El diario plural del Zulia

Editorial: Los banqueros venezolanos no van al paraíso (I)

Es necesario darle un rostro humano a la economía. Después de la Segunda Guerra Mundial, naciones enteras destruidas se levantaron con la inyección de capitales. No había otra manera; era todo riesgo, confianza y trabajo agotador. La historia demostró los hitos empresariales y familiares que surgieron o resistieron tras ese horrendo periodo.

Una política financiera es vital para el desarrollo de una Nación. Lo saben todos los buenos gobiernos. Y debe ser meridianamente clara para impulsar el crecimiento de los ciudadanos y de las familias.

Todo venezolano debería apostar a un sistema financiero que esté al servicio del hombre y no del capital.

Son dos modelos aparte que, particularmente en Venezuela, no han logrado equilibrarse, salvo contados programas que en su momento rindieron frutos.

Uno, diseñado para favorecer a las grandes fortunas, y el otro, un enfoque democratizador del acceso al capital que puede motorizar los nuevos emprendimientos, pequeños y medianos, que fortalezcan el tejido empresarial y social.

El primero es una banca mezquina y elitista; el segundo es la banca que mira a un futuro de desarrollo.

Es necesario darle un rostro humano a la economía. Después de la Segunda Guerra Mundial, naciones enteras destruidas se levantaron con la inyección de capitales. No había otra manera; era todo riesgo, confianza y trabajo agotador. La historia demostró los hitos empresariales y familiares que surgieron o resistieron tras ese horrendo periodo.

El plan precisamente tenía ese objetivo: producir progreso por la vía de la creación de empleos, financiamiento para construir empresas, hacer posible tener una sociedad de emprendedores y minimizar la estructura burocrática del Estado, entre otras metas.

Más de 13 mil millones de dólares destinó en aquel entonces la administración del Presidente Harry Truman el 3 de abril de 1948 para apoyar el desarrollo económico de Europa Occidental con el Plan Marshall, nombre que tomó del propio George Marshall, secretario de Estado de los EE. UU. y arquitecto de aquella obra de ingeniería financiera. Se confiaba a una Europa en ruinas y representaba, en parte, la confianza atada a una responsabilidad del buen uso de los recursos.

No era poca cosa para aquella época.

En Venezuela, hoy, es necesario un plan similar, solo que mayor.

Cualquier eventualidad política de transformación conllevaría de plano un acuerdo financiero de este tipo para poder reflotar el país, reactivar los motores y poner en orden cada cadena de producción de la nación. Es la fórmula analizada y estudiada una y mil veces por los expertos más respetados, aunque ya no escapa del propio sentido común. El país está saqueado y hay que financiar nuevos impulsos.

¿Podemos lograrlo?

Confiamos en que sí. Venezuela, geopolíticamente y energéticamente, sigue siendo un pulmón.

Pero no solo eso, es motor mineral, turístico, empresarial y de conocimiento.

Eso sí, se deben crear garantías legales y jurídicas para este fin y asegurar que capitales privados, además de los entes públicos internacionales, puedan llegar en la dirección correcta.

No hay lugar para la corrupción en una operación de semejante envergadura y que, además, requiere que los recursos estén en manos de entidades públicas y privadas que gestionen con ética. Para ello, se debe legislar con mano dura.

Ese sería un primer gran paso para abandonar la era del enriquecimiento de unas pocas familias y grupos económicos apuntalados por la alta corrupción del sistema financiero.

El país debe abrirse inteligentemente a la diversidad de entidades financieras que va más allá de la banca tradicional.

Carlos Alaimo
Presidente-Editor

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