Carlos J. Sarmiento Sosa | Magnifica Humanitas, la encíclica papal
El papa se expresa, en el plano internacional, a través de la Santa Sede, una entidad soberana reconocida en el derecho internacional. La Santa Sede, con su Secretaría de Estado y sus nunciaturas apostólicas, es el instrumento diplomático y político mediante el cual actúa como jefe de Estado del Vaticano, el “Status Civitatis Vaticanæ”.
Cuando el papa emite encíclicas, habla como Pontifex Maximus, sucesor de san Pedro en el trono de la Iglesia, única persona que individualmente goza del privilegio de la infalibilidad, es decir, que está preservado del error cuando define como revelada por Dios una determinada doctrina sobre la fe o la moral. También se le cita como Vicarius Christi para destacar el aspecto misionero-espiritual: representante personal de Cristo en la tierra.
A lo largo de la historia, el papado, como cabeza de los territorios pontificios y luego en su doble condición de autoridad suprema de la Iglesia y jefe de Estado del Vaticano, tuvo una importancia capital en Europa al afincarse el cristianismo como religión oficial de los distintos reinos y, así como el Papa presidía concilios y dictaba encíclicas con importantes y oportunos pronunciamientos, también comandaba ejércitos y dirigía batallas contra sus adversarios, como hacía la guerra cualquier rey en aquellos tiempos.
Con el transcurso del tiempo y a medida que los reinos europeos se iban consolidando, el papado comenzó a fijar la mirada en los aspectos sociales de la humanidad y, con la encíclica Rerum Novarum de 1891, el papa León XIII, ante la revolución industrial, dio inicio a la Doctrina Social de la Iglesia, defendiendo la dignidad del trabajador frente a un capitalismo desenfrenado y a un marxismo que en aquellos momentos y con sus acostumbradas trapisondas afilaba sus fatídicas garras.
Años después, en 1969, el papa Juan XXIII, con la Pacem in Terris llamó a la paz en plena Guerra Fría, en una encíclica dirigida a “todas las personas de buena voluntad”, y fundó una ética de los derechos humanos basada en la dignidad de la persona; y poco tiempo después, en 1967, la Populorum Progressio del papa Pablo VI exigió un desarrollo solidario de los pueblos, afirmando que la economía debe estar al servicio del ser humano, no al revés.
Ahora, el 25 de mayo de 2026, el papa León XIV acaba de promulgar su primera encíclica, Magnifica Humanitas, un documento que, lejos de ser un simple ejercicio doctrinal, contiene un llamado urgente ante la revolución tecnológica más transformadora de nuestra era: la inteligencia artificial (IA).
En Magnifica Humanitas, León XIV propone una defensa radical de la dignidad, el diálogo y la vulnerabilidad como respuestas indispensables ante un mundo cada vez más deshumanizado; advierte que la cuestión central no es la tecnología, sino la humanidad: “No temamos a la Inteligencia Artificial, sino que mantengamos siempre presente la cuestión de la humanidad”, añadiendo que la IA debe ser “( ... ) liberada de la lógica que la convierte en un instrumento de dominación, exclusión o muerte”. En otras palabras, se trata de desarmar la inteligencia artificial de la lógica del poder que la vuelve una amenaza, no de rechazarla en sí misma.
La encíclica expone principios fundamentales que considera inamovibles: el bien común, el destino universal de los bienes, la solidaridad y la justicia social, entre otros. A partir de ellos, León XIV sostiene que la IA puede ser una “valiosa ayuda”, siempre que esté orientada al bien común y al cuidado de los más vulnerables.
El santo padre también subraya la necesidad de cuidar las relaciones humanas y establece tres distinciones fundamentales: trabajo, libertad y verdad. Asimismo, se enfoca en la educación, considerando que ésta concierne ante todo a la verdad y, después, a la libertad. Se busca así formar en las generaciones jóvenes, ya inmersas en la era de la IA, un espíritu crítico en el uso de esta herramienta.
Como se puede observar, el papa no niega ni se opone a la inteligencia artificial; al contrario, reconoce sus posibilidades para el bien y admite que puede ser una ayuda valiosa si se orienta correctamente; y, al igual que sus antecesores Pablo VI y Juan Pablo II, León XIV recalca que la “civilización del amor” no es un sueño ingenuo, sino un camino posible y necesario.
Magnifica Humanitas es, sin duda, un mensaje profundamente humano, inscrito en los principios de la doctrina cristiana y dirigido a todos los ciudadanos del mundo, independientemente de sus creencias religiosas o costumbres; e interpela a sociedades, gobiernos, empresas y ciudadanos a repensar el lugar de la tecnología en la vida humana. No es un documento antitecnológico, sino profundamente humanista.
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