Antonio Pérez Esclarín | Amar y proteger la tierra
Este 5 de junio, se celebra el Día Mundial del Medio Ambiente para crear conciencia de la necesidad de cuidar nuestro planeta, el único hogar que tenemos, que hoy está seriamente herido y se queja y se rebela ante tanta irresponsabilidad y tanto maltrato.
Es urgente que cambiemos nuestra cultura y nuestras costumbres, para dejar de ser espíritus destructores y empezar a ser ángeles custodios y protectores. Porque la situación es en verdad alarmante: Aire, mares, ríos, lagos, glaciares y selvas están heridos de muerte.
Si queremos impedir que el aire se siga contaminando, debemos promover el uso de energías limpias, la hidroeléctrica, la solar, la eólica, y cuidar los océanos, selvas y bosques que son los principales productores de oxígeno.
En cuanto al agua, cada día escasea más y está más contaminada. Miles de toneladas de basura y de componentes químicos venenosos se vierten cada día a ríos, lagos, mares y océanos. A pesar de que el plástico tarda 500 años en descomponerse, se sigue generalizando cada vez más el uso de envases y bolsas de plástico que, una vea utilizadas, terminan en la basura.
Las nieves perpetuas que nos proveen de agua disminuyen debido al calentamiento global, y se derriten los glaciares. Desde 1994, el planeta pierde casi 400 mil millones de toneladas de glaciares por año. También se achican los páramos y humedales y aumenta la contaminación de aguas subterráneas. Cada vez hay menos fuentes de agua limpia; los desechos del agro, la minería, las fábricas y basuras son inmanejables.
Para colmo, hay empresas que se han apropiado del recurso como si fuera una mercancía. Y la venden sólo a quienes pueden pagarla. Según UNICEF, 3 de cada 10 personas en el mundo no tienen agua potable. Y 6 de cada diez no tienen saneamiento seguro. 361.000 niños menores de 5 años mueren cada año a causa de la diarrea. Otros muchos mueren por el cólera, la disentería, la hepatitis, y la fiebre tifoidea, enfermedades causadas por la contaminación de las aguas.
Los aerosoles y refrigerantes destruyen la capa de ozono que nos protege de los rayos ultravioletas. Aumentan las enfermedades de cáncer de la piel, las cataratas, se debilita el sistema inmunológico y se inhibe el desarrollo de plantas y animales.
El agujero en la capa de ozono alcanza ya el tamaño de toda Europa. Los gases provocados por el petróleo y el carbón provocan el efecto invernadero. Más contaminación significa menos agua, más sequías, menos bosques, más desiertos, más enfermedades, más migraciones, menos vida. Las talas indiscriminadas para sacar madera o para el uso extensivo de la ganadería y agricultura, la minería, los grandes embalses, la construcción de autopistas y carreteras…, están acabando con los bosques.
La mitad de los bosques húmedos que una vez cubrieron la tierra, unos 29 millones de kilómetros cuadrados, han desaparecido. Setenta y seis países han perdido ya todos sus bosques primarios y otros 11 pueden perderlos en los próximos años. El ritmo de destrucción de las selvas amazónicas, verdadero pulmón de la humanidad crece a un ritmo escalofriante. Hoy, como todos los días del año, desaparecerán 50 mil hectáreas de bosque húmedo. Cada hora es arrasada un área equivalente a unos 600 estadios de fútbol.
La megaminería, que abre boquetes gigantescos, está acabando con selvas enteras: suelos, árboles, plantas, animales, ríos son destruidos. Además, para la separación de los minerales se usan venenos como el mercurio, el cianuro, el plomo que contaminan suelos y aguas y ponen en peligro la vida de miles de seres humanos. Pueblos ancestrales son obligados a abandonar sus tierras en un penoso éxodo que acaba con sus culturas y pone en peligro su sobrevivencia.
La tierra languidece y se rebela ante tanta violencia y tanto maltrato. El clima del mundo se altera cada vez más. Es el mundo entero, el mundo que Dios puso en las manos de la humanidad para que ésta lo guardara y preservara, el que corre verdadero peligro de destrucción. Éste no es un mensaje apocalíptico, sino una posibilidad muy real en caso de que nos encerremos en la estrechez de nuestra vida y nos neguemos a actuar con convicción y firmeza.
La primera víctima es la Tierra, con los recursos que contiene, destinados para las generaciones presentes y futuras. Especial mención merece la biodiversidad, cuya pérdida es irreversible y reduce significativamente la riqueza natural. El siguiente puesto entre las víctimas lo ocupan los más pobres de este mundo, que son los que sufren más directamente las consecuencias de este desarrollo alocado y egoísta que sólo piensa en sus intereses.
Ya no podemos tratar al planeta tierra como siempre lo hemos hecho, como una especie de baúl con recursos ilimitados. Nos hemos dado cuenta de que los recursos son escasos, muchos no son renovables, y además están muy mal repartidos. El proyecto de un desarrollo ilimitado ya no lo aguanta este planeta pequeño, viejo y limitado. Si seguimos con nuestra voracidad de consumo y de producción de más y más bienes a base de la destrucción de la naturaleza, estaremos gestando una gran tragedia ecológica y social.
Los resultados de ese uso indiscriminado e irresponsable de los recursos naturales son bien conocidos. También son ampliamente conocidas las reacciones de la naturaleza ante la acción violenta del ser humano sobre ella. A la violencia de un proyecto de crecimiento a cualquier costo, el planeta responde de muy mal humor: sequías e inundaciones que se intercalan; inesperadas olas de frío y calor que difuminan los límites de las estaciones; tempestades inusitadas, como huracanes, tifones, ventiscas; migraciones humanas masivas con millones de “refugiados o migrantes climáticos”.
Científicos, movimientos sociales y ambientalistas, y numerosas personas de buena voluntad no se cansan de alertar ante la deforestación y la desertificación del suelo, la contaminación del aire y de las aguas, la emisión creciente de gases de invernadero, el derretimiento de los glaciares y el calentamiento planetario, el exterminio de numerosas especies de fauna y flora
Asistimos a una irresponsable degradación y a una absurda destrucción de la Tierra, que es “nuestra madre”. Debemos reconciliarnos con ella y como hermanos. Reconciliar significa restablecer las relaciones rotas, proteger, cuidar, amar.
Antonio Pérez Esclarín ([email protected])
@antonioperezesclarin
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