Ender Arenas Barrios | “Apriétenlo… apriétenlo más fuerte”
¿De dónde salió Nicolás Maduro? ¿De dónde vino Cilia Flores?, ¿Realmente son venezolanos? Me pregunto a veces, especialmente, cuando construyo en mi cabeza la imagen que describe el documento presentado por la fiscalía estadounidense retorciéndose las manos para graficar la acción de apretar a alguien, ordenando precisamente que se apriete más fuerte (más: “asfixias, descargas eléctricas, agresiones sexuales, desnudez forzada, aislamiento en celdas de castigo, privación de alimentos y amenazas violentas contra familiares de las víctimas”) a un disidente opositor a su régimen que se niega a hablar, denunciar a compañeros o declararse culpable, después de ser objeto de torturas, de haber participado en la operación: Bata Blanca, Estrella azul, Tormenta tormentosa, operación Garcitas del Morichal, dirigidos por insubordinados soldados de Portuguesa y demás estados llaneros o brazalete... elijan Uds. el color.
Imposible no imaginarse a Cilia Flores dando la misma orden después de preguntarle a un torturador, digamos, por ejemplo, a Granko Arteaga, Hernández Dala, Diosdado Cabello, (también conocidos como C3, C2 y C1 en el ya mencionado documento de la fiscalía estadounidense), si el opositor X sigue siendo arrogante y “se niega decirnos donde se encuentra escondida MCM”, entonces, repite la orden de Maduro: “apriétenle más fuerte, no lo dejen dormir y si sigue resistiéndose échenle agua del Guaire”
Podemos sentirnos tentados a considerar que estamos en presencia de un problema patológico a nivel individual y considerar que la pareja Maduro-Flores son un par de enfermos mentales que gozan, escuchando a sus subordinados-torturadores, de los sufrimientos y tormentos que infringen a sus “enemigos políticos”. Pero, es algo, más siniestro. Eduardo Pavlovsky, citado por Brenda Busalacchi en “La posición subjetiva del torturador en la última dictadura militar (Argentina) en relación al horror y lo siniestro” habla de “la tortura como institución”. En el caso venezolano más, que una desviación patológica individual de cuatro o cinco enfermos mentales, la tortura ya es una institución fundamental de un Estado que derivó en una estructural criminal.
De allí que la extracción de la pareja presidencial por fuerzas militares estadounidenses, al dejar al mismo aparato represivo en el poder, convertido en una estructura represiva que hicieron de la desaparición forzada, la tortura y hasta el homicidio parte de su normal ejecutoria, dejó intacta la metodología mediante la cual el Estado instituyó la violencia como una normalidad.
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Sí, la tortura es una institución. Quien mejor la ha expuesto es la que alguna vez fungió como “Defensora del pueblo” (2007-2014) se llama María Gabriela Ramírez (desaparecida de la vida pública venezolana. En 2019, su exesposo publicó un video donde se le ve trabajando en un restaurante español lavando platos) que justificó la tortura y le dio “rango de legalidad” y, con una cara de palo que, para que les cuento, dijo en rueda de prensa que: “Si se aprehenden 15 jóvenes y una persona es golpeada o maltratada… la tortura tiene un sentido. Se emplea para obtener una confesión, se le inflige sufrimiento físico para obtener una confesión y tenemos que diferenciarlo de un trato excesivo o uso desproporcionado de la fuerza». Aquí mi abuela diría: “Válgame Dios”. El caso es que el Estado como institución es quien estructura, organiza y sistematiza la tortura. Así que la expareja presidencial era solo una de las cabezas de un sistema de terror, que todavía se mantiene y opera.
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Llegando hasta aquí, ¿Uds. pueden acaso imaginar que, la dictadora encargada, Delcy Rodríguez, jefa del SEBIN de 2012 a 2014, canciller de 2014 a 2017, presidenta de la Asamblea Nacional de 2017 a 2018 y vicepresidenta ejecutiva de 2018 a 2026 desconocía las aberraciones, ordenadas por Maduro y cometidas por C1, C2 y C3 y de uno que todavía, el Departamento de Justicia de EEUU, no designa como C4 (apelativo que le encajaría perfectamente porque fue brutalmente explosivo contra venezolanos inocentes), bautizado por sus queridos padres con el nombre de Tarek William Saab, seguramente el mayor sádico producido por la dictadura?
Claro que Delcy Rodríguez conocía perfectamente toda la arquitectura estatal dirigida a la tortura y, ella, hasta la dirigió lo que la hace tan políticamente responsable, como la pareja Maduro-Flores de todos los efectos perversos de sus políticas, que incluye la tortura, el secuestro, el homicidio y el exilio, que los venezolanos hemos vivido, por lo menos, desde 2014 hasta ahora.
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Hay quienes dicen, dentro un esquema de realismo político que, para asegurar el proceso de transición, “hay sapos que se deben tragar”. En lo personal, no sé si los venezolanos podemos hacer una sana digestión de algunos de esos sapos y que mediante la justicia transicional y teniendo como fin superior la recuperación de la democracia debemos pasar la página.
¿Cómo hacerlo? No es fácil. Imaginemos, por un momento, solo por un momento a la madre de Oscar Pérez encontrándose en una calle de Caracas con Granko Arteaga que se ufanaba en público de haberle dado un tiro de gracia en la nuca a su hijo, póngase en los zapatos de la señora y díganse si es posible, que ella lo pueda perdonar. Pensemos, también, en los cientos de familias rotas que no volverán a tener un momento de sosiego por la ausencia de sus madres, esposos e hijos.
No, no es fácil tragarse esos sapos.
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Es posible que el aspecto más delicado de la transición que se pondrá en marcha es justamente la implementación de una “justicia transicional” cuyo objetivo es “la reconciliación nacional”. Dicho proceso remite directamente a las víctimas de la tortura, el secuestro, la humillación, a los itinerantes angustiosos de la diáspora, etc. No es fácil.
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Recuerdo una excelente película venezolana de la década de los ochenta, “La Boda” de Thaelman Urgelles, les presento su sinopsis que he tomado de Wikipedia:
“José y Marlene festejan su matrimonio. Los invitados, que pertenecen a diferentes estratos sociales, comienzan a rememorar acontecimientos del pasado. Durante la fiesta, aparece el padre de José y la paz cesa cuando el padre de la novia lo reconoce como el hombre que lo torturó años atrás en la Seguridad Nacional, la policía política del dictador Marcos Pérez Jiménez. Después, en medio de una pelea, un invitado resulta herido y todos finalizan el festejo en el hospital”.
¿Habrá que tragarse los sapos? Tal vez, pero no todos.
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Ya está de nuevo reunida la mesa de diálogo, esperamos algún avance significativo y verificable que no nos hagan recordar a Mario Benedetti cuando en alguna parte escribió: “Cuando creíamos que teníamos todas las respuestas, de pronto cambiaron todas las preguntas”.
