cerremos el paso a este lenguaje pendenciero y soez, disfrazado de opinión, seguiremos condenando el debate público a la barbarie, perpetuando una política rancia que sustituye las ideas por el desprecio.
