Ricardo Escalante | Celebremos a Navi Pillay
“¡A mí no me confundan!”, pareció exclamar la jurista surafricana Navi Pillay en su primera reacción pública frente al anuncio del otorgamiento del premio Nobel de que acababa de ser objeto. Las pocas frases de la emocionante noticia no podían pasar desapercibidas por la calidad de su piquete al revés.
Fueron muchos los que entendieron la cosa como dirigida contra el presidente Donald Trump, pero cualquier análisis detenido no deja dudas de que apuntaba contra su antecesora, porque había sido ella quien deshecha en encomios corrió a la Casa Blanca a entregar la medalla y el ya enmarcado diploma.
Pillay está hecha de madera fina y –como buena defensora de los derechos humanos e incansable luchadora contra la segregación racial–, en su más de medio siglo de ejercicio profesional ha rechazado cualquier posibilidad de humillarse ante los poderosos, no solo de Suráfrica sino del mundo entero.
Por eso, cuando en medio de risas dijo “Si me aplauden un poco más tal vez comparta este premio con Trump” planteó lo que los venezolanos debíamos entender como el meollo de algo dicho y criticado aquí, allá y acullá: el valor para levantar la voz en defensa del pueblo y de la soberanía nacional, porque la dignidad es indispensable para quien pretenda ascender a la cúspide del poder en cualquier país.
El hecho de que a su venerable edad la noticia la sorprendiera mientras asistía a una reunión en los tribunales en los cuales tuvieron lugar los juicios de Núremberg, debe servirnos de campanada ante la escandalosa falta de memoria que hemos demostrado durante muchos años.
Después de la reacción inicial, la señora Pillay ha hablado contra las arremetidas a que están sometidos los órganos de justicia internacionales, que por múltiples razones no nos deberían ser ajenos. Ella se sabe pasear con aires propios por asuntos trascendentales, que ahora me llevan a esperar con ansiedad su discurso del día de la imposición de la medalla y de entrega del diploma del merecido premio, además del substancioso cheque.
Estoy seguro de que al escuchar a la magistrada surafricana más de uno soltará una exclamación reverencial. Y como yo no pienso quedarme atrás, desde ya grito: ¡que Dios te bendiga, Pillay!
